Llueve de a poquito

Llueve de a poquito

20 de diciembre del 2013 

16:07

Adormilada en la madrugada,  escuche que llovía, pero no abrí mis ojos para no despertarme.  Llovió por poco tiempo ya que cuando me desperté como a las siete de la mañana, brillaba el sol. Pero todo el día ha estado lloviendo, lloviendo de a poquito, lo que es raro para esta época del año. Se nubla el cielo, los pajaritos vuelan para acá y para allá, llovizna levemente y luego vuelve a brillar el sol y el cielo se torna celeste, de ese celeste que tanto me gusta.  Celeste, color cielo de Nicaragua, digo yo.  ¡Así lo describo!

Y con ese gran sol, me salgo al patio a acostarme en mi sombreada hamaca y continuar escribiendo, pero casi inmediatamente tengo que regresar a mi mecedora, ya que comienza de nuevo a lloviznar.

Me gusta la penumbra cuando va a llover.  Poco a poco va desapareciendo la claridad del sol, el cielo se torna gris obscuro y nos envuelve la penumbra.  A mi mami no le gustaba la penumbra.  Le daba tristeza, me decía. Pero es que ahorita son las tres de la tarde, por lo que es raro que estemos en lo obscuro.

El clima ha cambiado mucho; ahora amanece más fresco por las mañanas, con el mismo frescor del campo. El Volcán  Mombacho se ve cubierto por nubes, lo que presagia lluvia decimos aquí en Granada y un fresco viento mece las plantas y de pronto comienza a llover de nuevo, refrescando el día.

Todos los días, llueve de a poquito, pero llueve.

Las Anécdotas de Toño

Las Anécdotas de Toño

12 de noviembre del 2013

19:27

Toño fue el hijo de casa de mi suegra, la Julita. Hoy Toño tiene cincuenta y siete años y me dice, ‘cada año, en el mes de mayo cumplo un año más’, y me asegura, pero dudoso, ‘como que es el primer día del mes de mayo, pero no estoy seguro.  Mi mama me decía, “vos cumplís años cada año del mes de mayo”, pero nunca le pregunte a mi mama el día’. 

Toño es analfabeta, de buen corazón, honrado y fiel a la familia.  Pero terco, como el solo. Ahora es el cuidador de la casa.

Toño nació en Chontales y fue criado aquí en Granada. Toda la familia se vino aquí a Granada cuando estaban pequeñitos. Su papa Ventura Gonzalo Castillo y su mama Luisa Dávila; ‘y estoy reconocido´, me asegura, ´pero me gusta más el apellido de mi mama así que yo soy Dávila Castillo´.

Tiene dos hijos, analfabetas también, que se ganan la vida vendiendo dulces en las calles y el otro, quien es menos inteligente, vende guineos en un carretón que empuja por las calles de la ciudad. Moncho, este hijo, pues no recuerda cuando nació.

Toño tiene un modo peculiar de hablar. Me gusta su idiosincrasia. Su sinceridad y su estilo de hablar. Pero es terco como el mismo. Le había dicho que si quería, regara cada bolsita de mi almacigo pero que el agua no sea muy fuerte y que no tirara la manguera al patio, que la dejara al borde donde está la hamaca ya que quiebra las estacas sembradas. Le quité el oficio de regar, algo que a mi me gusta hacer, porque . . .  bueno, no entendía.  Un día que regresé a la casa por la tarde me dijo que había regado las plantitas; le di las gracias como siempre pero al ver más tarde que había de nuevo tirado el pico de la manguera al patio, le dije que mejor no las regara, que a mí me gusta hacerlo y que no debe tirar la manguera al patio.  Me contestó enojado, que ‘el nunca quedaba bien’. ‘Yo por hacerle el favor’, me dijo.  Di media vuelta.

Me encanta oírlo decir que ahora que ‘funigue´ los zancudos’.  Y no es solo el, es el pueblo entero quien dice ¡funigar! Y me cuenta que antes  ‘ganaba setenta pesos la semana y cuando ganaba cien trabajando el domingo, era más lo que ganaba’, me dice. Y como he estado resfriada me recomienda que ´tome de esos ´mecamentos´ que me van a asentar bien para la salud´. Me cuenta también que José ‘Grabiel’ el vecino, lo recomendó para un trabajo, y así, son interminables las expresiones de Toño. Y si ve al cielo por las noches me comenta, ‘ese lucero brillante “parparea y parparea” toda la noche’.

Me da tristeza que en mi tiempo aun haya gente analfabeta.

