Bebo Mucha Agua Para Llenarme

Ayer que regresábamos del terrenito, allá por delante del platanal, uno de los niños del vecindario, Eduardo, de tan solo siete años – hablantín y medio, que comenta todo lo que se le viene a la mente – feliz de que ambos, su hermanita menor y el, comerían arroz con leche que les compramos – me dijo que él comía, pero no se engordaba, pero que a veces, no comía.

Ingenuamente y sin pensar, le pregunté, entre toda la algarabía de venir en la camioneta y con aire acondicionado, el por qué a veces no comía y con la ingenuidad y sencillez típica de un niño, me aclaró, que cuando le preguntaba a su mamá si iban a comer, a veces le contestaba que no. Entonces yo, me dijo, bebo un montón de agua para llenarme.

Se me encogió el corazón y automáticamente le contesté, que ‘sí, que tomara mucha agua para sentirse lleno’.

Cuando voy a mi finquita, allá por delante del platanal, me los llevo a comer jocotes, marañones, a correr por el campo, a subirse a los árboles, y me hacen mil preguntas y les explico de todo sobre las plantas.  Que necesitan agua para crecer, que las raíces estén cubiertas de tierra, que se riega el tronco de la planta, pero no las hojas y así.

Mientras yo riego mis plantas, me gritan, ‘doña Mimiya, véame, me subí al árbol de Sacuanjoche’, o, ‘vea a Lucía’, ‘ya pudo subirse al árbol de jocote’. Y yo los animo a subirse a los árboles, pero también a tener cuidado.

Gastan todas sus energías correteando y comiendo frutas y regresan felices a su casa, relatando sus aventuras y lo que pudieron o no hacer. De cómo corretearon por el campo, como les enseñe a recoger marañones para que  no se mancharan la ropa y que los jocotes eran bien ricos y me aclaran, que son como los jocotes tronadores. Y me muestran los que han recogido, de los montones que hay esparcidos por el suelo y les digo que lleven a su casa.

Es tal la pobreza en el país, que, en medio 2020, estos dos niños a veces se van a la cama sin comer. Por ese rato que están allí en la finquita, se olvidan de todo y vuelven a ser los niños felices, que todo niño debe ser.

8 de Mayo del 2020

14:17

LA FRESCA BRISA

Una preciosa tarde estaba sentada en una mecedora en la entrada de la casa, con ambas puertas en pampa y disfrutaba leyendo, admirando los gajos de flores lilas de la Hoja Chigüe que cuelgan en cascada del techo del garaje, y refrescándome con la brisa que de pronto había cambiado a agradable, ya que antes hacía tremendo calor.

El brillante cielo celeste y blanco comenzó  a nublarse. Lloverá, me dije y guardé la poca ropa en el tendedero.

Regresé a mi mecedora dónde ya soplaba el viento fresco y enormes gotas de lluvia caían sobre la piedra laja que está en la entrada de la casa, del carro y también a la entrada de la lavandería.

Llovía con fuerte viento que soplaba hacia la puerta principal donde estaba sentada y la brisa me humedeció toda, al mismo tiempo que el porche se remojaba.

Pensé en esa fresca brisa que era demasiado humeda como para que la estuviese recibiendo, pero había hecho tanto calor, que bien valían la pena unas leves estornudadas.

¡El aguacero fue tremendo! Llovió y llovió. Veía las gotas de agua caer resbalandose por las plantas que forman la ‘selva’ en la entrada de mi casa. Me encanta sentirme rodeada por la naturaleza. Las hojas del Papiro Egipcio se doblaban un poco agobiadas bajo la fuerte lluvia, pero ni la Mano de León ni las enormes hojas de mi planta que le digo quequisque, por su similitud con el mismo – pero más bonitas ya que su reverso es rojizo – parecían importarle el aguacero. Las hojas se movían en un continuo vaivén y parecían bailar con la copiosa lluvia. ¡Cómo me gusta ver llover!

