El cariño verdadero

  • El cariño verdadero

    25 de Julio del 2013    17:57

    Cuando Eric, un muy buen amigo de nuestra juventud, me llamó por teléfono dándome las gracias por haber cuidado a Marlene mi hermana, durante su enfermedad, pensé que era absurdo que me diese la gracias, porque, el cuidar a Marlene a quien quiero tanto – tanto porque el cariño verdadero no muere –  era algo innato en mi – nunca lo pensé dos veces.

    A Marlene la puse a cargo de mi nieta Emma Christine, como de seis-ocho meses, que la cuidase, se la ponia a su lado en el sofa para que se acurrucase con ella, que la mimase, que le cambiase el pañal, que Marlene se sintiese que era útil y que no estaba allí vegetando en mi sofá de cuero – el único lugar donde podía dormir bien ya que la cama la sentía muy dura – y la quería tanto a Emma Christine, que la llamaba ‘mi princesa’.

    Fue con Marlene y conmigo que Emma Christine aprendió a gatear.  Marlene le ponía sus manos detrás de sus piecitos para que se pudiese empujar, Marlene le colocaba un juguete al frente para que la bebe lo viese y tratase de alcanzarlo, Marlene la instaba a gatear, le hablaba suavemente, le sonreía llamándola.

    La muerte de Marlene fue algo terrible; fue como si me arrancasen un pedazo del corazón.  Me tomó muchos años el tratar de recuperarme y aun hoy en día que pienso en ella, se me salen las lágrimas. E incluso ahora que escribo, las lágrimas corren por mis mejillas.  Ya no tengo con quien recordar mi niñez – tenía una mente prodigiosa y recordaba hasta el más mínimo detalle. Y para Bayardo que estuvo pendiente de ella, cuando ya no podía caminar, quien la soportaba entre sus brazos y le aseguraba que estaría bien y para mis hijos, fue también un golpe muy fuerte.  Su tía  con la que compartíamos navidades, cenas de año nuevo, cenas de acción de gracias; la tía con el sentido financiero bien agudo, la que planeaba todo, la que razonaba con mucha lógica, la tía cariñosa, bromista, aunque los chistes no los entendiese muy bien, no los captase y se riese mucho tiempo después de contado el chiste, la tía que le encantaba bailar, pero bailar como le había enseñado el profesor, casi profesionalmente, la que dependía tanto de mi opinión, aunque fue hasta muchos años después que me percate de ello, la que  era tan independiente, pero que en realidad dependía mucho de mí. Mi hermana inseparable. Marlene.

    Y fue ese cariño profundo a mis hijos, a los que veía como sus hijos, que paseaba con ellos y les regalaba viajes y se los llevaba de vacaciones, a los que aconsejaba, los que la bromeaban, que hicieron que mis hijos sintieran ese gran cariño por su tía Marlene. Esa familia que estaba lejos, la suplió mi familia, que era su familia.  Los paseos en nuestra lancha en el Lago Ontario, a la casa de campo, a tomarnos una copa de vino, a caminar por las calles, a nuestros viajes a subastas, a las ventas de jardín; como gozábamos comprando.  Era nuestro pan de los sábados.  Hacíamos nuestra lista y ella al volante, daba vuelta en redondo a media calle, si se nos había escapado una. Y los pasteles hechos en casa que comprábamos y nuestras vasos de limonada que vendían los niños en los jardines, y nuestras platicas y carcajadas negociando la mercancía y  donde la colocaríamos y la intriga de la gente al vernos como nos reíamos y que éramos hermanas y tan distintas físicamente, pero tan unidas. Unidas por ese cariño verdadero.  Nuestros viajes sabatinos eran toda una inolvidable experiencia.  ¡Y como los añoro!

    Y ya enferma, cuando dudaba, allí estaba yo asegurándole que todo estaría bien.  Y me tragaba mis lágrimas y sacaba fuerzas de no sé dónde y le hablaba con una seguridad increíble y le confirmaba calmamente que viviríamos día a día. Y eso fue lo que hicimos.

