Un manto blanco

 1o. de febrero del 2008   18:13 horas

Ha caído una buena nevada.  Comenzó desde la media noche y ha nevado fuertemente todo el día – dicen que dejara de nevar hasta las diez de la noche de hoy. Se ve tan, pero tan lindo!  Pero si hay que manejar en el carro, pues no lo es tanto.  Los carros patinan sobre la nieve.

Un gran manto blanco cubre las calles, los carros, las casas, los árboles;  ni un solo carro ha pasado por las calles y pareciese que estamos en el campo.  Las ramas del pino están cargadas de nieve y se doblegan bajo su peso; al limpiar la entrada de los carros me di cuenta que la nieve media como un pie de altura.  Tan fuerte nevaba que era como un buen aguacero en Nicaragua, pero en vez de agua, era nieve lo que caía ininterrumpidamente.

Emma Christine y yo asomadas a la ventana mirábamos como el vecino con su poderosa maquina limpiaba la nieve de la entrada de su casa y tiraba la nieve a borbollones sobre nuestro jardín – le he pedido que tire la nieve debajo de nuestro enorme pino, para que tenga suficiente agua en la primavera y no se le sequen las ramas.  Cuando llueve en la primavera, sus tupidas ramas no dejan que se moje la tierra bajo el y tengo que regarlo a diario.

La maquina ha pasado dos veces limpiando la calle a ambos lados y siempre nos deja el montón de nieve en la entrada de la casa, y hay que ir de nuevo a limpiarla para que puedan entrar los carros.  Hoy hay tanta nieve en la ciudad que la maquina que limpia las entradas de los carros no ha pasado.

Cuando veo por la ventana el patio trasero, sonrío de felicidad.  Los cipreses están cubiertos de nieve y su verdor, resalta la blancura de la nieve.  Tan, pero tan lindos, así como mis cerezos con la nieve acumulada sobre sus ramas y los arbustos, pareciera que son hechos de hielo, teniendo tanta nieve cubriéndolos.

Si, se ve lindo y lo gozo, aunque no me guste el clima frío; pero es que la nieve fresca ahorita se ve bellísima y en la noche la luz se refleja sobre ella iluminándolo todo.

Pepenando Moras

8 de julio del 2005

09:28

En esta época del año están en su apogeo las moras salvajes que crecen en el patio trasero de la casa.  A diario ‘pepenamos’ moras; como el cortarlas se parece tanto a la pepena del café, Nequito me dijo que esto era una pepena, por lo que así he decidido titular mi escrito de hoy, la Pepena de las Moras.

Antes pensaba que había cienes de moras, pero no, estaba equivocada, hay miles de miles.  Si uds. vieran la cantidad de moras que hay. 

Tengo mis manos un poco señaladas de tantas espinas transparentes y finas que se me introducen en los dedos – y es Edoardo, nuestro tierno de 18 años quien con su vista excelente, a diario tiene el oficio de extraer todas y cada una de ellas. 

Crece en la punta de cada rama un ramillete como de ocho moras y después dispersas en la rama de a una o de a dos.  La rama al caer a tierra forma otra planta y otra más, se enredan en la malla y crecen todas tan enmarañadas una con la otra, que ya no se ve la malla, las plantas, solo las moras y espinas y ramas  y escondidas detrás entre las hojas y ramas y espinas, más y más y más moras.

Como hay tantas y están tan maduras, solo tomo la punta de la rama, halo las moras y estas caen en un recipiente plástico que sostengo con la otra mano; bueno, la mayoría de las moras, ya que estas también caen al suelo.  Hago peripecias, por supuesto, para no caerme, me sostengo contra la malla – pero es un poco difícil ya que está llena de ramas con espinas – y así unas veces me caigo, otras no, tratando de no ponerle el pie a mis flores, ya que las moras crecen en la parte trasera de mi pequeño jardín lleno de plantas perennes, o sea que retoñarán el próximo año, después del crudo invierno.

