CARLOTA

El barco arribó en Jamaica en medio de la tormenta.  Era un alto forzado en su travesía, pero el capitán estimó que sería mejor atracar en el puerto, que continuar el viaje en medio de las gigantescas olas que arremetían con furia.

Al llegar a Jamaica, el villorrio que los recibió era muestra de la pobreza que reinaba en la isla.  Al día siguiente que salió el sol, bajaron los pasajeros a tierra firme, para descansar un poco de la ventisca que por varios días los había azotado.

Al salir de la casa del gobernador donde habían sido invitados a un café, una humilde señora se le acerco a Dona Mary ofreciéndole su niña, su niña de seis-siete años, para que se la llevase y así tuviese mejor vida y tal vez sobreviviera la penuria en que vivían.  Iba a vivir muy bien con la familia del Gobernador de Greytown, Nicaragua. Esa niña era Carlota y fue así que esta niña de raza negra, llego a vivir a Greytown, Nicaragua, como parte del personal de la familia Sacasa Martin.

Carlota era una niña regordeta, vivaracha, de ojos café que fue criada como hija de casa en la familia de mi bisabuela Dona Mary Martin Kane de Sacasa. Carlota era una niña más en la familia y cuando llegaba de visita a Granada, siendo solamente dos años mayor que mi papa, era la que jugaba con él. Creció con él y era quien lo cuidaba y ella se sentía responsable de él. Lo llego a querer tanto que cuando se retiró, ya mayor, mi papa la tenía viviendo en el Ingenio San Antonio. Él la llegaba a visitar y Carlota me relataba que mi papa era travieso y ella tenía que estárselas ingeniando para que no se golpeara, porque se subía en todo, vivía inventando que hacer. Y ella, pues preocupada por él. Me conto que una vez, mi papa corto dos hojas de palmera del jardin, se las amarro a los brazos y se subio al techo, dispuesto a volar.  Si no ha sido por Carlota, quien sabe cuantos huesos se hubiese quebrado. Mi papa y Carlota platicaban solo en inglés y lo llamaba Master William.

Cuando estábamos pequeños e íbamos de visita donde mi abuelita, allí estaba Carlota y era ella el ama de llaves. La que ponía la mesa con todo el rigor de una mesa inglesa, la que nos servía la comida. La encargada de todo el protocolo necesario para poder comer correctamente con los cubiertos de plata de la familia.

Yo me iba a la cocina a platicar con ella, y Carlota con su acento inglés fortísimo, me decía que mi lugar era en la casa y no allí en la cocina, que me iba a ensuciar. Carlota nunca aprendió a hablar español correctamente – es que en casa de mi bisabuela solo en ingles se hablaba – y fue hasta cuando llegaron a vivir a Granada que aprendió el español, ya ella adulta.

Cuando Carlota falleció le dejo en herencia a mi papa, su joyero de madera donde ella guardaba sus pertenencias.  Allí había una larga cadena de oro como de 10K, un reloj, collares y especialmente un par de brazaletes de pura plata. Pesados brazaletes de tan pura plata y que son tan maleables, que los puedo abrir y cerrar a mí antojo.

Esos brazaletes los tengo yo.  Y por las tardes cuando me visto, me pongo los brazaletes de Carlota y camino orgullosa de ese tesoro que Carlota tenia.  Lo único que tenia de valor, además de ese amor incondicional que le tenía a mi papa.

Pero también pienso en esa niña separada de sus padres a tan corta edad.  Y aunque creció separada de su verdadera familia, mi familia la tomo a su cargo y la trato bien y la quiso. Pero, me pregunto, le faltaron esos abrazos?  Carlota nunca me hablo de su familia, y fue por mi papi que me di cuenta de la historia de Carlota. Fue parte también de nuestra niñez.  Toda la familia piensa cariñosamente de Carlota.

Carlota me viene seguido a la memoria, y la escucho hablando con un fuerte acento y con voz de mando y la veo, regordeta, baja, siempre pulcra, y me sonrío.

7 de julio del 2014

17:00

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