Soy Guerrera

Soy Guerrera

16 junio 2014

20:49

Mis recuerdos de niñez, son intensos y llenos de tanto cariño.  Crecí rodeada de amor y amor al prójimo. Amor al campo y a su gente sencilla. Amor al indígena que ha defendido contra viento y marea su vida, su terruño y sus ancestrales costumbres. Amor, al indefenso, al débil, al pobre. Defiendo al  desvalido de todo aquel que lo quiere maltratar. Y aunque de niña era tímida y no expresaba mi opinión, en el fondo tenía mucha fuerza. ¡Y es el día y peleo como guerrera por todos esos que no tienen voz!

Tan es así que estando en un hospital internada por casi dos meses, primero tres semanas, una semana de descanso y después tres semanas más, en mis momentos lucidos, entre tanta droga para amainar el dolor de una operación de ocho horas, caminé a la oficina de la  directora del hospital.  Al no encontrarla, le dejé una nota y unos minutos más tarde, estaba allí visitándome en mi habitación. Le pregunté por qué las enfermeras no escuchaban, ni anotaban mis quejas a la alergia que había comenzado a desarrollar. ‘¿Si cada tres horas me hacen un chequeo de sangre’, le dije, ‘por qué cada vez que viene una enfermera y yo me quejo de la reacción alérgica al esparadrapo, no lo anotan en mi expediente?’. ‘¿No debe cada enfermera escribir una nota de lo que ellas pueden ver en mi piel y de lo cual yo me estoy quejando?’. ‘¿Y cuando les pido que utilicen esparadrapo especial, ese que usan para bebes, ‘micropore’, me cuestionan si soy médico y por qué se yo del tal esparadrapo?’. ‘¿Por qué’, le dije, ‘las enfermeras no cumplen con su deber?’  Asustada me preguntó si había sido alérgica antes y le aclaré que no, pero me sacaban sangre tan de seguido y me cubrían la piel con un pedacito de esparadrapo que me volví alérgica a él.  

Viéndola fijamente a los ojos, le dije a la directora del hospital: ¿Sabe por qué caminé hoy hasta su oficina, drogada como estoy y débil? Yo, me puedo defender, tengo voz, pero lo hago por todos esos viejitos, que no la tienen.  Que si se quejan de cualquier cosa, les contestan de mala gana, amedrentándolos y ellos por miedo no vuelven a quejarse.  Por eso lo hice.  Por ellos.’ La vi que respiraba tranquila.  Por su mente ha de haber pasado la vaga idea de una demanda.

Y el ser guerrera se lo debo a una monja de La Asunción, a Madre Benigna, a  la Adelaida Villa, esa monja nicaragüense llena de bríos que nos enseñaba historia y dibujo. Además de enseñarnos a defender lo indefendible, a pelear por lo justo, a no dejarnos avasallar por nada ni por nadie, nos inculcó el defender lo nuestro, lo nicaragüense, de ese invasor que se aprovechó del indígena, dándole baratijas por el oro nuestro.

Con ese carácter fuerte que tenía, enardecida nos decía en voz alta que nos habían explotado, que  lo único que hicieron en este continente, en nuestra América, fue saquearlo; que asesinaron a todos nuestros indígenas, quienes atemorizados por las grandes bestias, corrían en bandadas despavoridos – nunca antes habían visto un caballo.

Y por todas sus enseñanzas es que comprendo que además de nacer guerrera, es, gracias a ella, a Madre Benigna, que soy guerrera. Guerrera por la justicia, por la honestidad, por el abuso – por todos esos males que aquejan a nuestra decadente sociedad.

Y cuando pienso en ella, en Madre Benigna, la veo en mi mente limpiándose con su pañuelo, el sudor de su cuello y frente cubiertos con velo blanco y con aquel pesado habito morado de lana pura, y la veo paseándose de un lado al otro del salón de clases, hablando enérgicamente y gestionando con sus brazos, para demostrarnos y hacernos entender más claramente, la ignominia que cometieron esos conquistadores; y la escucho levantando la voz y viéndonos a los ojos, para que no se nos olvide la canallada cometida contra nuestros indígenas. Para que no lo olvidemos jamás.  Para que los defendamos.  Aún, varios siglos después.

