Cuanto vale una sonrisa
Lunes, 1º. de mayo del 2006
9:00am
Desde hace varios días estoy triste. La enfermedad de Marlene me preocupa tanto, que lo único que hago es llorar al verme imposibilitada – esa sensación de inutilidad que me embarga, que le busco solución y no la encuentro. Entonces las lágrimas me corren por las mejillas incontrolablemente. ¿Que hago? Rezar. Me tranquiliza, me produce una calma espiritual intensa y rezo por un milagro y al final digo que se haga la voluntad de Dios. Pero este dolor es casi inaguantable. Ante semejante caos, soy nada y nada puedo hacer.
Pero después pienso que si hay mucho que puedo hacer y lo estoy haciendo. Le levanto el espíritu, le hago bromas ante su temor de la radiación, que no sentira nada le digo y de que le pondrán un pequeño catete x las venas; ‘caramba’, le bromeo, ‘si pudiste tener tus hijos y pasaron x un huequito pequeño, este catete no es nada’. Y se ríe y deja de llorar. Y abrazadas la reconforto diciendole ‘que no le va a doler, que es una tontera lo que le harán’. Pero sus temores están allí, los veo en su mirada. Me habla como una niña, ignorante de todo y tan frágil, dependiendo tanto de mí.
William Jay me dice que lloremos juntas, pero no puedo flaquear frente a ella, porque entonces ella flaquearía y no puedo permitir que dude que al final todo estará bien. Así que todo se lo hago bromas, nos reímos muchísimo; gozamos de tonterías que me ocurren, como en mi fisioterapia que los electrodos impulsivamente me levantan un dedo y no puedo regresarlo a su posición. Que tal, le digo, si subiera la energía del electrodo, estuviera como con una descarga eléctrica y le demuestro como se me verían las manos. Ja, ja, ja, nos reímos a carcajadas. Tanto, que la gente nos ve en el Sunnybrook, donde todos los que nos rodean tienen cáncer, y sonríen y nosotras riéndonos, yo disipando sus temores con una sonrisa. Cuanto vale una sonrisa que se transforma en carcajada.
Por un momento sus preocupaciones se disipan. Le hablo de mis ejercicios diarios, y como temerosa puse la maquina a que caminara a 1.7 de velocidad. La muchacha asustada de la lentitud me pregunto si estaba bien (estaba súper lento) y yo le conteste que si, como una gran atleta que esta corriendo su maratón, y cuando ahora pongo la maquina a 3.7 que es todavía lenta en comparación con lo que debería estar caminando de rápido, yo termino con la lengua de fuera, le digo. Ja, ja, ja.
¡Cuanto nos reímos!
Y con esa sonrisa
se disipan sus preocupaciones
y aunque sea por un momento,
se olvida de ellas.
Lindo Mimiya, se te recomienda la perseverancia, ahi de vez en cuando entrare a tu pagina!!!!
Sara, gracias por tu comentario; estoy aprendiendo a usar mi blog y me acabo de dar cuenta que tiene un espacio donde yo te puedo responder. Te cuento que tengo muchisimas mas anecdotas, que estoy poniendo poco a poco en el blog. Tengo espacio para fotos tambien. Tiene tantas cosas el blog que me va a tomar una vida saberlo usar bien. Besitos,
Mimiya, me tocaste el corazon….lindo, que sencillez y que sensibilidad tienes! yo se de lo que hablas, perdi mi hermana por cancer hace dos anios. Sigue escribiendo.