La Ingenuidad Ignorante

La ingenuidad . . . es simpática, provenga de quien provenga.  Pero la ingenuidad infantil es lo mejor que hay.  Aunque esta ingenuidad, en adultos, es otras veces ignorancia. Falta de sentido común.

En un país donde abunda la miseria y la población no tiene lo suficiente para comer, estos niños crecen sin la alimentación apropiada. Por lo tanto su cerebro no se les desarrolla bien.  No piensan bien.  La falta de lógica, algo que se nota en la población mundial, aun cuando fueron al colegio, es prevaleciente. Y en todas las capas sociales. Como decimos en castellano, ‘no tienen dos dedos de frente’.

Me comentaba mi prima hermana Teté, cuando le explicaba a sus trabajadoras y no le entendían, que no podía pedirles de más. El déficit alimentario en su niñez no les permitía comprender correctamente y por lo tanto seguir instrucciones.  No tienen sentido común. Les faltaba lógica.

Y lo veía en el hombre que llegó a pintar unas parrillas metálicas del desagüe de la lluvia.  Platicando con él me dijo que ahora que no tenía trabajo almorzaba tortilla con sal. Y cuando le pagué, lo primero que hizo fue ir a cortarse el pelo y gastar sesenta Córdobas.  Y no tenía el cabello largo. ¡No lo podía comprender!

Pero, es la ingenuidad y sencillez de los niños que llegan a la casa, los que muy pronto le dieron nombre a la puerta de acceso del comedor a mi cocina o viceversa. Es la puerta mágica. Ya que no tiene agarradera, ni llavín y con solo empujarla, se abre.

Un día que iba hacia la cocina, encontré a la señora que me ayuda con la limpieza, que hacia un enorme esfuerzo al tratar de abrir la ‘puerta mágica’, con la yema de sus dedos. La quería abrir hacia ella y por supuesto le costaba muchísimo.  Se sonrió y me dijo, ‘es que no puedo abrir esta puerta’.  Me sonreí.

Me puse frente a la puerta y con la palma de mi mano extendida, empujé la puerta y esta se abrió. Le aclaré nuevamente y por la veintiunava vez, que lo único que tenía que hacer, de cualquier lado donde estuviese, era empujar la puerta con la palma de su mano.  Solamente empujarla.

Me fui hacia el otro lado de la puerta, a la cocina, la llamé y le expliqué que la puerta se abría sola, lo único que tenía que hacer era ‘empujarla’. Si no, se prensaría los dedos y le dolería mucho.

Pero, no hay manera que entienda y cada vez que la señora va a cruzar ese umbral, pasa un buen rato tratando de abrir la puerta con la yema de sus dedos, hasta que un día llegara a prensárselos. Y le repito de nuevo, que solo la empuje con la palma de la mano, que ella se abrirá sola.

He llegado a preguntarme si le debería decir que es . . . ¡una puerta mágica!

15 de diciembre del 2020

16:07

 

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