Y cuando habla de la conquista, levanta entre sus manos la regla de dibujo, la eleva como simbolizando una cruz y la veo como nuestra Rafaela Herrera defendiendo nuestro lago Cocibolca de los invasores.

Pero también la recuerdo impartiéndonos clase de dibujo.  Allá arriba en la terraza, contiguo a la capilla entre los dos edificios, nos tenía sentadas en pupitres enseñándonos a usar el lápiz como regla para medir la distancia, que el infinito está al fondo y hacia esa dirección van las líneas del dibujo, y que todas se tienen que encontrar. La perspectiva, tan vital para hacer un dibujo.  Y son esas bases de sus enseñanzas de dibujo las que me han servido para ahora concretizar esa semilla de artista que inculcó en mí ya que hoy, pinto al óleo.

Cuando recuerdo a Madre Benigna, sonrío con cariño hacia esa mujer fuerte que tuve la dicha de tener como profesora en mi niñez. Esa mujer. . . . que me hizo guerrera.

 

El cariño verdadero

  • El cariño verdadero

    25 de Julio del 2013    17:57

    Cuando Eric, un muy buen amigo de nuestra juventud, me llamó por teléfono dándome las gracias por haber cuidado a Marlene mi hermana, durante su enfermedad, pensé que era absurdo que me diese la gracias, porque, el cuidar a Marlene a quien quiero tanto – tanto porque el cariño verdadero no muere –  era algo innato en mi – nunca lo pensé dos veces.

    A Marlene la puse a cargo de mi nieta Emma Christine, como de seis-ocho meses, que la cuidase, se la ponia a su lado en el sofa para que se acurrucase con ella, que la mimase, que le cambiase el pañal, que Marlene se sintiese que era útil y que no estaba allí vegetando en mi sofá de cuero – el único lugar donde podía dormir bien ya que la cama la sentía muy dura – y la quería tanto a Emma Christine, que la llamaba ‘mi princesa’.

    Fue con Marlene y conmigo que Emma Christine aprendió a gatear.  Marlene le ponía sus manos detrás de sus piecitos para que se pudiese empujar, Marlene le colocaba un juguete al frente para que la bebe lo viese y tratase de alcanzarlo, Marlene la instaba a gatear, le hablaba suavemente, le sonreía llamándola.

    La muerte de Marlene fue algo terrible; fue como si me arrancasen un pedazo del corazón.  Me tomó muchos años el tratar de recuperarme y aun hoy en día que pienso en ella, se me salen las lágrimas. E incluso ahora que escribo, las lágrimas corren por mis mejillas.  Ya no tengo con quien recordar mi niñez – tenía una mente prodigiosa y recordaba hasta el más mínimo detalle. Y para Bayardo que estuvo pendiente de ella, cuando ya no podía caminar, quien la soportaba entre sus brazos y le aseguraba que estaría bien y para mis hijos, fue también un golpe muy fuerte.  Su tía  con la que compartíamos navidades, cenas de año nuevo, cenas de acción de gracias; la tía con el sentido financiero bien agudo, la que planeaba todo, la que razonaba con mucha lógica, la tía cariñosa, bromista, aunque los chistes no los entendiese muy bien, no los captase y se riese mucho tiempo después de contado el chiste, la tía que le encantaba bailar, pero bailar como le había enseñado el profesor, casi profesionalmente, la que dependía tanto de mi opinión, aunque fue hasta muchos años después que me percate de ello, la que  era tan independiente, pero que en realidad dependía mucho de mí. Mi hermana inseparable. Marlene.

