Guillermo el Relojero

Guillermo el Relojero

25 de enero del 2014  

16:31

Cuando camino por la Calle del Comercio en Granada, casi no se puede caminar en las aceras, ya que la alcaldía ha rentado – sí, rentado – ese pedacito de acera al que la ocupa, ya sea vendiendo ropa, naranjas, discos de música, videos, queso, etc. etc.  Y además de pagar una mensualidad, pagan impuestos y unas cuántas cosas más así que después de sumar todos los gastos, son más de cuatro mil córdobas por rentar ese pedacito de acera.  ¡Me sorprendí!  Por supuesto, la alcaldía jamás quitará a esos vendedores que le producen ganancias extras mensuales, y allí camina uno, con un pie en la acera y otro en la cuneta de la calle, otras veces completamente en la calle, esquivando bicicletas, buses, taxis, peatones y todo lo que deambula por las calles del comercio.

Entre las personas que venden en la acera, está Guillermo, el relojero,  a quien conozco desde hace varios años.  Es un hombre encantador, ya mayor, bajo, delgado, quien repara mi reloj de diez córdobas – comprado hace unas cuantas lunas – de cuarzo, contra agua y todo de plástico y es el que uso a diario, ya que como soy jardinera, casi de profesión,  toco tierra para sembrar mis semillas, hago almácigos y siempre me estoy lavando las manos.  Pero Guillermo, cuidadosamente lo limpia, le cambia batería, y mi relojito de diez córdobas camina tan bien como el de mil o mi Guess de oro, fajita de cuero.    Y si mi reloj  Guess se atrasa, se lo llevo a Guillermo y me lo deja como nuevo por unos pocos córdobas, algo que allá me costaría unos cuantos dólares. Su hijo también le ayuda en el negocio, y su esposa y su hija tienen un negocio de venta de CD, casi contiguo al de él.

A Guillermo le consulto cosas varias del diario vivir, como, donde puedo comprar baterías, donde venden creolina, donde podría comprar tal cosa u otra y Guillermo con toda amabilidad me orienta, ya que como he estado fuera del país por tanto tiempo, se pocas cosas del mercado así como direcciones, o asuntos nicaragüenses de los que no estoy al corriente. 

Hace días le cambiaba batería al reloj que le regalé a mi cuidador y era el hijo de Guillermo quien hacía el trabajo.  Mientras trabajaba, volví mi vista hacia la calle, ¿y a quien creen Uds. que vi? A Guillermo quien se cruzaba la calle bailando al son de un merengue que se escuchaba en uno de los tantos puestos de música que hay en la acera.  Tranquilamente, al ritmo del merengue y con toda la alegría del mundo, Guillermo bailaba y con buen ritmo, en media calle, cruzándosela de una acera a otra, diagonalmente.

Llegó hasta donde yo estaba y  le comenté que lo había visto bailando alegremente  –  se sonrió, como agarrado ‘in fraganti’ – y me contestó que aunque ya fuera mayor, eso no importaba, que a él siempre le ha gustado bailar.  Y yo, amante del merengue lo felicité, ‘bailas bien y con buen ritmo’ le dije.  ‘Es que uno el espíritu nunca lo pierde’, me contestó.  Y estoy de acuerdo con él.

Cuando camino por la calle, casi siempre me detengo a platicar con mi amigo Guillermo, el relojero. 

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