Este año tenemos muchísimas más moras de lo usual; pienso que es debido a que ya tienen unos cinco años de estar creciendo, después que un pajarito botó una semilla –  solitas comenzaron a crecer.  Al principio no sabía que eran, pero al ver que los  pájaros se comían su fruto, decidí probarlas.  ¡Si eran moras, moras salvajes!

 

Las botas indígenas de piel de oso blanco

17 de Enero del 2005

Nadine, es una indígena con sangre francesa en sus venas, que camina como en su elemento; sin preocuparse por el tiempo ni la gran tormenta de nieve que esta cayendo y que nos tiene casi enterrados en Toronto.

Cuando la vi caminaba con su enorme perro; su largo cabello azabache le llegaba a mitad de la espalda, llevaba unos aretes grandes como filigrana con piedritas de turquesa colgándole de las orejas, haciéndole juego con el collar que lograba avistar alrededor de su cuello.

Es una mujer alta, delgada, de finas facciones y piel morena; su familia es del área de Quebec – una ‘metis’ como dirian los Quebecois, si, una mestiza –  se le nota que es indígena y si vistiese el atuendo de su tribu, parecería una princesa de los cuentos de niños.  En mi mente la veo en su traje de piel de venado, plumas en el cabello y sus joyas de turquesa adornándole el cuello y orejas.

Y en semejante tormenta ha llegado caminando tan tranquila con su enorme perro; va vestida toda de blanco y lleva puestas unas botas indígenas en las que la planta de las mismas es de cuero blanco y completamente lisa, como los mocasines y la parte superior de sus botas, toda la pierna, tiene un pelaje exhuberante, el pelaje de la piel de un oso blanco. 

Al comentarle como puede caminar con ellas, ya que son completamente lisas, mientras nosotros usamos botas con suela como de ‘llanta de tractor’ para no resbalarnos entre tanto hielo y nieve, me dice que es lo mejor y lo mas seguro para caminar en la nieve – y ha de tener razón- quien mejor que un indígena canadiense para saber como caminar en un campo nevado y como protegerse del tiempo inclemente con unas botas de piel de oso blanco.

Y así, tan tranquila como cuando llegó y sin preocuparse por el tiempo ni la gran tormenta de nieve, se alejó con su enorme perro.

Está amaneciendo

Jueves, 07 de octubre del 2004

07:15:49

Está amaneciendo. En la oscuridad de la madrugada, en ese silencio profundo que embriaga, escucho un canto, un pío, pero no logro distinguir que es; suena como cu, cu. Apago la luz y abro la ventana para poder escuchar mejor; ahora además escucho un chirp, chirp.  Son más de las seis de la mañana y ya puedo apreciar el azul del cielo y en el horizonte un destello de luz amarillenta con tonos rojizos.

Al lado derecho del jardín veo la sombra del abeto del vecino que ha crecido muchísimo.  Entre sus tupidas hojas logro ver el cielo.  Al lado izquierdo el denso follaje del catalpa es una mancha negra en el cielo, formando una sola malla obscura junto con los cipreses de mi patio.  Solo logro ver la punta de ellos; pero no tienen siquiera la mitad de la altura de los otros árboles.  Al fondo, cerca del abeto y detrás de los cipreses, creció un manzano silvestre junto a un arbusto de rosas salvajes.  Este año no comí de sus manzanas – son riquísimas.  Saben al perote nuestro – será por eso que tanto me gustan.

Detrás del manzano hay mas árboles, uno altísimo, delgadito, no se que es, y más a lo lejos, más árboles, hasta varios sauces llorones gigantes. Ese árbol altísimo siempre está lleno de pajaritos. Después de la malla del patio hay un terreno baldío que no han logrando vender y más al fondo otros terrenos y edificios que no logro ver.  El manzano y el abeto tampoco me dejan ver el edificio que está en la otra calle, solo veo una esquinita.  Así que estoy como en el campo, sin edificios a la vista.