    Y fue ese cariño profundo a mis hijos, a los que veía como sus hijos, que paseaba con ellos y les regalaba viajes y se los llevaba de vacaciones, a los que aconsejaba, los que la bromeaban, que hicieron que mis hijos sintieran ese gran cariño por su tía Marlene. Esa familia que estaba lejos, la suplió mi familia, que era su familia.  Los paseos en nuestra lancha en el Lago Ontario, a la casa de campo, a tomarnos una copa de vino, a caminar por las calles, a nuestros viajes a subastas, a las ventas de jardín; como gozábamos comprando.  Era nuestro pan de los sábados.  Hacíamos nuestra lista y ella al volante, daba vuelta en redondo a media calle, si se nos había escapado una. Y los pasteles hechos en casa que comprábamos y nuestras vasos de limonada que vendían los niños en los jardines, y nuestras platicas y carcajadas negociando la mercancía y  donde la colocaríamos y la intriga de la gente al vernos como nos reíamos y que éramos hermanas y tan distintas físicamente, pero tan unidas. Unidas por ese cariño verdadero.  Nuestros viajes sabatinos eran toda una inolvidable experiencia.  ¡Y como los añoro!

    Y ya enferma, cuando dudaba, allí estaba yo asegurándole que todo estaría bien.  Y me tragaba mis lágrimas y sacaba fuerzas de no sé dónde y le hablaba con una seguridad increíble y le confirmaba calmamente que viviríamos día a día. Y eso fue lo que hicimos.

    A Emma Christine la continué cuidando yo y cuando andaba gateando por el suelo, yo le extendía mis brazos, y le decía, ‘Emma, veni’ , ‘Upa’, y ¿saben lo que hacía Emma Christine?  Se sentaba, alzaba sus dos bracitos para que la cargase y volvía a ver – sobre mi cabeza – hacia arriba de mí.  Nunca me vio a mí. Veía a su tía abuela Marlene.  De eso estoy segura. Ese cariño verdadero de Marlene, traspasó el tiempo y la distancia y aun después de su desaparición física, Emma Christine continuaba viendo a su tía abuela Marlene.

Las Hojas de Higo

Cuando llego al lavandero, huele a higo, a hojas de higo y cierro mis ojos y me sonrío extasiada cuando me percato que el olor proviene de la hoja que le arranqué a la estaca de higo que he sembrado.  La que me regaló Silvia Elena se secó – Carlos mi cuidador de seguro no la regaba a diario – y he estado tratando de pegar varias estacas.  Algo difícil me he dado cuenta, ya que de las tres veces que he sembrado estacas y cortadas según la luna, hasta ahora hay una estaca que finalmente está retoñando. Una, solamente una, de las veinte y tantas estacas que he sembrado.

Como soy jardinera casi profesional, siembro estacas de arbustos que me gustan y si saboreo una fruta que tiene excelente comida, buen sabor y pocas semillas, las guardo y preparo mis bolsitas con tierra del campo y las siembro con amor y riego con agua de lluvia.  Y todos los días que me acuesto en mi hamaca que cuelgo en el patio, reviso el almácigo de mi vivero para ver si las semillas germinaron.  Es mi tarea diaria. Y me he dado cuenta que mi jardín, mi vivero, me produce tanto placer que el tiempo se me pasa sin percatarme. Y Carlos mi cuidador, al ver el enorme vivero que tengo, dice que tengo excelente mano, ya que todo lo que siembro germina o retoña.

Ese olor a higo, a miel hecha con hojas de higo, es exquisito.  Me remonta a mi niñez. Y cada vez que llego al lavandero, mis sentidos se extasían con el olor a la hoja de higo seco – tan fuerte su olor que aun después de diez días, todavía lo siento.  Y respiro profundo, tanto, que invada mis sentidos. Y cierro mis ojos e imagínome comiendo buñuelos de yuca con miel hecha con hojas de higo. Y no boto la hoja de higo.  Esta allí aún.

Increíble lo que son nuestros sentidos. Algo tan sencillo como ese olor, aviva en mi memoria sentimientos de felicidad. Es el placer que me proporciona pensar que como de esos ricos buñuelos con miel hecha con hojas de higos.