‘Es que esta novela’, me dice, ‘es como fea la música, es diferente, pero es como bonita’; ‘es algo como, quedadita’ y no sabe Toño como describirla. ‘Hermosa la muchacha’, comenta al ver la novela que está comenzando. Toño me recuenta la novela casi al mismo tiempo que está sucediendo; le repito que no me cuente la novela, porque yo también la estoy escuchando mientras escribo, pero como es terco, no pone atención a lo que le digo, y continua incansablemente, recontándome lo que sea que ve en televisión.

Dice que Don Marianito el vecino le decía, ‘Jovero Toño, como que comiste lora, de tanto que hablas’.  Y cuan cierto es.  Habla interminablemente. Si va a hacer algo, como barrer la acera o el patio, me lo repite varias veces, como pensando en voz alta justo antes de hacerlo, como para que no se le olvide.

Sale todos los días a trabajar y trabaja incansablemente los siete días de la semana. El repella paredes, arregla tejas, pinta, casas así como muebles, encaña los techos, lustra zapatos, etc.  Uds. pregunten un oficio y Toño lo hace. A veces lo escucho saludando a la gente en la calle, se detiene y les platica, en medio del mandado que le han encomendado, y como buen nica, habla en voz alta, por lo que me doy cuenta cuando se despide del que encontró en la calle a casi una cuadra de aquí.

Con Toño he aprendido a tener más paciencia, porque no puedo exigirle mucho.  Es honesto y sincero y te dice las cosas de frente, sin pensarlo dos veces. Le aseguro, de vez en cuando, que con nosotros siempre tendrá un techo donde dormir.

Mi Raspado de Fruta

Mi Raspado de Fruta

9 de marzo del 2014

20:26

El viernes que fui a Masaya, al andar por el Parque San Jerónimo, pasé la Iglesia del mismo nombre, caminé en la sombreada  acera y me detuve un poco más adelante, bajo la sombra de un enorme árbol, a esperar un taxi.  Había una caseta en esa acera, a la que no le  puse atención, pero al estar esperando el taxi que fuera en la dirección en que yo iba, de repente escuché un sonido que me es muy, pero muy familiar. Ras, ras, ras, se oía. El sonido del cepillo para hielo, ese cepillo metálico raspando el hielo para hacer ¡raspados!

Me acerqué inmediatamente a la caseta y pregunté ‘¿vende raspados?, me contestó afirmativamente, y mi siguiente pregunta fue, ‘¿que sabores tiene?’ ‘De piña, relleno, de leche, me contestó.  ‘Uno de piña’, le dije.  ¡Me moría de la sed, la tarde estaba bien caliente y que mejor que un buen raspado y de fruta!

¡Ese raspado me supo a cielo! Saboreé cada cucharada. Me sentí como en mi niñez, gocé cada pedacito de hielo y  mientras lo probaba, pasó un taxi y le hice señas que se detuviera mientras la señora rápidamente buscaba una servilleta para dármela; corrí a subirme al taxi y como siempre, entablé conversación con el chofer. Le hablé de lo rico que estaba mi raspado, que me han gustado desde niña, y cada vez que tengo oportunidad, como raspado.  Me comentó que a él le gustaba de leche. ‘A mí me gusta el raspado de frutas’, le dije, ‘y casi siempre tamarindo o piña.  Y esta señora se ve bien limpia’. 

Y me acorde cuando salíamos del colegio e íbamos a enseñar Catecismo, al regreso pasábamos por los Raspados Lory.  Allí nos deteníamos siempre, a saborear nuestro rico raspado. Me recuerda al Padre Areas, a quien nos encontrábamos después de enseñar el Catecismo.  A ese Padre Areas a quien tanto cariño le teníamos.  Como lo bromeábamos y como nos soportaba.  Y cuando estábamos pequeños e íbamos al mar, mi mami llevaba su cepillo para el hielo y gozábamos comiéndonos un rico raspado, con el sirope hecho en casa.  Así que desde pequeña, me han gustado los raspados, y me siguen gustando.

¡Me deleito comiendo raspado!  Es un gusto que me doy cada vez que puedo y con sirope de frutas! Y en Granada, frente al Parque Colón, o sea, a un costado de la Catedral, venden Raspados Lory.  Y le cuento a la señora que atiende, que desde que estaba pequeña los como, que comenzaron vendiéndolos en León  y que me encantan.  ¡Me remonta a momentos felices de mi niñez! A alegría.  A risas. A bromas, y gozo, aun hoy, comiéndolo.  En una tarde calurosa, como en este verano, nada mejor que un rico raspado de frutas. 

