La Denuncia

La Denuncia

22 mayo 2014

23:35

Hace muchos años en que el país estaba en medio de tribulaciones, sucedió algo que no he podido olvidar, dejando en mi ser una marca indeleble. Cuando me lo dijeron me enojé y sentí repugnancia. Y no hablo sobre asuntos negativos, los relego en mi mente aunque estén allí, latentes.

Crecí creyendo que la gente es básicamente buena, aunque como toda regla, tiene su excepción, y siempre hay y habrá una mala semilla.  Y cuando pienso en ese tipo de personas, me molesta su actitud.

Fue durante la guerra. Vivíamos en un vecindario tranquilo, conocía a mis vecinos, nos saludábamos los más cercanos, y con varios de ellos aún mantengo la amistad. Nos unía, el perro que criábamos, o las flores que habíamos sembrado en nuestra casa recién comprada, o la verja que estábamos instalando y así . . . acontecía nuestra vida diaria de recién casados casi todos. 

Los vecinos de la esquina, ya retirados, esperaban a mis dos pequeños hijos todas las tardes que Rosa, su nana los sacaba a pasear por la acera. Les regalaban un caramelito a cada uno de ellos, así que mis niños era visita casi obligatoria donde estos vecinos y ellos les decían cariñosamente a mis niños, ‘los caramelitos’.

De repente estalló la guerra, el dolor y la necesidad.  Decenas de personas pasaban por nuestro vecindario huyendo del horror de la guerra, porque en su zona, los estaban atacando por aire – no a ellos, a los guerrilleros – y enormes barriles con gasolina eran lanzados de helicópteros estallando al caer por tierra. Y en sus casas eran aterrorizados por los guerrilleros armados que se escondían en sus viviendas, y se llevaban lo que necesitaban y que de un momento a otro podrían ser atacados. 

Las historias de horror de estos refugiados, me conmovían; compartía con ellos nuestra comida, que cocinaban en sus improvisados fogones, formados por tres piedras. Dormían en las casas vacías, aun no vendidas y en cuanto había un poco de calma, continuaban su viaje a un destino tal vez incierto, desconocido.  Y así desfilaron muchas familias por mi vecindario. 

Y un día sucedió lo inconcebible.  Lo que nunca hubiese imaginado que un ser humano podría hacer contra otro ser humano. Una mujer, de principios, decía ella, quien había sido monja en un convento, estudiado en Francia, una persona a quien todo mundo catalogaba de buena, católica, honesta, delató a la familia de un militar. No recuerdo donde era su casa exactamente, creo que era la casa esquinera más cercana, pero eran nuestros vecinos; allí vivía con su esposa y sus pequeños hijos, y esta mujer, sin miramientos, ni tocándose el alma, vendió su conciencia al mal.  Porque eso es ser malo.  No encuentro otra palabra para describir esta acción. ¿Cómo puede un ser humano ser tan infame?

¡Sé que cuando estamos en grupo nos volvemos feroces lobos salvajes – al grito de uno solo atacamos sin piedad – pero rumiar esta denuncia y llevarla a cabo! Como pueden estas personas dormir tranquilas después de haber hecho tanto mal.  Sus conciencias no las han de dejar en paz,  porque un ser humano no puede, ni debe, ser tan ruin, ya que lógicamente, ‘no se le hace a alguien, lo que no quieres que alguien te lo haga a vos’.  Esa es la ley de la vida. Y como decía Benito Juárez, ‘el respeto al derecho ajeno es la paz.” Y uno debe aprender a convivir y no ese fanatismo extremo que nos lleva a hacer actos de esa categoría.

Mi tío Hans, el tío de un amigo suizo, quien era como nuestra familia cuando vivíamos en Paris, nos contaba como los habían denunciado por una taza de azúcar que consiguieron a escondidas durante la Segunda Guerra Mundial. Enardecido nos relataba esta vil canallada, y aun podía ver en su rostro la ira que esto, aun después de tantos años, le causaba.  Es que la traición es uno de los peores delitos que un ser humano puede cometer.  

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