Dátiles y Nueces

Hace poco visité un Pulguero en la ciudad de Scarborough.  En realidad no es un pulguero.  Son ventas pequeñas y más que todo de gente del Medio Oriente. Allí venden de todo tipo de chucherías.  Pero es un espacio pequeño y con productos también fabricados a mano en África y muchos otros artículos que son hechos por la gente de países árabes, iraníes, etc.

Venden jugo de caña, que lo exprimen frente a uno. Me recuerda nuestros viajes al mar en Honduras, cuando los niños estaban pequeños y en la carretera nos deteníamos a tomar jugo de caña, exprimido allí frente a nosotros.  Esa misma rudimentaria maquinaria es la usan aquí en la ciudad.

Decidí caminar en los pasillos y me di cuenta que era mucho más grande de lo que yo pensaba. Allí vendían también comida y nueces.  No se me olvida lo ricas que eran todas las semillas que vende.

Me ayudó un muchacho afgano, con el aspecto físico muy parecido a Nick, nuestro amigo libanés en Paris, quien nos invitaba a las más ricas comidas en su apartamento.  Aceite de olivas, traído por un amigo piloto, directamente de su casa, donde lo habían hecho, las nueces, quesos.  Era un banquete libanés que nos acariciaban todos los sentidos.  Los olores de su comida eran especial y nos envolvían completamente.  Hecho en casa.  ¡Y qué delicia.  Éramos amigas muy queridas de Nick.  Nos mimaba. Nos cuidaba y nos ofrecía de lo mejor en su esmerada atención.

Pues el muchacho afgano – bueno, en realidad no es muchacho, es un hombre de unos cuarenta y seis años, bajo, delgado – es un encanto.  Amable, cortés, educado. Cuando llegamos a su puesto de frutas secas, nueces, etc. nos explicó de donde procedía cada producto en el que yo estaba interesada. Me recomendó las nueces afganas. Que eran las mejores del mundo ya que crecían en un clima fabuloso en las montañas.  Y cuanta razón tiene.  Y cada quince o veinte días voy ahora a su tienda – tiene una tienda grande en el lado este de la ciudad – y le compro nueces.  Pero, no son cualquier nuez.  Al morderlas saborea uno su riquísimo aceite, son grandes, frescas.  Uh, que diferencia con las nueces que venden en los supermercados.  ¡Estas si son nueces! ¡Qué sabor!

Y el domingo pasado que fuimos a comprar nueces, le pregunté si tenía dátiles.  Me contestó que sí. Que eran de Jordania. ¡Qué maravilla!  Son enormes, con mucha comida.  Son una miel de dulces.  Son tan grandes sus dátiles que no me lo puedo comer de un solo bocado. Suaves, frescos, deliciosos. Qué maravilla de dátiles.  Así que ahora cuando quiero comer nueces, dátiles, voy donde el afgano.  No importa que sean más caros si el sabor es exquisito.  Valen diez mil veces más que esos dátiles, secos, diminutos, duros que venden por todas partes.

 Que suerte haber encontrado al afgano.

Diciembre 11, 2018

19:49

 

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