Mi Caminar Precipitado

21 de febrero del 2011

8:00 am

 Desde hace varios años que no he vivido aqui. Así que a las siete de la mañana ya estaba en la calle. En un bolso de manta guardé mi billetera, lentes, libreta; con este bolso, pensé, no pareceré extranjera y tendré menos probabilidades de que me asalten.  Y mientras caminaba, me detenía a preguntar por la dirección adonde iba.

 Tomé la calle del mercado y continué en esa pequeña cuesta, pasé el puente del sucio arroyo, la gasolinera, y cuando iba caminando, noté que una señora frente a mi, a cierta distancia de donde yo iba; pero su andar era tranquilo, con toda la calma del mundo, a pasos lentos, sin una sola preocupación, y cuando yo me  acercaba a ella, me dije, ‘pero si cualquiera que me vea notará que yo no soy de aquí; si yo voy casi corriendo, sin ver a nadie, esquivando gente, perros, bicicletas y carretones en mi precipitado paso; simplemente voy caminando a un paso inusual de los nicaragüenses.

 A la legua se nota que soy una extraña aquí, que no soy de estos parajes, y aunque cuando hablo tengo el dejo nica, al caminar apresuradamente, como si no tuviese suficiente tiempo, clamo a gritos que soy una extranjera en mi propia tierra. 

 Porque yo creo que la vida es corta y debo correr para tener más tiempo.  No me detengo a apreciar lo que me rodea, ni a respirar el aire fresco de la mañana.  Voy tan ensimismada en todo lo que tengo que hacer, y aún no se ha hecho, que al andar apresuradamente, quiero aprisionar el tiempo perdido, sacarle el mayor provecho posible.

 Pero se me olvida que aquí en Nicaragua todo camina a la misma velocidad con que andaba esa señora que vi en la calle.  Y me tranquilizo, diciéndome que no puedo ir contra la corriente, que lleve las cosas con calma, que no me acelere, que la vida es una y es corta.  Y respiro profundo y mientras camino, rezo un misterio del Rosario y encomiendo mi día a Dios, que cuide mis palabras, que proteja a mi familia y a mi y que me ayude a resolver este marasmo. Y entonces, cambio mi caminar precipitado, por ese caminar tranquilo, de pasos lentos y sin una sola preocupación, de la señora que hoy vi en la calle.

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