Ha aclarado y logro apreciar las flores de mi jardín y el color de la grama.  Veo que la pila de los pájaros está sin agua.  Hay flores amarillas en tres tonos diversos. No se sus nombres pero una de  las plantas está grandísima.

Los árboles de mi jardín todavía están pequeños.  Sembramos dos cerezos detrás del garaje.  Uno de ellos solamente florece – bellísimas sus flores –  y el otro como si fuera lo mismo, ya que no ha dado fruto.  Bueno, las tres cerezas que dio fueron para los pájaros.  Lo he fertilizado dos veces, así que esperamos cosechar el año próximo.

En medio de esta ciudad con altos rascacielos, hay árboles por todas partes y siempre se  escucha el canto de los pájaros.  Es lo lindo de Toronto.

 

La admiración por la mujer renacentista

Viernes, 04 de Febrero del 2005

01:27

Hoy que le leía a Nequito mis escritos sobre la temperatura y sobre Edoardo, se emocionó muchísimo. Tanto que me abrazó y plantándome un beso en la boca, por cada pieza que le leía, me dijo que estaba muy bueno lo que escribía.  Si, está impresionado de lo que escribo.

Sentados los dos viendo televisión, de pronto me dijo que yo escribía sobre asuntos triviales, y que no todo mundo podría escribir sobre algo tan sin importancia y sencillo como es la temperatura y que estuviese tan bien escrito.

¡Ideay, me dijo, te me has vuelto escritora en la vejez!  Sonreí.  Siempre me ha gustado escribir,  pero es ahora que lo hago más a menudo.  Siempre he escrito.  Escribía poesías.  Sobre la injusticia.  Sobre los trabajadores del campo. Sobre mis enamoramientos.

Quiere compartir mis escritos. ¡Decirle a sus amistades que tiene una mujer escritora! ¡Ya me colocó en el pedestal de los grandes!

Solo recuerdo cuando yo estaba chavala, oír a Don José Coronel Urtecho leer sus escritos sobre Doña Maria Kautz, su infatigable alemana, en su diario quehacer. Lo veo sentado en el sillón del porche, con su camisa y pantalón blanco.  Orgulloso de ella.  Así veo a Nequito hoy.  Orgulloso de su irlandesa, mujer renacentista, como dice mi amiga Sharon.

 

Azahares

12 de junio del 2012

  22:25

Al caminar bajo la frondosa arboleda que cubre el camino, me llega el olor a azahares.  Perfume exquisito! Ese olor paradisíaco de los azahares; huelen a gloria, diría yo.  Y al adentrarme en el terreno, el olor se hace más fuerte.  Veo todos los cítricos cubiertos de azahares, hasta que blanquean de tantos en sus ramas y la suave brisa del campo me llega impregnada con el exquisito y maravilloso aroma de los azahares.

Así que, acerqué mi rostro a las ramas del cítrico e inhalé lenta y profundamente, y pensé, ‘aquí me podría quedar para siempre’ y me sentí como una niña, feliz, disfrutando al verme rodeada completamente de azahares; el tiempo se detuvo, cerré mis ojos y simplemente respiré hondo una y otra vez.

Era tan agradable el olor a azahares que me sentí dichosa.  Dichosa de tener el privilegio de disfrutarlo; y caminando entre los árboles, notaba las flores del limón, copiosas, y las del naranjo, grandes y alargadas y les tomaba fotos, al mismo tiempo que recogía los azahares caídos en el monte, y me llevé la mano, la mano llena de azahares, me la llevé a la nariz y olfatee los azahares recogidos en la palma de mi mano.  Oh, azahares!

Demás esta decirles que mi estancia entre los cítricos y sus azahares se prolongó por tiempo indefinido – el tiempo formó parte del olvido – pero lo que si estaba presente, era el olor paradisíaco de los azahares de mis cítricos.