Y un día que caminaba por la calle, un viejito anunciaba sus buñuelos a la venta.  Me detuve preguntándole si eran de yuca; ‘por supuesto que sí’, me contestó, como diciéndome, de que otra cosa podrían ser los buñuelos que vendo.  Así que le compré buñuelos de yuca.

El viejito camina con su pana de buñuelos sobre una vieja silla de ruedas que empuja. Y como entablo conversación con el pueblo, sé que su esposa está inválida, pero es ella quien prepara la masa de yuca y queso para los buñuelos, que el sale a vender. Me produjo una enorme tristeza, verlo en su vejez, continuar trabajando, caminando por toda la ciudad, empujando su pana de buñuelos.

¿Qué les puedo decir de esos buñuelos? ¡Que saben a gloria! Cada vez que veo al viejito, le compro veinte córdobas de buñuelos, que guardo en mi refrigerador, porque no puedo ni debo comérmelos todos.  Y todas las noches, me doy el gusto de saborear dos exquisitos buñuelos de yuca con miel hecha con hojas de higo.  ¡Qué olor y sabor más exquisito!

15 de febrero del 2014  

15:47

La Denuncia

La Denuncia

22 mayo 2014

23:35

Hace muchos años en que el país estaba en medio de tribulaciones, sucedió algo que no he podido olvidar, dejando en mi ser una marca indeleble. Cuando me lo dijeron me enojé y sentí repugnancia. Y no hablo sobre asuntos negativos, los relego en mi mente aunque estén allí, latentes.

Crecí creyendo que la gente es básicamente buena, aunque como toda regla, tiene su excepción, y siempre hay y habrá una mala semilla.  Y cuando pienso en ese tipo de personas, me molesta su actitud.

Fue durante la guerra. Vivíamos en un vecindario tranquilo, conocía a mis vecinos, nos saludábamos los más cercanos, y con varios de ellos aún mantengo la amistad. Nos unía, el perro que criábamos, o las flores que habíamos sembrado en nuestra casa recién comprada, o la verja que estábamos instalando y así . . . acontecía nuestra vida diaria de recién casados casi todos. 

Los vecinos de la esquina, ya retirados, esperaban a mis dos pequeños hijos todas las tardes que Rosa, su nana los sacaba a pasear por la acera. Les regalaban un caramelito a cada uno de ellos, así que mis niños era visita casi obligatoria donde estos vecinos y ellos les decían cariñosamente a mis niños, ‘los caramelitos’.

De repente estalló la guerra, el dolor y la necesidad.  Decenas de personas pasaban por nuestro vecindario huyendo del horror de la guerra, porque en su zona, los estaban atacando por aire – no a ellos, a los guerrilleros – y enormes barriles con gasolina eran lanzados de helicópteros estallando al caer por tierra. Y en sus casas eran aterrorizados por los guerrilleros armados que se escondían en sus viviendas, y se llevaban lo que necesitaban y que de un momento a otro podrían ser atacados. 

Las historias de horror de estos refugiados, me conmovían; compartía con ellos nuestra comida, que cocinaban en sus improvisados fogones, formados por tres piedras. Dormían en las casas vacías, aun no vendidas y en cuanto había un poco de calma, continuaban su viaje a un destino tal vez incierto, desconocido.  Y así desfilaron muchas familias por mi vecindario. 

Y un día sucedió lo inconcebible.  Lo que nunca hubiese imaginado que un ser humano podría hacer contra otro ser humano. Una mujer, de principios, decía ella, quien había sido monja en un convento, estudiado en Francia, una persona a quien todo mundo catalogaba de buena, católica, honesta, delató a la familia de un militar. No recuerdo donde era su casa exactamente, creo que era la casa esquinera más cercana, pero eran nuestros vecinos; allí vivía con su esposa y sus pequeños hijos, y esta mujer, sin miramientos, ni tocándose el alma, vendió su conciencia al mal.  Porque eso es ser malo.  No encuentro otra palabra para describir esta acción. ¿Cómo puede un ser humano ser tan infame?

