5 de noviembre del 2012 8:03
Y en la vieja casa solariega de mis antepasados, Daniel Sacasa y Mary Martin Kane, esa enorme propiedad que aun se mantiene en la familia, allí por la Iglesia de La Merced en Granada, voy al enorme patio trasero a trasplantar en bolsas las plantitas que crecieron de las semillas de limón indio que sembré hace algunos meses y que no han prosperado, podo unas plantas – me gusta que tengan un follaje tupido – y a hacer varios menesteres.
Estas casas solariegas tienen enormes y anchas paredes de adobe de un metro de espesor, que nos separan de la casa del vecino, aunque el techo altísimo casi tiene la misma altura.
Y mientras exprimo unas naranjas y corto unas verduras, escucho la plática mañanera de las vecinas. Conversación que se escucha por los respiraderos/ventanitas que tienen estas paredes en la parte superior y que el viento trae en las tempranas horas.
Son dos hermanas y platican entre ellas de sus recuerdos de niñez, ‘te acordas’, le dice una de ellas, ‘que a mí me gustaba andar en triciclo’. Algo le contesta la hermana, a quien no logro escuchar bien, y la hermana, la que es alegre, le reprime, ‘no, era yo la que andaba en el triciclo. A mí era que me gustaba andar en los corredores’ y después se ríen gozando los recuerdos. Y así continua su mañana recordando y riéndose de sus aventuras de niñez. Un sobrino llega a la habitación y entra en la conversación y se ríen a carcajadas.
Sonrío al escucharlas y añoro esa camaradería, el tener una hermana con quien compartir risas y tristezas. Reconozco la voz de la hermana que le gustaba andar en triciclo. Una persona alegre y jovial, tranquila, alma libre. Bromea mucho, se ríe. Se le escucha la alegría en su voz, es una persona enérgica, con muchos bríos aun. La voz de la hermana que ha llegado de visita me es menos familiar. Es ronca y baja. Pausada. No se ríe a carcajadas.
Pero es la hermana con voz alegre la que entabla conversación con el sobrino, quien es hijo de la hermana que llego de visita. Es ella quien le habla con cariño, lo bromea, le hace preguntas, se interesa por él. A la otra, a la madre, no la escucho dirigirse a él. A veces se escucha la voz de él, suave, pausada, muy tranquila – no toma parte en la conversación – aunque a veces regresa y hace algún comentario.
Es la desventaja de vivir en las casas de Granada, donde una pared divide ambas casas y no existe la total privacidad. ¡ Cuantos esqueletos se esconderán entre esas anchas paredes de adobe !