El Mal

El Mal

10 de febrero del 2015

21:41

Siempre me ha intrigado cuando la gente habla del mal.  El mal per se.  Crecí en un ambiente completamente distinto. En un ambiente bueno, lleno de amor e imagino que es debido a eso, que cuando escuchaba sobre ‘el mal’ me era difícil creer que existía.  Pero, me he convencido de que el mal . . .el mal si existe.

Hace varios años escuché de una mujer ya mayor que vivía atemorizada de que le estaban haciendo ‘mal’. Yo no comprendía eso. No lo comprendía en absoluto.  Hasta que un día llamó a un hombre a la casa, hombre que sacaba ‘entierros’, ‘hechizos’, de esos relacionados con el mal. Y ante mis ojos vi cuando el desenterraba un ‘hechizo’ que le estaban haciendo a esta mujer.  Y sin quererlo, fui participe de esta experiencia. El hombre me pidió que vigilase una botella de vidrio a la que le puso una moneda encima, en el brocal, mientras el con una vara, recorría despacio el jardín de la casa, rezando, al mismo tiempo que iba tocando la tierra por doquier.  Me pidió que cuando la moneda sobre la botella saltase, le avisara, porque allí donde tocase con la vara y saltase la moneda, estaba el ‘entierro del mal’.  Ya se imaginan mi escepticismo; nunca creí que la moneda se moviese. Yo, ¿vería saltar esa moneda?  Inconcebible, esos son cuentos, pensé para mis adentros, pero ante mi asombro e incredulidad, la moneda saltó.  Si, saltó la moneda que estaba sobre la boca de la botella.

Y siempre rezando, delante de mí escarbó el jardín sacando un entierro o hechizo. Yo, con mi curiosidad innata, quise verlo, abrir ese paquetito, pero el hombre no me lo permitió.  Insistió que no lo debería tocar y con cuidado desamarró alas de murciélago, poquitos de cabello de dicha mala mujer, en suma, una muñequita con alfileres enterrados en los ojos. Y quemó a la figura que encontró en el jardín.  Y mientras escribo sobre esto aún me parece increíble que lo haya presenciado.

Yo, horrorizada, le pedí a un sacerdote amigo que llegara a la casa y el regó agua bendita por cada esquina, puerta y rincón, al mismo tiempo que rezaba bendiciendo cada espacio  para que ya no hubiese tanto mal, y yo, caminaba a la par del sacerdote.  Tan impresionada estaba que a esa casa la llamé, ‘la casa maldita’.  Si, tanto mal era terrible.  Tanto mal había hecho a la que le hicieron el hechizo enterrado en el jardín, con la muñeca con alfileres en los ojos, que perdió la vista esa perversa mujer.

Y comencé a darme cuenta de su maldad. Convivía con el marido de la hermana.  Cuentos que yo había escuchado, pero nunca les puse atención, ya que la gente sin oficio ni vida propia se dedica a murmurar.  Y entonces, alguien muy cercano a mí me confirmó la maldad de dicha mujer; si, era cierto que convivía con el cuñado y que lo había hecho de por vida.  Que varias veces los había visto cuando se citaban en Masaya. Me invadió una tristeza grandísima por la hermana agraviada.  ‘Pobrecita’, me decía, ‘cuanto ha de haber sufrido; que horror, que maldad, que clase de persona le hace eso a una hermana’. Tiene que haber mucha maldad de por medio para ser ‘la otra’, y ser ‘la otra’ del marido de la hermana’. Y fue hasta entonces que comprendí el miedo de esta mujer a que le hicieran ‘mal’.  De pronto me percaté y vi con claridad todo lo que no había logrado comprender con anterioridad. Tenía razón de tener miedo.

Y cuando después continuó con sus andadas, no me asombré de ello.  Que se podía esperar de un ser así tan ruin.  Que se podía esperar de una traición de tal calaña. Cuando se ha  llegado tan, pero tan bajo, que se puede esperar. ¿Que? Y el mal, llama al mal.  Es esa misma ley de atracción de que el bien atrae al bien.  Y esa mala mujer se alió con sus sobrinas para continuar haciendo mal. Pobrecitas.  Dignas de lástima.

Y en una de mis visitas vespertinas, dos señoras desconocidas platicaban en esa casa donde fui de visita. No ponía atención a su plática.  De pronto me percaté que hablaban del mal.  Si, del mal. Demonios.  Que los demonios las insultaban, les decían frases obscenas, que les quitaban la paz.  Entonces, les pregunté, ¿demonios?  ‘Sí’, me contestaron, ‘nos gritan todo el tiempo y no nos dejan en paz, ni un segundo de calma’.  Todavía me costó trabajo creerles. 

Y el hombre este de los hechizos me confirmó que sí, los demonios que poseen a la gente, dan gritos horripilantes.  Y me preguntó, “¿viste la película ‘El Exorcista’?  Así de espeluznantes son los gritos de los poseídos”; y me recordó lo que dice la Biblia, que Jesús ‘sacó los demonios de la gente’.  “Y le conminó diciendo: ‘Cállate y sal de él’. Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él”. Y entonces, fue hasta entonces que comprendí.

Y el domingo que el sacerdote hablaba del mal en el sermón de la misa, confirmaba que el mal existe. Y de que el Obispo de Roma asevera de la existencia del demonio y que debemos tener cuidado. Y rezar. “Debemos temer al maligno . . . recemos diciendo ‘protégenos del mal’ ”.