¡Sé que cuando estamos en grupo nos volvemos feroces lobos salvajes – al grito de uno solo atacamos sin piedad – pero rumiar esta denuncia y llevarla a cabo! Como pueden estas personas dormir tranquilas después de haber hecho tanto mal.  Sus conciencias no las han de dejar en paz,  porque un ser humano no puede, ni debe, ser tan ruin, ya que lógicamente, ‘no se le hace a alguien, lo que no quieres que alguien te lo haga a vos’.  Esa es la ley de la vida. Y como decía Benito Juárez, ‘el respeto al derecho ajeno es la paz.” Y uno debe aprender a convivir y no ese fanatismo extremo que nos lleva a hacer actos de esa categoría.

Mi tío Hans, el tío de un amigo suizo, quien era como nuestra familia cuando vivíamos en Paris, nos contaba como los habían denunciado por una taza de azúcar que consiguieron a escondidas durante la Segunda Guerra Mundial. Enardecido nos relataba esta vil canallada, y aun podía ver en su rostro la ira que esto, aun después de tantos años, le causaba.  Es que la traición es uno de los peores delitos que un ser humano puede cometer.  

Tanta Hambre

Tanta Hambre

11 de noviembre del 2013

22:26  

Hoy, ya Juan Carlos tiene como 73 años. Su vida, la de él,  comenzó a los catorce años y con dos córdobas en la bolsa.  A sus hijos les había proveído todas sus necesidades, habían ido a la universidad también y su vida, la de él, es como para no quedarse callada.

Vino una tarde a visitarme y me comentaba que eran varios hermanos y su mamá no ganaba lo suficiente para mantenerlos y a veces se pasaba el día sin comer. Pero su mamá lo crio  pobre, pero decente. ‘Nunca pidas comida’, le decía.  ‘Allá me iba yo al arroyo’, me dijo, ‘y cortaba ramas de jocotes, me las restregaba contra la ropa para quitarles el polvo y masticaba la hoja y escupía el bagazo’.  ‘No tenía jocotes el palo, sabes’, me decía, ‘pero la hoja sabe a jocote también, y así engañaba el estómago’.

La vecina, doña María, a veces me llamaba, ´Juan Carlitos, vení, ¿ya comiste?’ me preguntaba, y yo le contestaba que sí; ‘no es cierto’ me decía ella, ‘tu mamá no ha regresado de trabajar, vení, sentate aquí a la mesa’ y me servía mi plato de comida.  Cuantas veces ella me mató el hambre’, me dijo.

‘Y cuando llegaba donde Mama Verónica y Papa Carlos, así les decía yo’, me dice, los saludaba con mis manos juntas, dándole los buenos días o buenas tardes; así me habían enseñado’ y si estaban comiendo, me sentaban a la mesa. ‘Yo todo remendado’-se sonrió- ‘mis pantalones con parches, descalzo, allí sentado a la mesa con todos ellos’.  Me regalaban pantalones de los muchachos y cuando Mama Verónica me preguntaba por ellos, al verme todo parcheado, yo le contestaba que allí estaban; ya en la casa le preguntaba a mi mamá por los pantalones y me decía, ‘Juan Carlitos, los tuve que vender, porque no teníamos para comer’. Y cuando le daban su comida, ella no se la comía, sino que nos la llevaba a nosotros para que comiéramos.

Lo escuchaba yo a Juan Carlos y se me partía el alma; tanta hambre que pasó de niño, tanta penuria. Me sentí culpable de mi ignorancia hacia su sufrimiento de niño. Hablaba sin resentimiento, de esos  recuerdos que nunca se olvidan. Pero que bien que lo crió su mamá -creció para ser un hombre de bien. 