Los muros ocultos – CUENTO

Cuento

Los muros ocultos

8 de febrero del 2014

20:12

El viejo chofer se sentó en el banco y como pensando en voz alta, como si continuase una conversación que había tenido con el mismo, dijo simplemente: ‘Lo llevé en su vehículo como todos los días. En las cuestas camino a la hacienda, el jeep resbalaba; varias veces estuvimos a punto de caer al barranco. Salimos temprano a ver el ordeño y la vaca recién parida.  ‘Que suerte patrón’, le dijo el mandador al llegar, ‘sus vacas solo hembras paren.  Que suerte tiene’, le repitió.  ‘A la señora le va a gustar que sea ternera la recién nacida. A ella le gusta el ganado, patrón.  Pregúntele que nombre le quiere poner’.  ‘Está bien’, le contestó. Él siempre amable, educado, sensato, agradable.

Y continuó. ‘Regresamos al medio día.  Ella, la esposa, le tenía preparado el almuerzo – es que ella prefería cocinarle especialmente a él.  Cuando el patrón subió a bañarse, yo le comenté a la señora, ‘Hubiera visto las veces que patinó el jeep, en esos caminos; están resbalosos con la lluvia, señora’, le dije.  ‘Me las vi de a palito’, le comenté.  Y allí fue cuando ella comenzó a planearlo más en serio; si, la idea del accidente.  Allí en esas cuestas lodosas  seria el lugar perfecto. Sí, eso era lo mejor – parecería un accidente.

La vieja casona de la hacienda, de anchas paredes y muros ocultos había sido el lugar perfecto.  Allí entre los muros,  esos anchos muros que ocultaban los muros ocultos, allí estaban los restos – esos restos que nunca se hallaron; como los iban a encontrar si estaban dentro de los muros ocultos.  Bañados de cal, sin nada por dentro.

Es que, no sé, se le hacía tan fácil el matar.  Gente que se vuelve inoportuna, pues, nada mejor que quitarla del camino.  Y así lo hacía.  Sin remordimiento, sin preocupación, sin . . . .  nada.  Y quien iba a sospechar de ella.  Ella, tan cristiana, tan buena gente, tan amable y dispuesta a ayudar a cualquiera. 

Vestía sus pantalones vaqueros y esas botas que tanto le gustaban; se miraba como la verdadera hacendada que era. Y además le gustaba cocinar, platos sencillos y delicados, con que atendía al marido. Él se babeaba por ella, y más al verla lo buena que era. Y sobre todo cristiana.  Lo que decía o planeaba, estaba bien.  Paseos al mar, a la ciudad a almorzar, lo que fuese, él feliz si estaba con ella.

Así que a diario, viendo sus movimientos, calculando la oportunidad, ella planeaba y planeaba.  Se fue un día con él en el jeep, los caminos resbalosos, usted sabe,  y, pues yo no la vi, pero ha  de haber enfilado el jeep hacia el barranco con él adentro – ella saltó antes – porque ella  salió ilesa.  Igual a como yo le había contado de los viajes a la hacienda, así fue el accidente. 

Pero esta vez, sí que hubo entierro, en una caja sencilla, sin lujos, a como era el patrón.  Esta vez sí que habría que hacerle los honores.  Allí todo el campesinado vestido de negro señora.  Si, les regaló camisas negras a todos los empleados y todos ellos asistieron al entierro del patrón.  Le llevaron flores, muchas. Pero le cerraron la tapa al ataúd, para que no lo vieran.  Yo fui el único que lo vi. Estaba todo morado señora, de los golpes que recibió en el barranco. Esa caída era segurísima muerte sabe.  Fue difícil sacarlo de allí.  Yo lo metí en una bolsa y todos los mozos ayudaron,  esperando encontrarlo con vida, pero que va, de esa caída no se salva nadie.

Nadie la cuestionó.  Lo que ella dijo es lo que todo el mundo creyó, pero, no señora, yo sé la verdad’. ‘Si, señora´, me dijo,  ‘para que se lo voy a negar, pero eso era antes, no me importaba, pero ahora no señora, ahora soy cristiano’. ‘No la agarraron nunca, sabe.  Allí está en su hacienda’,  me repitió.  ‘Vive con su hija, tranquila.  Pero usted sabe señora, ella va a caer, como que se lo estoy diciendo, porque ¿sabe qué? entre cielo y tierra no hay nada oculto’, terminó de contarme. 

 Así lo aseveró. Como queriendo confirmar en voz alta, lo que por dentro le corroía el alma. Se quedó pensativo.  Acaso pensaba en el muerto . . .  y en los muertos de los muros ocultos.