    A Emma Christine la continué cuidando yo y cuando andaba gateando por el suelo, yo le extendía mis brazos, y le decía, ‘Emma, veni’ , ‘Upa’, y ¿saben lo que hacía Emma Christine?  Se sentaba, alzaba sus dos bracitos para que la cargase y volvía a ver – sobre mi cabeza – hacia arriba de mí.  Nunca me vio a mí. Veía a su tía abuela Marlene.  De eso estoy segura. Ese cariño verdadero de Marlene, traspasó el tiempo y la distancia y aun después de su desaparición física, Emma Christine continuaba viendo a su tía abuela Marlene.

Las Hojas de Higo

Cuando llego al lavandero, huele a higo, a hojas de higo y cierro mis ojos y me sonrío extasiada cuando me percato que el olor proviene de la hoja que le arranqué a la estaca de higo que he sembrado.  La que me regaló Silvia Elena se secó – Carlos mi cuidador de seguro no la regaba a diario – y he estado tratando de pegar varias estacas.  Algo difícil me he dado cuenta, ya que de las tres veces que he sembrado estacas y cortadas según la luna, hasta ahora hay una estaca que finalmente está retoñando. Una, solamente una, de las veinte y tantas estacas que he sembrado.

Como soy jardinera casi profesional, siembro estacas de arbustos que me gustan y si saboreo una fruta que tiene excelente comida, buen sabor y pocas semillas, las guardo y preparo mis bolsitas con tierra del campo y las siembro con amor y riego con agua de lluvia.  Y todos los días que me acuesto en mi hamaca que cuelgo en el patio, reviso el almácigo de mi vivero para ver si las semillas germinaron.  Es mi tarea diaria. Y me he dado cuenta que mi jardín, mi vivero, me produce tanto placer que el tiempo se me pasa sin percatarme. Y Carlos mi cuidador, al ver el enorme vivero que tengo, dice que tengo excelente mano, ya que todo lo que siembro germina o retoña.

Ese olor a higo, a miel hecha con hojas de higo, es exquisito.  Me remonta a mi niñez. Y cada vez que llego al lavandero, mis sentidos se extasían con el olor a la hoja de higo seco – tan fuerte su olor que aun después de diez días, todavía lo siento.  Y respiro profundo, tanto, que invada mis sentidos. Y cierro mis ojos e imagínome comiendo buñuelos de yuca con miel hecha con hojas de higo. Y no boto la hoja de higo.  Esta allí aún.

Increíble lo que son nuestros sentidos. Algo tan sencillo como ese olor, aviva en mi memoria sentimientos de felicidad. Es el placer que me proporciona pensar que como de esos ricos buñuelos con miel hecha con hojas de higos.

Y un día que caminaba por la calle, un viejito anunciaba sus buñuelos a la venta.  Me detuve preguntándole si eran de yuca; ‘por supuesto que sí’, me contestó, como diciéndome, de que otra cosa podrían ser los buñuelos que vendo.  Así que le compré buñuelos de yuca.

El viejito camina con su pana de buñuelos sobre una vieja silla de ruedas que empuja. Y como entablo conversación con el pueblo, sé que su esposa está inválida, pero es ella quien prepara la masa de yuca y queso para los buñuelos, que el sale a vender. Me produjo una enorme tristeza, verlo en su vejez, continuar trabajando, caminando por toda la ciudad, empujando su pana de buñuelos.

¿Qué les puedo decir de esos buñuelos? ¡Que saben a gloria! Cada vez que veo al viejito, le compro veinte córdobas de buñuelos, que guardo en mi refrigerador, porque no puedo ni debo comérmelos todos.  Y todas las noches, me doy el gusto de saborear dos exquisitos buñuelos de yuca con miel hecha con hojas de higo.  ¡Qué olor y sabor más exquisito!

15 de febrero del 2014  

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