La recuerdo a ella, su mamá, levemente – la lavandera de mi abuelita- cuando yo era pequeñita.  Recuerdo que cuando estaban contando la ropa, para saber cuántas docenas eran y cuanto pagarle, nosotros nos tirábamos sobre la ropa en el piso.

Tanta hambre que hay y nosotros no nos percatamos de las tribulaciones de los demás y sobre todo los niños.

Y hoy que caminaba apresuradamente para el Ministerio Publico, sentado tristemente en una grada, estaba un niño.  Y aun con mi paso apresurado, lo noté e inmediatamente me regresé.  Estaba con su uniforme de colegio, su camisa blanca toda sucia -con cara de varias puestas- y acercándome a él, le pregunté, ‘¿qué te pasa?’ y me contestó, ‘tengo hambre’.  Y agarrándolo de su manita, ‘veni’, le dije, ‘vamos a comer’. Se llama Ángel (en inglés), tiene siete años y está en segundo grado.  Me dijo que vivía con su mamá, quien vendía frutas en el mercado, pero que no tenían que comer.   Lo llevé a una panadería, le compré un pan grande con pasas y un jugo de manzana, y mientras se lo comía todito y mi interrogatorio, me comentó que como venía corriendo, se había caído y estaba todo sucio. Que sucio no iría al colegio, que se iría a cambiar, me contestó, cuando le insistí que conozco a la directora de su colegio – lo cual no es cierto – y que hablaría con ella. Me repitió que sucio, no.  Le pedí a la empleada que me diera unas servilletas húmedas y comencé a limpiarle la cara, los brazos y sus sucias manitas. ¡Sí que estaba sucio! Se fue donde su mamá y me dijo que no iría al colegio así sucio como estaba. 

Que terrible la situación que continua imperando en el país.  Nuestros niños siguen sufriendo hambre. 

Hoy es primero de mayo

Hoy es primero de mayo

Por la espina dorsal me recorre
un terrible escalofrío.
Hoy es primero de mayo.
¡Y cuantos desaparecidos!

Se me eriza la piel del horror,
y no puedo dejar de pensar en su dolor.
Solo pienso en esas madres,
buscando a sus hijos.

Razones para la desaparición hay muchas,
miles dirán,
pero no justifican esa acción.

A pesar de no compartir su ideología,
sigo pensando igual,
nada justifica una muerte.

No dejo de sentir
ese terrible escalofrío.
¿. . Y sus hijos, . . . donde están?
¡Amen por los desaparecidos!

1º. de mayo del 2008
Toronto, Canadá
8:18 am

Las Anécdotas de Toño

Las Anécdotas de Toño

12 de noviembre del 2013

19:27

Toño fue el hijo de casa de mi suegra, la Julita. Hoy Toño tiene cincuenta y siete años y me dice, ‘cada año, en el mes de mayo cumplo un año más’, y me asegura, pero dudoso, ‘como que es el primer día del mes de mayo, pero no estoy seguro.  Mi mama me decía, “vos cumplís años cada año del mes de mayo”, pero nunca le pregunte a mi mama el día’. 

Toño es analfabeta, de buen corazón, honrado y fiel a la familia.  Pero terco, como el solo. Ahora es el cuidador de la casa.

Toño nació en Chontales y fue criado aquí en Granada. Toda la familia se vino aquí a Granada cuando estaban pequeñitos. Su papa Ventura Gonzalo Castillo y su mama Luisa Dávila; ‘y estoy reconocido´, me asegura, ´pero me gusta más el apellido de mi mama así que yo soy Dávila Castillo´.

Tiene dos hijos, analfabetas también, que se ganan la vida vendiendo dulces en las calles y el otro, quien es menos inteligente, vende guineos en un carretón que empuja por las calles de la ciudad. Moncho, este hijo, pues no recuerda cuando nació.

