Tanta Hambre
11 de noviembre del 2013
22:26
Hoy, ya Juan Carlos tiene como 73 años. Su vida, la de él, comenzó a los catorce años y con dos córdobas en la bolsa. A sus hijos les había proveído todas sus necesidades, habían ido a la universidad también y su vida, la de él, es como para no quedarse callada.
Vino una tarde a visitarme y me comentaba que eran varios hermanos y su mamá no ganaba lo suficiente para mantenerlos y a veces se pasaba el día sin comer. Pero su mamá lo crio pobre, pero decente. ‘Nunca pidas comida’, le decía. ‘Allá me iba yo al arroyo’, me dijo, ‘y cortaba ramas de jocotes, me las restregaba contra la ropa para quitarles el polvo y masticaba la hoja y escupía el bagazo’. ‘No tenía jocotes el palo, sabes’, me decía, ‘pero la hoja sabe a jocote también, y así engañaba el estómago’.
La vecina, doña María, a veces me llamaba, ´Juan Carlitos, vení, ¿ya comiste?’ me preguntaba, y yo le contestaba que sí; ‘no es cierto’ me decía ella, ‘tu mamá no ha regresado de trabajar, vení, sentate aquí a la mesa’ y me servía mi plato de comida. Cuantas veces ella me mató el hambre’, me dijo.
‘Y cuando llegaba donde Mama Verónica y Papa Carlos, así les decía yo’, me dice, los saludaba con mis manos juntas, dándole los buenos días o buenas tardes; así me habían enseñado’ y si estaban comiendo, me sentaban a la mesa. ‘Yo todo remendado’-se sonrió- ‘mis pantalones con parches, descalzo, allí sentado a la mesa con todos ellos’. Me regalaban pantalones de los muchachos y cuando Mama Verónica me preguntaba por ellos, al verme todo parcheado, yo le contestaba que allí estaban; ya en la casa le preguntaba a mi mamá por los pantalones y me decía, ‘Juan Carlitos, los tuve que vender, porque no teníamos para comer’. Y cuando le daban su comida, ella no se la comía, sino que nos la llevaba a nosotros para que comiéramos.
Lo escuchaba yo a Juan Carlos y se me partía el alma; tanta hambre que pasó de niño, tanta penuria. Me sentí culpable de mi ignorancia hacia su sufrimiento de niño. Hablaba sin resentimiento, de esos recuerdos que nunca se olvidan. Pero que bien que lo crió su mamá -creció para ser un hombre de bien.
La recuerdo a ella, su mamá, levemente – la lavandera de mi abuelita- cuando yo era pequeñita. Recuerdo que cuando estaban contando la ropa, para saber cuántas docenas eran y cuanto pagarle, nosotros nos tirábamos sobre la ropa en el piso.
Tanta hambre que hay y nosotros no nos percatamos de las tribulaciones de los demás y sobre todo los niños.
Y hoy que caminaba apresuradamente para el Ministerio Publico, sentado tristemente en una grada, estaba un niño. Y aun con mi paso apresurado, lo noté e inmediatamente me regresé. Estaba con su uniforme de colegio, su camisa blanca toda sucia -con cara de varias puestas- y acercándome a él, le pregunté, ‘¿qué te pasa?’ y me contestó, ‘tengo hambre’. Y agarrándolo de su manita, ‘veni’, le dije, ‘vamos a comer’. Se llama Ángel (en inglés), tiene siete años y está en segundo grado. Me dijo que vivía con su mamá, quien vendía frutas en el mercado, pero que no tenían que comer. Lo llevé a una panadería, le compré un pan grande con pasas y un jugo de manzana, y mientras se lo comía todito y mi interrogatorio, me comentó que como venía corriendo, se había caído y estaba todo sucio. Que sucio no iría al colegio, que se iría a cambiar, me contestó, cuando le insistí que conozco a la directora de su colegio – lo cual no es cierto – y que hablaría con ella. Me repitió que sucio, no. Le pedí a la empleada que me diera unas servilletas húmedas y comencé a limpiarle la cara, los brazos y sus sucias manitas. ¡Sí que estaba sucio! Se fue donde su mamá y me dijo que no iría al colegio así sucio como estaba.
Que terrible la situación que continua imperando en el país. Nuestros niños siguen sufriendo hambre.
Que hermoso relato. La pura realidad del ante de nuestro ojos. Be sites prima por tu buen corazón. Que Dios te bendiga.