El Viento

31 de julio del 2004

Se avecina la tormenta.

Con furia me golpea el viento.

Cierro los ojos, disfrutando el momento

y siento mi cabello flotar libremente.

 

¡Como me gusta el viento!

Fuerte, fresco, libre, sonoro.

Susurra al pasar entre las hojas de los árboles.

Un leve susurro opacado por el golpe de las olas.

 

Las hojas colgantes del sauce llorón vuelan horizontalmente.

Las ramas de los árboles se someten inclinadas

y las olas encrespadas revientan incesantemente.

 

Una y otra vez saltan sobre la gigantesca roca

bañándola y cayendo en cascada

para después. . . deslizarse en la pequeña playa.

 

Y en mi cara … … … siento el viento.

Con fuerza me envuelve toda.

Cierro los ojos.

No existe nada más que el viento.

 

Respiro profundo, lentamente.

Me lleno de paz. Soy feliz.

El viento continúa soplando con furia.

 

¡Como adoro el viento!

Como el viento, libre soy.

Sonrío de felicidad, …

respiro aires de libertad. 

 

Al ver el lago encrespado, revuelto,

pienso en mi Cocibolca,

mi lago sucio, en continuo movimiento

y ese sentimiento de paz me invade nuevamente.

 

El viento ha amainado su furia.

La espesa neblina en el horizonte

ya no me permite ver las formas de la playa;

se confunden con el agua gris

y un manto espeso cubre todo el lago.

 

Desde la terraza

veo un halcón planeando sobre el lago Erie.

Se deja llevar por el viento, aletea seguido

para después . . . planear a la merced del viento.

 

Vuela hacia la playa y regresa, planeando siempre. También,

como el viento y como yo, libre es.

 

 

 

Respirar aire de montaña

3 de Diciembre del 2007     9:32

Hoy por la mañana al sentarme en el sofá a tomar mi taza de té, respiré aire de montaña, de campo, aire fresco y me imaginé el cielo azul claro. Es que compramos el pino para decorar nuestro árbol de Navidad y por eso la casa huele a montaña, a pino, a aire fresco.  ¡Que olor más agradable! 

Me transportó al campo. Recordé cuando recién llegados a Canadá, nos armamos de sierra y todo y fuimos a la montaña con los muchachos, cerca de acá, a la orilla de un río y cortamos nuestro pino de Navidad y felizmente lo trasladamos a la casa. 

Sonreí al recordarlo.  ¡Cortando un árbol casi en la ciudad! Que osadía. Pero fue una aventura para los muchachos, caminando en el bosque y buscando el más bonito y de buen tamaño, ni muy grande, ni muy pequeño, que tuviese buena forma, que no estuviese de lado y que lo pudiésemos transportar.

Y así hicimos por varios años, hasta que  me percaté que no lo deberíamos hacer.  Bueno, no en el bosquecito cerca del riachuelo, como si fuésemos los dueños del bosque, sino en los lugares designados para el corte de pinos.

Pero, como gozábamos esos viajes, caminando entre la nieve y en el bosque.

Mantengamos nuestra distancia, como los camiones

22 de Enero del 2005 

15:22

Aprendamos de Canadá donde millones conviven teniendo diferentes credos, razas, costumbres.  Todos conviven y se ufanan de su diversidad.  Nadie quiere asimilar a nadie, ni obligarlo a pensar, a vestir, o a comer lo mismo que el otro.  Todos juntos, cada cual en su espacio, sin hacerle daño a nadie.

Platicando con Charlie un amigo Yugoslavo, le comentaba del odio extremista que veía en la televisión cuando entrevistaban a sus compatriotas, durante la guerra de Yugoslavia.  ¡Que odio mas atroz!, le decía yo. ¿Como pueden odiar tanto? Y me contestó algo que me dejó pensativa: ‘Es que nadie tiene derecho a quitarle la vida a nadie.  Desde el momento que le quitas la vida a alguien, firmas tu sentencia de muerte’, me dijo.  ‘El antiguo testamento’, continuo, ‘habla de ojo por ojo y diente por diente, la manera como viven los yugoslavos.  El nuevo testamento habla de poner la otra mejilla, del perdón’.

‘Pero para nosotros los yugoslavos’, continuó, ‘si vos matas a alguien de mi familia, vos sabes que alguien de mi familia te va a matar, a vos, o a alguien de tu familia. Desde el momento en que matas, firmas tu sentencia de muerte. La Biblia dice “no matarás”, me reiteró, ‘por lo tanto debes de respetar la vida ajena’. 

Yo, de una generación más joven, criada en la religión católica, y con la convicción de que hay que  poner la otra mejilla, me quedé callada sin aceptar su respuesta. La rumié en silencio, le di vuelta, la objeté, la digerí y llegué a la conclusión de que es ese indoctrinamiento en el que crecimos, el que nos ha hecho a nosotras las mujeres bajar la cabeza, a no defendernos; en suma, a poner la otra mejilla.  Me indigné conmigo misma. Y le di la razón a Charlie. 

Y solo me acordé de mi papi, que cuando se le acercaban mucho -y se había tomado sus tragos- decía: ‘mantenga su distancia, como los camiones’.  O sea, no entre en mi espacio, respételo.  No se acerque más de lo debido.  Ese espacio que todos nosotros tenemos, ‘nuestro espacio’. Y al matar, violamos ese espacio. ¡No mantenemos nuestra distancia, como los camiones!