Toño tiene un modo peculiar de hablar. Me gusta su idiosincrasia. Su sinceridad y su estilo de hablar. Pero es terco como el mismo. Le había dicho que si quería, regara cada bolsita de mi almacigo pero que el agua no sea muy fuerte y que no tirara la manguera al patio, que la dejara al borde donde está la hamaca ya que quiebra las estacas sembradas. Le quité el oficio de regar, algo que a mi me gusta hacer, porque . . .  bueno, no entendía.  Un día que regresé a la casa por la tarde me dijo que había regado las plantitas; le di las gracias como siempre pero al ver más tarde que había de nuevo tirado el pico de la manguera al patio, le dije que mejor no las regara, que a mí me gusta hacerlo y que no debe tirar la manguera al patio.  Me contestó enojado, que ‘el nunca quedaba bien’. ‘Yo por hacerle el favor’, me dijo.  Di media vuelta.

Me encanta oírlo decir que ahora que ‘funigue´ los zancudos’.  Y no es solo el, es el pueblo entero quien dice ¡funigar! Y me cuenta que antes  ‘ganaba setenta pesos la semana y cuando ganaba cien trabajando el domingo, era más lo que ganaba’, me dice. Y como he estado resfriada me recomienda que ´tome de esos ´mecamentos´ que me van a asentar bien para la salud´. Me cuenta también que José ‘Grabiel’ el vecino, lo recomendó para un trabajo, y así, son interminables las expresiones de Toño. Y si ve al cielo por las noches me comenta, ‘ese lucero brillante “parparea y parparea” toda la noche’.

Me da tristeza que en mi tiempo aun haya gente analfabeta.

‘Es que esta novela’, me dice, ‘es como fea la música, es diferente, pero es como bonita’; ‘es algo como, quedadita’ y no sabe Toño como describirla. ‘Hermosa la muchacha’, comenta al ver la novela que está comenzando. Toño me recuenta la novela casi al mismo tiempo que está sucediendo; le repito que no me cuente la novela, porque yo también la estoy escuchando mientras escribo, pero como es terco, no pone atención a lo que le digo, y continua incansablemente, recontándome lo que sea que ve en televisión.

Dice que Don Marianito el vecino le decía, ‘Jovero Toño, como que comiste lora, de tanto que hablas’.  Y cuan cierto es.  Habla interminablemente. Si va a hacer algo, como barrer la acera o el patio, me lo repite varias veces, como pensando en voz alta justo antes de hacerlo, como para que no se le olvide.

Sale todos los días a trabajar y trabaja incansablemente los siete días de la semana. El repella paredes, arregla tejas, pinta, casas así como muebles, encaña los techos, lustra zapatos, etc.  Uds. pregunten un oficio y Toño lo hace. A veces lo escucho saludando a la gente en la calle, se detiene y les platica, en medio del mandado que le han encomendado, y como buen nica, habla en voz alta, por lo que me doy cuenta cuando se despide del que encontró en la calle a casi una cuadra de aquí.

Con Toño he aprendido a tener más paciencia, porque no puedo exigirle mucho.  Es honesto y sincero y te dice las cosas de frente, sin pensarlo dos veces. Le aseguro, de vez en cuando, que con nosotros siempre tendrá un techo donde dormir.

Mi Raspado de Fruta

Mi Raspado de Fruta

9 de marzo del 2014

20:26

El viernes que fui a Masaya, al andar por el Parque San Jerónimo, pasé la Iglesia del mismo nombre, caminé en la sombreada  acera y me detuve un poco más adelante, bajo la sombra de un enorme árbol, a esperar un taxi.  Había una caseta en esa acera, a la que no le  puse atención, pero al estar esperando el taxi que fuera en la dirección en que yo iba, de repente escuché un sonido que me es muy, pero muy familiar. Ras, ras, ras, se oía. El sonido del cepillo para hielo, ese cepillo metálico raspando el hielo para hacer ¡raspados!

Me acerqué inmediatamente a la caseta y pregunté ‘¿vende raspados?, me contestó afirmativamente, y mi siguiente pregunta fue, ‘¿que sabores tiene?’ ‘De piña, relleno, de leche, me contestó.  ‘Uno de piña’, le dije.  ¡Me moría de la sed, la tarde estaba bien caliente y que mejor que un buen raspado y de fruta!

