El Guardabarranco

El Guardabarranco

22 de mayo del 2016

23:36

Cuando buscamos un lugar tranquilo donde vivir, sin el bullicio del turismo, ni restaurantes, ni hoteles, ni bares con su estruendosa música sonando a todo pulmón hasta altas horas de la madrugada, ni el trafico continuo de vehículos particulares, ni de buses, ni ventas ambulantes, visitamos un pueblito que hace como veinte años habíamos visto, solo de pasada.  Esa vez no nos detuvimos.  Lo que si nos llamó la atención, fue su limpieza.  El pueblo brillaba, no había basura por las calles, todo estaba limpio.  Nos causó muy buena impresión.

Y cuando decidimos construir, yo visité nuevamente el pueblito.  Había crecido y ahora los terrenos costaban miles de dólares; me sorprendí del valor inconcebible que habían adquirido las propiedades.  Les bromeaba, si el terreno tenía oro en sus entrañas.  Y cuando nos miraban, creyendo que éramos extranjeros y no nicaragüenses, nos cobraban el triple.

Caminamos por todo el pueblito donde vivimos. Literalmente lo aplanamos de palmo a palmo. Es en realidad una ciudad, pero a mí me gusta verla como . . . un pueblito. Pequeña, con su antigua plaza central con un hermoso parque con un quiosco en el centro y una iglesia bellísima.

Me enamoré de su antigua parroquia construida en 1822, con un pequeño campanario.  Sus doce sólidos y altísimos y gruesos pilares de pura madera, se yerguen altivos representando los doce apóstoles y su altar de madera es tallado a mano.  A un costado tiene el altar a San Sebastián tallado en madera y pintado a colores.  No he visto altar más lindo y con tantos detalles. Su atrio con antiguos ladrillos cuadrados de barro, le da vuelta a toda la iglesia.

Y sus grandes terrenos estaban llenos de árboles. Árboles gigantescos que tenían muchos años de sembrados, y se escuchaba continuamente la algarabía del trino de los pájaros. Me cautivó el pueblo y por supuesto,  . . . sus pájaros.

Alquilé una quinta, con una casa en un terreno grandísimo, con enormes árboles de mangos, aguacates, guanábanas, jocotes, chagüite, melocotón, cocos, e interminable cosecha de limones, pero sobre todo, era visitado por pájaros de todos los colores, tamaños y estilos.

Hacia mi siesta en la hamaca que colgué en el patio, la cual amarré entre el mango y el aguacate. Siestas renovantes, en la tranquilidad del campo y amenizada por el canto de los pájaros Cenzontles, el ruidoso Saltapiñuela y cienes de pájaros me distraían. De todos los tamaños y colores. Allí llegaba el pájaro Carpintero y llegué a reconocer su constante picoteo tratando de sacar insectos o gusanos de la corteza del árbol de mango.  El Guardabarranco, nuestro pájaro nacional, era asiduo visitante y avisté hasta tres a la vez.  Mientras hacia mi siesta en la hamaca, que después colgué de su armazón de hierro, porque me podían caer los mangos encima, me deleitaba viendo esta belleza de pájaro.  Es increíblemente lindo. Su pecho amarillento verdoso, contrasta con su cuerpo y cola azul pavo.  Tiene su ojo pintado de negro cual si fuese una esfinge del Nilo y esa larga cola termina en dos pequeñas plumas. Me he convertido en admiradora del Guardabarranco. Lo veo y no me canso de hacerlo.  Si el sol le ilumina su pecho, se le ve verde amarillento. Si está en la sombra, ese pecho se torna de un tono verde musgo. Y cuando lo veo entrando a su nido, su cuerpo y cola son de un azul pavo intenso.

