Cuento
La Maria Engracia
9 de junio del 2013
17:58
¡La Maria Engracia, así no mas se lo echó! Eso es lo que ella creía. ‘Es que’ dijo después, ‘ya se le había rebalsado la pacencia’. Pero naiden se explicaba por que era. Ya que los dos siempre caminaban juntitos y naiden se daba cuenta de sus pleitos, pues.
La Maria Engracia y Juan tenían dos cipotes, Antonio y Miguel. Ella los cuidaba. Además de todos los quehaceres del rancho, pues, aunque no juera muy grande, pues, si le tomaba tiempo el limpiarlo; allí del monte recogía ramas y con un bejuco armaba la escoba, después con el huacal que le había regalado dona Tencha, tiraba agua para asentar el polvo y limpiaba bien el piso de tierra del rancho y todo el solar que el Juan había bordeado de jocotes; daba gusto ver ese piso del rancho de la Maria Engracia, que aunque probe, bien limpio; a los chigüines los mantenía allí a la orilla de ella, jugaban con el chancho, ese marrano chiquito que el Juan se sacó allí en la Fieria y con el aro ensartado con tapas de chibolas aplastadas que el Juan les hizo; así tempranito se ponía a limpiar los frejoles, traía la leña de ajuera, y atizaba el juego para que hirvieran rápido; y mientras herviyan y antes que arreciara el sol, se ponía a lavar los trapos de todos y allí los colgaba en las ramas de los jocotes. Ese día comieron solo guineo y frejoles, pues, eso era normal – no habían pa’ mas.
Dice que se acostaron en el tapesco, pero el Juan había tomado guaro con sus amigos, y aunque no le pegaba a la Maria Engracia, pues la injuriaba todo el tiempo. Y a la Maria Engracia le daba vergüenza, ya que el Juan le gritaba. Si, le gritaba bien feyo y pues, como el rancho era de paja, pues todo se oía allí ajuera. Y la Maria Engracia, aunque probe, ella era muy orgullosa y no le gustaba pa nada, esos escándalos que el Juan le armaba.
‘Veya, pues Juan’, le decía, ‘cállese ya que va despertar los chamacos y toda la gente lo oye allá ajuera’. Pero el Juan, entre más le decían, más gritaba y requete feo.
Llegó un momento en que a la Maria Engracia se le chispoteó y allí mesmo dicidió deshacerse de el. Es que la Maria Engracia ya no aguantaba los gritos. Así que esperó a que el guaro lo durmiera, y ya roncando el Juan, ella empacó sus cuatro trapos, unos guineos y frejoles, llenó de agua un jícaro y lo tapó con un olote. Apenas comenzó a alumbrar la madrugada, la Maria Engracia agarró a sus chilpayates que estaban dormidos en la tijera y los sacó del rancho junto con su motete. Allá los dejó después de los jocotes y se jue al rancho de regreso; despacito caminó hacia el tapesco, y con todas sus juerzas, le dió un leñazo al Juan. Eso era en pago por todas las injurias que le había hecho pasar.
Salió la Maria Engracia, con la frente en alto. Agarró sus chilpayates, su motete y se adientró en la montaña. Naiden la volvió a ver jamás.
Dicen que la Maria Engracia se jue de allí de Chontales, quien sabe y pa donde. Unos dicen que consiguió trabajo en una finca, cocinando pa los mozos. La verdad es que la Maria Engracia nunca regresó. Hasta años después ella se dió cuenta que el Juan estaba vivo. A ella le importaba naiden.
Ah, pero al Juan, . . .que susto le dió la Maria Engracia.
Me encantó! Muy pintoresco, muy indiosincrático!