Cuando llego al lavandero, huele a higo, a hojas de higo y cierro mis ojos y me sonrío extasiada cuando me percato que el olor proviene de la hoja que le arranqué a la estaca de higo que he sembrado. La que me regaló Silvia Elena se secó – Carlos mi cuidador de seguro no la regaba a diario – y he estado tratando de pegar varias estacas. Algo difícil me he dado cuenta, ya que de las tres veces que he sembrado estacas y cortadas según la luna, hasta ahora hay una estaca que finalmente está retoñando. Una, solamente una, de las veinte y tantas estacas que he sembrado.
Como soy jardinera casi profesional, siembro estacas de arbustos que me gustan y si saboreo una fruta que tiene excelente comida, buen sabor y pocas semillas, las guardo y preparo mis bolsitas con tierra del campo y las siembro con amor y riego con agua de lluvia. Y todos los días que me acuesto en mi hamaca que cuelgo en el patio, reviso el almácigo de mi vivero para ver si las semillas germinaron. Es mi tarea diaria. Y me he dado cuenta que mi jardín, mi vivero, me produce tanto placer que el tiempo se me pasa sin percatarme. Y Carlos mi cuidador, al ver el enorme vivero que tengo, dice que tengo excelente mano, ya que todo lo que siembro germina o retoña.
Ese olor a higo, a miel hecha con hojas de higo, es exquisito. Me remonta a mi niñez. Y cada vez que llego al lavandero, mis sentidos se extasían con el olor a la hoja de higo seco – tan fuerte su olor que aun después de diez días, todavía lo siento. Y respiro profundo, tanto, que invada mis sentidos. Y cierro mis ojos e imagínome comiendo buñuelos de yuca con miel hecha con hojas de higo. Y no boto la hoja de higo. Esta allí aún.
Increíble lo que son nuestros sentidos. Algo tan sencillo como ese olor, aviva en mi memoria sentimientos de felicidad. Es el placer que me proporciona pensar que como de esos ricos buñuelos con miel hecha con hojas de higos.
Y un día que caminaba por la calle, un viejito anunciaba sus buñuelos a la venta. Me detuve preguntándole si eran de yuca; ‘por supuesto que sí’, me contestó, como diciéndome, de que otra cosa podrían ser los buñuelos que vendo. Así que le compré buñuelos de yuca.
El viejito camina con su pana de buñuelos sobre una vieja silla de ruedas que empuja. Y como entablo conversación con el pueblo, sé que su esposa está inválida, pero es ella quien prepara la masa de yuca y queso para los buñuelos, que el sale a vender. Me produjo una enorme tristeza, verlo en su vejez, continuar trabajando, caminando por toda la ciudad, empujando su pana de buñuelos.
¿Qué les puedo decir de esos buñuelos? ¡Que saben a gloria! Cada vez que veo al viejito, le compro veinte córdobas de buñuelos, que guardo en mi refrigerador, porque no puedo ni debo comérmelos todos. Y todas las noches, me doy el gusto de saborear dos exquisitos buñuelos de yuca con miel hecha con hojas de higo. ¡Qué olor y sabor más exquisito!
15 de febrero del 2014
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