La caída de las hojas

9 de noviembre del 2004 

15:33

 El árbol frondoso del vecino, el catalpa, desnudo está.

Sus hojas todas, desparramadas por el jardín veo

y a merced del viento se levantan revoloteando

contra los cipreses en una esquina del patio.

 

 Todas sus enormes hojas café-amarillentas

cayeron ayer, casi a la vez y hoy tostadas por el frío,

se resquebrajan en el suelo, así como las hojas del arce. 

Ya casi no tiene ninguna.

 

 Pero las hojas de los cerezos, alargadas y finas,

se han tornado rojizas, y erguidas continúan en los árboles,

aún cuando el viento las arremete con fuerza en las frías noches,

y las soleadas mañanas con escarchas tintineantes que luego,

antes de llegar al suelo, se evaporan.

 

 El crujiente sonido de las hojas al caminar,

es música otoñal, melodía de esta época transeúnte; vibrante,

de tonos rojos, naranjas, café, amarillos.  ¡Que maravilla!

Y entre esos árboles rojizos, los verdes entremezclados

de los pinos canadienses, contra un contrastante cielo azul.

Los cardenales que llegan al patio de la casa

 01 de octubre del 2005

 Los cardenales que llegan al patio de la casa ahora en octubre, son de un rojo fortísimo; rojo naranja es su pecho, así como sus alas y su pico es amarillo.  El plumaje de sus alas y lomo ya comenzó a cambiar y se ha tornado café.  Los lados de su cuerpo todavía están rojizos y su copete brilla al verlo de frente, de cara al sol.  Que color mas lindo tiene y que llamativo es.  La hembra, en tanto, es café.

 Ayer había ocho cardenales en el patio.  Saltaban del cerezo a la grama donde se alimentaban de la comida que se ha caído del comedero y así, entre los otros pájaros y una ardilla, todos comían amigablemente.  Volaban continuamente del suelo al cerezo y después al comedero que se balancea en el medio del patio.  Se paran sobre la casita que es el comedero y de allí saltan al borde a comer.  El comedero tiene un borde pequeño para que se paren solo los pájaros pequeños y sean ellos los que puedan comer. Por supuesto que botan la mitad y es allí cuando las ardillas aprovechan y se dan una gran comilona en el suelo.

 Ya en la tarde, al fondo del patio veo a tres urracas azules (Cyanocitta cristata) o Blue Jay, el pájaro de Canadá.  Es  mucho más grande que el cardenal, pero tiene el mismo tipo de copete.  Se parece a nuestra Urraca con su mismo plumaje azul celeste bellísimo; y allí entre los otros pájaros, come tranquilamente del suelo.  No se puede parar en la casita que es el comedero, ya que el es muy grande, pero eso no le importa.  Come las semillas que han caído sobre la grama.

 Antes gozábamos de los cardenales y Blue Jays por las tardes.  Ahora que les hemos puesto comida especial solo para ellos, están en el patio cantando desde muy temprano y pasan allí casi todo el día.  Ya le conozco el canto al cardenal.  Tiene un sonido agudo y corto.  Desde temprano, aun en mi cama, oigo su canto y me sonrío sola de felicidad. Pereceo un poco y después, me asomo a la ventana.  Allí los veo comiendo en el patio.  Casi todos los pájaros se bañan en la pilita.  No el Cardenal.  Nunca se baña en la pilita, sino que espera a que ponga el aspersor para regar mis cipreses y entonces salta a una rama y espera a que le caiga el agua.  Así se pasa las horas saltando de una ramita a otra, bañándose alegremente.

Mi Caminar Precipitado

21 de febrero del 2011

8:00 am

 Desde hace varios años que no he vivido aqui. Así que a las siete de la mañana ya estaba en la calle. En un bolso de manta guardé mi billetera, lentes, libreta; con este bolso, pensé, no pareceré extranjera y tendré menos probabilidades de que me asalten.  Y mientras caminaba, me detenía a preguntar por la dirección adonde iba.

