El Camioncito Toyota

28 de junio del 2016

20:03

Hoy que fui a Masaya, necesitaba transportar un poco de material hacia la construcción, cuando se me acercó un señor ofreciéndome transporte en una pequeña camioneta o camioncito, como me aclaró después; era en realidad un camioncito. Ofreció llevarme donde vendían madera, donde comprar sacos para la arena de playa que necesitaba, donde vendían los bloques pequeños de buena calidad y no los ‘garroteados’ que venden en Masaya.

Reí cuestionándome la expresión de ‘bloque garroteado’ la primera vez que la escuche.  Que lo hacían a puro garrote, o sea, golpeándolo para que se compactase el cemento y arena y no a máquina, como se hacen los buenos bloques.

El señor insistía en acompañarme por dondequiera que iba; molesta yo un poco ante su insistencia, de que no me dejase en paz y quisiese ayudarme en todos mis menesteres.

Después de hacer unas compras, volvió a insistir que el sabia donde yo podría comprar mis materiales.  Así que decidí acompañarlo.  Caminé hacia la venta de madera y mientras regateaba los precios de tablas, reglas de diferentes medidas, le pedí al señor que buscase a José, mi trabajador quien había ido a buscar los bloques de buena calidad, los que no se quiebran al tirarlos al suelo y no los famosos ‘garroteados’. Dejé pagada la madera y caminé a comprar la arena y los sacos.   Y todo esto con la ayuda del señor.

Llegó el camioncito y me subí en el para ir a buscar los bloques buenos. Pero la subida al camioncito, fue toda una odisea.  Agarrándome de la puerta y del marco de la cabina, agarré impulso para poder subirme.  Ya arriba, hice malabares para sentarme, mientras el señor me ayudaba deteniendo la puerta que no se abriese más. Su dueño se sentó al volante y lo encendió haciendo contacto con los dos alambres pelados debajo de lo que debía ser el tablero, movió la palanca del cambio ‘hechizo’ y arrancó. Como era que caminaba el camioncito, me preguntaba yo. Y también se me vino a la mente, ¿le funcionaban los breques?  Como me había subido en ese camioncito, pensé! Un accidente, me dije, y ni cómo salvarse, si la cabina estaba hecha de pedazos de metal. El cacaste del camioncito, . . .  daba pena.

Buscamos los bloques en varios locales, hice llamadas telefónicas tratando de encontrar los de buena calidad y José me dijo que en la Ferretería allá en La Barranca, había encontrado de los buenos bloques de concreto que yo buscaba.

En el trayecto, le pregunté a don Freddy Mercado, su dueño, un señor ñajo de unos cincuenta y tantos años, quien parecía seguir las instrucciones del señor que me había ofrecido el transporte, cuantos cilindros tenía su vehículo, que marca era, ya que no tenía nombre por ninguna parte, solo la armazón de metal viejo formando lo que debía ser el tablero; volví mi vista hacia el volante, hecho con una varilla gruesa de metal al cual le atravesaba de lado a lado, otro pedazo de metal. Nada le funcionaba en las puertas. La del conductor la prensaba en la parte superior con una varilla, y mi puerta, solo se podía abrir por la parte externa.

Era un Toyota como del año 1976-1980, que lo encontró como chatarra en un predio, sin el piso de la cabina, el cual re-hizo de pedazos de hierro, le puso un vidrio, que ahora solo se sostenía con la pega en la parte superior y la inferior, se movía al compás del golpe de los baches del camino.  Le dije que cuando tuviese un poco de dinero, le pegase el vidrio en la parte inferior, ya que con los continuos golpes, se le podía quebrar.

Volví mi vista hacia el piso de la cabina y había huecos por doquier. Le pregunte si la puerta cerraba o me iba a salir de la cabina con el movimiento. Me habló entusiasmado de su camioncito, que le había costado mil quinientos dólares hace unos tres años y unos quinientos dólares más que le había invertido en ciertas piezas. Como había transportado productos, trescientos kilómetros de ida y otros trescientos de vuelta y el camioncito, no había fallado.  Lo único, me dijo es que no va muy rápido. Y me produce, me dijo, orgulloso. Lo felicite por su vehículo.

Al llegar hasta mi casa, les ofrecí una bebida refrescante con mucho hielo.  Le tomé fotos a la cabina y las veo ahora y me sorprendo del ingenio de Don Freddy, para hacer funcionar su camioncito Toyota. Qué bueno que es.