LA FRESCA BRISA

Una preciosa tarde estaba sentada en una mecedora en la entrada de la casa, con ambas puertas en pampa y disfrutaba leyendo, admirando los gajos de flores lilas de la Hoja Chigüe que cuelgan en cascada del techo del garaje, y refrescándome con la brisa que de pronto había cambiado a agradable, ya que antes hacía tremendo calor.

El brillante cielo celeste y blanco comenzó  a nublarse. Lloverá, me dije y guardé la poca ropa en el tendedero.

Regresé a mi mecedora dónde ya soplaba el viento fresco y enormes gotas de lluvia caían sobre la piedra laja que está en la entrada de la casa, del carro y también a la entrada de la lavandería.

Llovía con fuerte viento que soplaba hacia la puerta principal donde estaba sentada y la brisa me humedeció toda, al mismo tiempo que el porche se remojaba.

Pensé en esa fresca brisa que era demasiado humeda como para que la estuviese recibiendo, pero había hecho tanto calor, que bien valían la pena unas leves estornudadas.

¡El aguacero fue tremendo! Llovió y llovió. Veía las gotas de agua caer resbalandose por las plantas que forman la ‘selva’ en la entrada de mi casa. Me encanta sentirme rodeada por la naturaleza. Las hojas del Papiro Egipcio se doblaban un poco agobiadas bajo la fuerte lluvia, pero ni la Mano de León ni las enormes hojas de mi planta que le digo quequisque, por su similitud con el mismo – pero más bonitas ya que su reverso es rojizo – parecían importarle el aguacero. Las hojas se movían en un continuo vaivén y parecían bailar con la copiosa lluvia. ¡Cómo me gusta ver llover!

Recuerdo, en casa de mi tía Lulu, en Berkeley, California, arrodillarme en el sofá y ver llover y llover. Las calles quedaban limpias después del aguacero. Me encantaba ver cómo en la cuneta se deslizaban las hojas hasta no quedar ninguna y el asfalto brillando bajo la fuerte lluvia.

Me dice una amiga, cuando llega a la casa y camina hacia la puerta principal, agachándose, esto es una selva. Y es cierto.  Es una selva.  Llena de plantas por doquier.  Me gusta sentirme inmersa en la selva.  Adoro los variados tonos verdes de las plantas, en diferentes formas y estilos.

Los tonos verdes, lo más difícil de pintar, me decía el esposo pintor de acuarelas, de una buena amiga.  Observaba mi pintura de una flor de Pico de Pájaro en medio de un follaje de sus hojas y me dijo, al observarla detenidamente, ‘Sabes que lo más difícil de pintar es el verde.  Y veo tu pintura al óleo y tiene todos los tonos de verde. Felicidades, está muy buena.’   No debo ni decirles lo feliz que me sentí. Viniendo de el, estudioso en el arte.

Septiembre 29, 2020

16:00

 

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