Vacaciones en la Hacienda

Vacaciones en la Hacienda

31 de enero del 2014

13:04

De pequeña pasábamos nuestras vacaciones en la hacienda de mis abuelitos maternos, Carlos Arana Etienne y Verónica Gorlero Moncada, por lo que  viajábamos en el tren; un viaje para nosotros fabuloso en que el tren se detenía en cada estación y las vivanderas subían a vender sus productos:  empanadas, chicharrón con yuca, tajaditas con repollo, muñecas de trapo, juguetes de madera, ollitas de barro – hasta que se detenía allí en La Paz Centro, donde nos bajábamos a una hermosa y abandonada estación, con caballos amarrados a los postes de los corredores y sus campistos con sus compras amarradas de sus alforjas.

Allí esperábamos  las carretas que mi abuelita mandaba para llevarnos a la hacienda; bajábamos felices del tren – eran nuestras vacaciones grandes en una hacienda con ganado, caballos, quebrada,  arboles de guayaba y de mango, peroles de frijoles cocidos, cuajada y queso recién hecho, gallinas, chanchos – y allí en la estación y después de comernos nuestro riquísimo quesillo y tomarnos una deliciosa jícara de tiste, hecha expresamente por Anita, para cada uno de nosotros, quien nos  preguntaba si lo queríamos batido con el molinillo,  ‘con anillo’ o ‘sin anillo’; por supuesto que pedíamos nuestro tiste con anillo, porque al batir el tiste con el molinillo de madera entre sus dos manos y ella ensartarle el  anillo al molinillo, producía más espuma y eso nos gustaba.  Esperábamos a que cargaran todos los enseres  en las carretas y montados a caballo, salía la caravana rumbo a la hacienda.

Viajábamos por un camino de tierra, sombreado y lindo – así lo miraba yo – entre cercos de alambre de púas y predios vacíos y secos, nos encontrábamos con jinetes  que nos saludaban al pasar y  ya casi al llegar a la hacienda y poco antes de doblar a la izquierda, saludábamos a la Lupe, quien vivía en su ranchito con sus hijos hacia el lado izquierdo del camino – una de nuestras salidas a caballo en la hacienda, era ir a visitar a la Lupe y comer jocotes tronadores que crecían en su pequeño predio – cruzábamos la quebrada que corría con poca agua cerca de la arboleda de riquísimos mangos, y al vernos llegar a la hacienda, salía un campisto corriendo del corral para abrirnos el portón.

Cruzábamos el corral, vacío a esa hora ya que el ganado andaba pastando y pasábamos al patio cercado donde estaba la casa hacienda.  Los campistos habían regado el limpio patio y se sentía el frescor del gigantesco árbol de tamarindo que daba sombra al patio de la casa  hacienda.

La alegría de nuestros abuelitos al vernos se combinaba con nuestra excitación al llegar a la hacienda. Revisábamos la casa, preguntábamos donde íbamos a dormir, nos asomábamos a la cocina, corríamos al patio y recogíamos tamarindo que le llevábamos a mi abuelita, quien nos decía que con esos tamarindos haría fresco para que tomáramos.  Que felicidad nuestra llegada a la hacienda.

Habían taburetes de asientos de cuero, hamacas colgadas, un árbol de una guayaba riquísima y fácil de escalar, y corríamos por doquier; a ver los huevos que habían puesto las gallinas, el ternerito recién nacido, los chanchos y que les daban de comer; queríamos verlo todo, con esa curiosidad innata del niño que todo quiere aprender y todo pregunta.

Jalaban agua del pozo con un caballo, agua que estaba allí no más, cerquita, que se podía ver al asomarse al brocal del pozo y siempre se mantenía llena la enorme pila de agua que abastecía al ganado en el corral.  Alrededor de la pila estaban los bebederos del ganado, que al entrar al corral, iba directo a saciar su sed. El agua para tomar se guardaba en una enorme olla de barro, lo que la mantenía fresquita, y cuando nos íbamos a bañar le avisábamos al peón quien jalaba agua y llenaba la pila del baño, con agua fresca y limpia.

Cuando caía la tarde, buscaban las lámparas para encenderlas, los campistos encendían sus candiles con el fuego de leña de la cocina, fuego que pasaba encendido todo el tiempo. Ya era hora de comer, frijolitos cocidos con cuajada, tortillas recién hechas y un delicioso vaso de pinolillo. Por las mañanas nos levantábamos a ver el ordeño y tomar leche recién ordeñada y calientita allí en el corral.  Benito el mandador, nos decía los nombres del ganado – todos y cada uno tenía nombre  y Benito, según como viera al ternero al nacer, decidía que  nombre le pondría.

Esa hacienda se llama San José de la Primavera.

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