Los Columpios

Los Columpios 

25 de Agosto del 2015   

22:18

Hoy que caminaba por el bellísimo pueblo donde vivo, los adolescentes salían de clases vespertinas.  Caminé de regreso a mi casa y al pasar por el parque vi a estos muchachos columpiarse, otros caminaban, otros platicaban, así que crucé el arborizado parque y en un impulso busqué un columpio.  Al caminar hacia el columpio recordé la última vez que me mecí en uno.

Fue hace dos años que fuimos a un parque boscoso con un pequeño riachuelo y al caminar de regreso hacia el carro, le dije a mi Neco que me iba a mecer en el columpio.  Me senté en él y empecé a mecerme. Me empujaba con los pies y al estar en el aire, estiraba mis piernas hacia arriba para agarrar impulso y me columpiaba más y más alto.  Me sentía feliz, y me reía a carcajadas, cuando mi Neco se sonreía al verme la expresión de felicidad en mi rostro; yo feliz con ese sentimiento de libertad que me daba al columpiarme así tan alto.

Así que recordando esa columpiada, caminé hacia uno de ellos.  Los muchachos en los columpios se sonrieron al verme, me senté en el columpio, revisé que estuviese bien la cadena que lo sostenía y comencé a mecerme.

Agarré impulso, extendiendo las piernas hacia lo alto y cuando ya había agarrado altura, extendí mis brazos e hice mi cabeza hacia atrás.  Las copas de los frondosos árboles del parque no me permitían ver mucho el cielo.  Me maree un poco así que decidí no ver hacia lo alto.  Me columpié por un buen rato.  Volaba alto.  De pronto pensé que tal vez no era tan fuerte y seguro el columpio, así que me detuve poco a poco.  Tal vez los niños que lo usan, como son pequeños, no pesan tanto y que mejor me detuviese. Me bajé del columpio, crucé el parque y caminé feliz hacia mi casa. Tan feliz que iba sonriéndome.

Siempre me han gustado los columpios.  Desde niña.  En el enorme corredor del frente de nuestra casa, teníamos un columpio de madera en forma de avión.  Estaba pintado de rojo y azul, con espacio pequeño formando el asiento en el centro, su pequeña hélice al frente, sus alas extendidas y su cola. De esa época seguramente, proviene mi  amor por los columpios.  Tanto me han gustado que de pequeña, mi nana por las tardes nos llevaba a caminar en La Calzada hacia la oficina donde trabajaba mi papi.  En el frente de la oficina había en el centro una rueda de piedra gigantesca que se usó en un tiempo para triturar caña.  Era yo tan pequeña que recuerdo que quería meterme en el enorme hueco en el centro de la redonda y enorme piedra.

A esa hora ha de haber pasado don Max Cutillas camino a su casa y no sé ni cómo, ni cuándo, ni porqué, le pedí unos columpios.  Don Max era un señor mayor, vestía de color caqui, y siempre portaba un casco tipo safari del mismo color.  Un hombre afable que me mantuvo la ilusión por años de años.  Cuando a veces lo veía, le preguntaba yo por mis columpios y el me respondía, que sí, que ya los había ordenado, que venían por barco, que la travesía era larga ya que venían desde Europa y tenían que cruzar todo el océano, pero que ya estaban por llegar los columpios, que el barco estaba cerca del Puerto de Corinto, que ya habían llegado a Esparta, que estaban desembarcando los columpios.  Y así, durante mi niñez, soñé con los columpios que pronto llegarían.  Y él me los describía, y me mantenía al tanto de la travesía de los columpios, los esperados columpios y por años, me mantuvo la ilusión. 

Yo entré interna al colegio de La Asunción a la edad de ocho años y nunca comenté de los columpios tan deseados.  Los que con tanta ilusión, deseé en mi niñez. Y nunca más recordé los columpios.

Un día que platicaba con mi mami, yo, ya mayor como de cincuenta años, le conté de los columpios que le había pedido a Don Max y como él me mantuvo la ilusión durante mi niñez. Mi mami se sorprendió.  ‘Nunca me dijiste’, me dijo.  ‘Te los hubiesen hecho a tu gusto’.

Y cuando nacieron mis hijos, en su primera navidad, cuando tenían dos y un año, que ya podían columpiarse, ¿que les trajo el Nino Dios?  Un bellísimo juego de columpios en azul y rojo.

Y a mis nietos les he enseñado a mecerse en columpio, como impulsarse, como deben agarrarse de las cadenas que lo sostienen, que extiendan sus brazos y se dejen ir hacia atrás, que no se van a caer y que lindo es llegar hasta lo más alto.

Así que uno de mis placeres, es mecerme en un columpio.  No lo hago muy seguido, pero cuando los veo, y son fuertes, me siento en uno de ellos y comienzo a mecerme, agarrando impulso para mecerme lo más alto posible, y me encanta esa sensación de libertad que me proporciona lograr llegar hacia lo alto y sentir el aire y me impulso más y más.  Vuelvo a ser la niña feliz que fui toda mi vida.