Mayo 12, 2010
Cuando pienso en Ramón, lo primero que se me viene a la mente es aquel pedacito de gente de unos pocos días de nacido.
Los Enríquez eran nuestros vecinos y el día que Maruca llegó a casa del hospital, mi mami me llevó a conocer a Ramón, ya que siempre me han gustado los niños. Yo he de haber estado pequeña. Entramos a la casa y pasamos a la amplia habitación, esas habitaciones enormes como las de las casas de Granada. Recuerdo que estaba un poco obscura y Maruca, sentada en una mecedora sostenía en sus brazos a Ramón, para darle de mamar.
Ramón lloraba de hambre, ya que no podía agarrar bien el pezón. Lo acostaron en su cuna y entonces vi algo que nunca he olvidado. Maruca se puso como una copa plástica en el busto y con una bombilla conectada a algo, la apretaba continuamente y la leche corría por el tubo hacia una pacha. Maruca arrugaba su cara como que esto le doliese mucho y le explicaba a mi mami que se tenía que sacar la leche porque a Ramón le costaba mamar. Es algo que se me quedó grabado en la memoria y es como si lo estuviese viendo ahorita. Me ha de haber impresionado muchísimo ya que era la primera vez que yo veía algo así.
Después recuerdo a Ramón, pequeñito, tambaleándose al caminar. Era un pedacito de gente, con su pelo rubio, colochón. La siguiente vez que vi a Ramón, era todo un abogado, profesor de la universidad, judoka cinta negra y con una linda niña, así rubia como había sido el.
Sentía que nosotros éramos su familia; si, su familia, la de él. Así era la confianza con la que llegaba a la casa. Y me alegraba muchísimo, porque, si, éramos su familia, la que también lo vio crecer y lo conoció desde recién nacido. Y cuando iba a jugar baseball, pasaba dejando a Miriam Eugenia por mi casa, para que la cuidara y jugara con mis hijos. Al terminar el juego varias horas después, llegaba a la casa, caminaba directo al refrigerador y se tomaba todo un pichel de fresco que yo ya le tenia listo. Como me acuerdo la sed espantosa que traía. Llegaba todo sudado, bromeando, contento. Y siempre chispeante. Esa era una de sus características. Nos sentábamos a platicar, allí en el porche de la casa, y nos comentaba entre otras cosas, con la honestidad que lo caracterizaba, que no querían que se trajera a la niña a mi casa, ‘pero yo quiero traértela aquí’, me decía. Y yo le confirmaba que esa era su casa, que podía llegar cuando quisiera y a la hora que fuera. ‘Si’, me contestaba, ‘yo lo se’.
Cuando recuerdo a Ramón, me sonrío. Lo recuerdo con tanto cariño. Es como si lo estuviese viendo ahorita.