Ahora, en mi casa, los tengo de huéspedes. Si, han hecho su nido en la pared que forma el hueco donde será la piscina. Por eso se llama Guardabarranco, porque habita y hace sus nidos en los barrancos – esos acantilados de tierra que se forman en los caminos de tanto transitarlos – y el costado de la piscina semeja un barranco. Los patios aledaños tienen árboles enormes de mango, aguacate, jocotes, naranjas, chagüites, así que hay vegetación por doquier. Me despierto por las mañanas entre el canto de cienes de pájaros, me quedo pereceando en la cama y sonrío para mí misma al escuchar su serenata. Después, me siento en la terraza a gozar de ellos. Y temprano a las cinco y media de la mañana ya ha salido el Guardabarranco de su nido y regresa, ahora, con comida en su pico. Los dos alimentan a los polluelos, con insectos que cazan en el vuelo. Ayer vi a tres Guardabarrancos en la serpentina del muro de mi casa y espero que pronto los bebes alcen el vuelo, ya que no puedo comenzar la piscina mientras ellos estén allí.

Hoy logré tomarle fotos a la entrada del nido.  Se han acostumbrado a mi presencia y llegan hasta a dos metros de distancia.  Trato de no hacer movimientos bruscos para no asustarlos, pero no me quitan la vista de encima. Recelosos. Y tienen razón.  Hay tanta gente que les hace daño a estos pájaros, que su instinto no le permite descuidarse, ni siquiera por un segundo, de la extraña que lo observa.  Llegó la pareja a posarse en la serpentina del muro que rodea la casa. El macho saltó a un barril en el patio cerca de mí, distrayéndome, mientras que la hembra volaba hacia el nido para darle de comer a sus polluelos. Hay una leve diferencia de tamaño entre el macho y la hembra pero ambos tienen el mismo plumaje bellísimo.

Otras veces salta del muro a los hierros que están al fondo del patio y desde allí, por un largo tiempo, me observa, no confiando en mí completamente y finalmente, ya tranquilo de que no soy una amenaza, vuela hacia el nido.  Entra justo el tamaño de su cuerpo y cola, a alimentar al polluelo que de seguro está muy cerca de la entrada.  Escucho su sonido pidiendo comida.  Y cuando los padres están cerca, le avisan con su canto, de su cercanía y finalmente, después de mucho observarme, vuelan a darle de comer y salir inmediatamente a buscar más insectos.  Solo escucho un sonido, como que es solo un bebe, aunque a veces pienso que son dos bebes los que están alimentando, ya que vuelan tan seguido al nido a alimentarlos.

Ayer le traje gusanos enormes que el muchacho encontró en el tronco podrido de un árbol en la finca; él muchacho bajó al hueco de la piscina y se los puso en la entrada del nido. Al volar hacia el nido, el Guardabarranco dudó un instante, mirando hacia ambos lados, le dio el insecto a su bebe y agarró uno de los gusanos, y voló al muro donde se lo comió. Después voló hacia el fondo de la piscina y recogió de uno en uno los que se habían caído, regresando cada vez a la serpentina del muro.  ¡Que festín resultaron esa gran cantidad de chogotes, esos enormes gusanos! Dudaba cada vez que entraba al nido – como tener comida allí, a su alcance, sin tener que cazarla al vuelo.

Y hoy al despertarme en la madrugada, me asomo por la ventana y veo hacia el nido del guardabarranco y me da un vuelco el corazón al discernir en la oscuridad de la madrugada, la figura de un gato acechando el nido. Corro hacia la terraza al mismo tiempo que busco una piedra en el patio, y se la lanzo vociferando ‘gato bandido, salí de aquí’, y me esquiva saltando felinamente hacia el muro, y yo detrás tirándole piedras que no lo logran alcanzar. Y allá arriba en el muro me reta echado, lejos de mis pedradas. Me siento en la terraza cuidando el nido, preocupada por los bebes. Poco tiempo después veo al guardabarranco saltar del techo en picada, volando cerca del nido pero no se detiene allí, sino en el muro.  Regresa volando en dirección contraria, siempre por el nido, pero tampoco se detiene; finalmente, ya seguro de que no hay peligro, salta del árbol de jocote a la serpentina del muro, después a la escalera, me ve sentada, a escasos dos metros y tranquilamente me da la espalda! Finalmente brilla la confianza.

Y el bebito, solo uno, todo emplumado, se asoma en el nido.  Esperando yo que vuele pronto.

Que mayor bendición que tener de huéspedes, una pareja de Guardabarrancos y su bebito. Mis primeros visitantes. Todos los días y a todas horas tengo el placer de verlos y como los gozo.