Recuerdo, en casa de mi tía Lulu, en Berkeley, California, arrodillarme en el sofá y ver llover y llover. Las calles quedaban limpias después del aguacero. Me encantaba ver cómo en la cuneta se deslizaban las hojas hasta no quedar ninguna y el asfalto brillando bajo la fuerte lluvia.

Me dice una amiga, cuando llega a la casa y camina hacia la puerta principal, agachándose, esto es una selva. Y es cierto.  Es una selva.  Llena de plantas por doquier.  Me gusta sentirme inmersa en la selva.  Adoro los variados tonos verdes de las plantas, en diferentes formas y estilos.

Los tonos verdes, lo más difícil de pintar, me decía el esposo pintor de acuarelas, de una buena amiga.  Observaba mi pintura de una flor de Pico de Pájaro en medio de un follaje de sus hojas y me dijo, al observarla detenidamente, ‘Sabes que lo más difícil de pintar es el verde.  Y veo tu pintura al óleo y tiene todos los tonos de verde. Felicidades, está muy buena.’   No debo ni decirles lo feliz que me sentí. Viniendo de el, estudioso en el arte.

Septiembre 29, 2020

16:00

 

La Ingenuidad Ignorante

La ingenuidad . . . es simpática, provenga de quien provenga.  Pero la ingenuidad infantil es lo mejor que hay.  Aunque esta ingenuidad, en adultos, es otras veces ignorancia. Falta de sentido común.

En un país donde abunda la miseria y la población no tiene lo suficiente para comer, estos niños crecen sin la alimentación apropiada. Por lo tanto su cerebro no se les desarrolla bien.  No piensan bien.  La falta de lógica, algo que se nota en la población mundial, aun cuando fueron al colegio, es prevaleciente. Y en todas las capas sociales. Como decimos en castellano, ‘no tienen dos dedos de frente’.

Me comentaba mi prima hermana Teté, cuando le explicaba a sus trabajadoras y no le entendían, que no podía pedirles de más. El déficit alimentario en su niñez no les permitía comprender correctamente y por lo tanto seguir instrucciones.  No tienen sentido común. Les faltaba lógica.

Y lo veía en el hombre que llegó a pintar unas parrillas metálicas del desagüe de la lluvia.  Platicando con él me dijo que ahora que no tenía trabajo almorzaba tortilla con sal. Y cuando le pagué, lo primero que hizo fue ir a cortarse el pelo y gastar sesenta Córdobas.  Y no tenía el cabello largo. ¡No lo podía comprender!

Pero, es la ingenuidad y sencillez de los niños que llegan a la casa, los que muy pronto le dieron nombre a la puerta de acceso del comedor a mi cocina o viceversa. Es la puerta mágica. Ya que no tiene agarradera, ni llavín y con solo empujarla, se abre.

Un día que iba hacia la cocina, encontré a la señora que me ayuda con la limpieza, que hacia un enorme esfuerzo al tratar de abrir la ‘puerta mágica’, con la yema de sus dedos. La quería abrir hacia ella y por supuesto le costaba muchísimo.  Se sonrió y me dijo, ‘es que no puedo abrir esta puerta’.  Me sonreí.

Me puse frente a la puerta y con la palma de mi mano extendida, empujé la puerta y esta se abrió. Le aclaré nuevamente y por la veintiunava vez, que lo único que tenía que hacer, de cualquier lado donde estuviese, era empujar la puerta con la palma de su mano.  Solamente empujarla.

Me fui hacia el otro lado de la puerta, a la cocina, la llamé y le expliqué que la puerta se abría sola, lo único que tenía que hacer era ‘empujarla’. Si no, se prensaría los dedos y le dolería mucho.

Pero, no hay manera que entienda y cada vez que la señora va a cruzar ese umbral, pasa un buen rato tratando de abrir la puerta con la yema de sus dedos, hasta que un día llegara a prensárselos. Y le repito de nuevo, que solo la empuje con la palma de la mano, que ella se abrirá sola.

He llegado a preguntarme si le debería decir que es . . . ¡una puerta mágica!

15 de diciembre del 2020

16:07