9 de noviembre del 2004
15:33
El árbol frondoso del vecino, el catalpa, desnudo está.
Sus hojas todas, desparramadas por el jardín veo
y a merced del viento se levantan revoloteando
contra los cipreses en una esquina del patio.
Todas sus enormes hojas café-amarillentas
cayeron ayer, casi a la vez y hoy tostadas por el frío,
se resquebrajan en el suelo, así como las hojas del arce.
Ya casi no tiene ninguna.
Pero las hojas de los cerezos, alargadas y finas,
se han tornado rojizas, y erguidas continúan en los árboles,
aún cuando el viento las arremete con fuerza en las frías noches,
y las soleadas mañanas con escarchas tintineantes que luego,
antes de llegar al suelo, se evaporan.
El crujiente sonido de las hojas al caminar,
es música otoñal, melodía de esta época transeúnte; vibrante,
de tonos rojos, naranjas, café, amarillos. ¡Que maravilla!
Y entre esos árboles rojizos, los verdes entremezclados
de los pinos canadienses, contra un contrastante cielo azul.