 Tomé la calle del mercado y continué en esa pequeña cuesta, pasé el puente del sucio arroyo, la gasolinera, y cuando iba caminando, noté que una señora frente a mi, a cierta distancia de donde yo iba; pero su andar era tranquilo, con toda la calma del mundo, a pasos lentos, sin una sola preocupación, y cuando yo me  acercaba a ella, me dije, ‘pero si cualquiera que me vea notará que yo no soy de aquí; si yo voy casi corriendo, sin ver a nadie, esquivando gente, perros, bicicletas y carretones en mi precipitado paso; simplemente voy caminando a un paso inusual de los nicaragüenses.

 A la legua se nota que soy una extraña aquí, que no soy de estos parajes, y aunque cuando hablo tengo el dejo nica, al caminar apresuradamente, como si no tuviese suficiente tiempo, clamo a gritos que soy una extranjera en mi propia tierra. 

 Porque yo creo que la vida es corta y debo correr para tener más tiempo.  No me detengo a apreciar lo que me rodea, ni a respirar el aire fresco de la mañana.  Voy tan ensimismada en todo lo que tengo que hacer, y aún no se ha hecho, que al andar apresuradamente, quiero aprisionar el tiempo perdido, sacarle el mayor provecho posible.

 Pero se me olvida que aquí en Nicaragua todo camina a la misma velocidad con que andaba esa señora que vi en la calle.  Y me tranquilizo, diciéndome que no puedo ir contra la corriente, que lleve las cosas con calma, que no me acelere, que la vida es una y es corta.  Y respiro profundo y mientras camino, rezo un misterio del Rosario y encomiendo mi día a Dios, que cuide mis palabras, que proteja a mi familia y a mi y que me ayude a resolver este marasmo. Y entonces, cambio mi caminar precipitado, por ese caminar tranquilo, de pasos lentos y sin una sola preocupación, de la señora que hoy vi en la calle.

Las hojas del otoño

4 de octubre del 2013

21:16

Subiendo la pequeña colina de la calle donde vivo, logro ver al fondo, la copa amarillenta del árbol de acacia cuyas inmensas ramas inclinadas sobre la calle, brillan en todo su esplendor con el oro de sus hojas; del lado de la acera, más hacia la derecha, lo han cortado para dar paso al tendido eléctrico y es hasta que avanzo más en mi carro, que en la distancia logro distinguir todo el árbol. 

 La calle, casi toda, está sembrada a ambos lados de estos árboles de hojas pequeñitas de un color verde obscuro, de acacias. Cuando comienza la primavera, los árboles se tornan de un verde tierno bellísimo con todos los nuevos brotes cubriendo sus ramas. Y son cuadras de cuadras verdeando al sol y mecidas por el viento.

  Y al comenzar el otoño, poco a poco se van tornando amarillas; pero no todos a la vez, ni todo el árbol, ya que hay ramas con todas sus hojas verde obscuras y otros árboles completamente amarillas, y no se que es lo que las hace cambiar de color, ya que las ramas que dan hacia la calle, unas están amarillas mientras que otras continúan aun verdes y otras, tienen aún hojas verdes y amarillas también. Y son ramas a las que les da el sol a la misma vez. Hay cuadras de cuadras sembradas del mismo árbol.

  El parque tiene también varios árboles de acacia sembrados juntos, pero lo lindo de ello, es que bajo sus ramas y sobre la grama, se forma una alfombra con las hojas que ya comenzaron a caer. Y ese manto de oro que cubre la grama, brilla aun más desde la calle con el reflejo del sol.

  Y mientras continúo en mi camino, esas hojas regadas por doquier saltan tintineantes entre los carros, levantadas por el viento, al mismo tiempo que flotan brillando con el sol, y caen frente y alrededor mío en una lluvia de oro.  Y este lindo espectáculo lo gozo durante todo el trayecto de la extensa calle donde están sembrados los árboles de acacia.

  Sonrío de felicidad cuando veo todo ese oro flotando en el aire. Pareciese que esas hojas de acacia me saludan al pasar.