Los Nubarrones

29 de septiembre del 2012  

1:17am

Al salir de la casa noté unos  enormes nubarrones negros que cubrían el cielo. Venían del lado este – del lago Cocibolca – y se dirigían hacia el imponente Mombacho. Pícaramente, entre ellos, se asomaban unas brillantes y pequeñas nubes blancas que aclaraban el celeste cielo, haciendo resaltar  lo obscuro de los nubarrones, y produciendo un contraste maravilloso.

En el ambiente se sentía la humedad y el frescor del viento y los pajaritos volaban en bandadas buscando refugio. Unas cuantas gotas de lluvia cayeron al suelo dejando ese olor característico a tierra mojada. A tierra fértil.

Pero son solo eso, nubarrones.  

Y aunque momentáneamente obscurecen el firmamento, el viento sopla llevándoselos y vuelve el cielo a brillar.

La música del chagüite

21 de noviembre del 2012  

22:20

Ya me ha pasado varias veces.  Escucho como si estuviese lloviendo. 

Y es tan similar ese sonido a la música que produce la caída de la lluvia, que vuelvo a ver hacia el patio y busco las gotas de lluvia en la tierra y al no verlas, levanto la vista hacia el techo y allá, por arriba, detrás del alto tejado de barro que cubre las gruesas paredes de adobe, avisto las raídas hojas del chagüite del vecino, mecidas por el viento; y es entonces que me percato que el sonido que escucho, ese sonido como si estuviese lloviendo, es la música del viento al pasar a través de las raídas hojas del chagüite.

La música que semeja la caída de la lluvia.

La casa solariega

5 de noviembre del 2012             8:03

Y en la vieja casa solariega de mis antepasados, Daniel Sacasa y Mary Martin Kane, esa enorme propiedad que aun se mantiene en la familia, allí por la Iglesia de La Merced en Granada, voy al enorme patio trasero a trasplantar en bolsas las plantitas que crecieron de las semillas de limón indio que sembré hace algunos meses y que no han prosperado, podo unas plantas – me gusta que tengan un follaje tupido – y a hacer varios menesteres. 

Estas casas solariegas tienen enormes y anchas paredes de adobe de un metro de espesor, que nos separan de la casa del vecino, aunque el techo altísimo casi tiene la misma altura.

Y mientras exprimo unas naranjas y corto unas verduras, escucho la plática mañanera de las vecinas. Conversación que se escucha por los respiraderos/ventanitas que tienen estas paredes en la parte superior y que el viento trae en las tempranas horas.

Son dos hermanas y platican entre ellas de sus recuerdos de niñez, ‘te acordas’, le dice una de ellas, ‘que a mí me gustaba andar en triciclo’. Algo le contesta la hermana, a quien no logro escuchar bien, y la hermana, la que es alegre, le reprime, ‘no, era yo la que andaba en el triciclo.  A mí era que me gustaba andar en los corredores’ y después se ríen gozando los recuerdos.  Y así continua su mañana recordando y riéndose de sus aventuras de niñez. Un sobrino llega a la habitación y entra en la conversación y se ríen a carcajadas.

Sonrío al escucharlas y añoro esa camaradería, el tener una hermana con quien compartir risas y tristezas.  Reconozco la voz de la hermana que le gustaba andar en triciclo.  Una persona alegre y jovial, tranquila, alma libre.  Bromea mucho, se ríe. Se le escucha la alegría en su voz, es una persona enérgica, con muchos bríos aun. La voz de la hermana que ha llegado de visita me es menos familiar. Es ronca y baja. Pausada.  No se ríe a carcajadas.

Pero es la hermana con voz alegre la que entabla conversación con el sobrino, quien es hijo de la hermana que llego de visita.  Es ella quien le habla con cariño, lo bromea, le hace preguntas, se interesa por él.  A la otra, a la madre, no la escucho dirigirse a él.  A veces se escucha la voz de él, suave, pausada,  muy tranquila – no toma parte en la conversación – aunque a veces regresa y hace algún comentario.

Es la desventaja de vivir en las casas de Granada, donde una pared divide ambas casas y no existe la total privacidad.  ¡ Cuantos esqueletos se esconderán entre esas anchas paredes de adobe !

Los aleros

7 de noviembre del 2012

18:57

Hoy cayó un fuerte aguacero.  Tan fuerte era que la ciudad entera se inundó, y eso que solo llovió por quince minutos. El agua corría por las calles llevándose todo cuando encontraba a su paso.  Allí iban papeles, hojas de platanos, plásticos, cajas, bolsas.  Era repugnante todo lo que se llevaba la corriente.  Y los arroyos rugían con toda esa agua y basura que desgraciadamente va a parar a nuestro lago Cocibolca.

Cuando escampó un poco, decidí regresar a casa y tratar de llegar sin remojarme, ya que me vine caminando. No había caminado ni diez pasos cuando comenzó a llover de nuevo; pero era una leve llovizna. Así que con mi rapidez habitual camine por la acera medio a oscuras; allí, por la esquina de la iglesia de San Francisco, donde era antes la Corte y me refugie en los aleros de las casas.  Sonreía mientras lo hacía, ya que eran los aleros los que me resguardaban de la constante brizna.

Esa parte de la ciudad constantemente esta medio a oscuras, y eso que es una de las mejores zonas,  de las más antiguas y una zona turística. Allí está la iglesia más antigua de América, San Francisco, con su convento. Y un túnel, hoy cerrado, que comunica con las costas del lago. Y aun así, la mayoría de las veces, está a oscuras, pero como las cuadras son pequeñas, no se ven tan oscuras después de todo.

Me crucé la calle y para sorpresa mía, ya que siempre caminaba bajo los aleros, llovía más fuerte.  Y así, de alero en alero, logre llegar a la Calzada.  Allí las mesas de los restaurantes/bares estaban arrimadas a la pared, protegidas por los aleros y me vi obligada a caminar bajo la leve lluvia.

Cuando llegué a mi casa, me había mojado un poco, pero no lo suficiente como para preocuparme. Y me puse a pensar que podemos caminar por toda la ciudad bajo la lluvia, resguardándonos de ella bajo los aleros de las casas.

Esos aleros que son la continuación del techo hacia la calle, cubren la acera y protegen las paredes de adobe de las casas.  Son pocas las ciudades en Nicaragua donde aún existen los aleros.