¡Ese raspado me supo a cielo! Saboreé cada cucharada. Me sentí como en mi niñez, gocé cada pedacito de hielo y  mientras lo probaba, pasó un taxi y le hice señas que se detuviera mientras la señora rápidamente buscaba una servilleta para dármela; corrí a subirme al taxi y como siempre, entablé conversación con el chofer. Le hablé de lo rico que estaba mi raspado, que me han gustado desde niña, y cada vez que tengo oportunidad, como raspado.  Me comentó que a él le gustaba de leche. ‘A mí me gusta el raspado de frutas’, le dije, ‘y casi siempre tamarindo o piña.  Y esta señora se ve bien limpia’. 

Y me acorde cuando salíamos del colegio e íbamos a enseñar Catecismo, al regreso pasábamos por los Raspados Lory.  Allí nos deteníamos siempre, a saborear nuestro rico raspado. Me recuerda al Padre Areas, a quien nos encontrábamos después de enseñar el Catecismo.  A ese Padre Areas a quien tanto cariño le teníamos.  Como lo bromeábamos y como nos soportaba.  Y cuando estábamos pequeños e íbamos al mar, mi mami llevaba su cepillo para el hielo y gozábamos comiéndonos un rico raspado, con el sirope hecho en casa.  Así que desde pequeña, me han gustado los raspados, y me siguen gustando.

¡Me deleito comiendo raspado!  Es un gusto que me doy cada vez que puedo y con sirope de frutas! Y en Granada, frente al Parque Colón, o sea, a un costado de la Catedral, venden Raspados Lory.  Y le cuento a la señora que atiende, que desde que estaba pequeña los como, que comenzaron vendiéndolos en León  y que me encantan.  ¡Me remonta a momentos felices de mi niñez! A alegría.  A risas. A bromas, y gozo, aun hoy, comiéndolo.  En una tarde calurosa, como en este verano, nada mejor que un rico raspado de frutas. 

Los muros ocultos – CUENTO

Cuento

Los muros ocultos

8 de febrero del 2014

20:12

El viejo chofer se sentó en el banco y como pensando en voz alta, como si continuase una conversación que había tenido con el mismo, dijo simplemente: ‘Lo llevé en su vehículo como todos los días. En las cuestas camino a la hacienda, el jeep resbalaba; varias veces estuvimos a punto de caer al barranco. Salimos temprano a ver el ordeño y la vaca recién parida.  ‘Que suerte patrón’, le dijo el mandador al llegar, ‘sus vacas solo hembras paren.  Que suerte tiene’, le repitió.  ‘A la señora le va a gustar que sea ternera la recién nacida. A ella le gusta el ganado, patrón.  Pregúntele que nombre le quiere poner’.  ‘Está bien’, le contestó. Él siempre amable, educado, sensato, agradable.

Y continuó. ‘Regresamos al medio día.  Ella, la esposa, le tenía preparado el almuerzo – es que ella prefería cocinarle especialmente a él.  Cuando el patrón subió a bañarse, yo le comenté a la señora, ‘Hubiera visto las veces que patinó el jeep, en esos caminos; están resbalosos con la lluvia, señora’, le dije.  ‘Me las vi de a palito’, le comenté.  Y allí fue cuando ella comenzó a planearlo más en serio; si, la idea del accidente.  Allí en esas cuestas lodosas  seria el lugar perfecto. Sí, eso era lo mejor – parecería un accidente.

La vieja casona de la hacienda, de anchas paredes y muros ocultos había sido el lugar perfecto.  Allí entre los muros,  esos anchos muros que ocultaban los muros ocultos, allí estaban los restos – esos restos que nunca se hallaron; como los iban a encontrar si estaban dentro de los muros ocultos.  Bañados de cal, sin nada por dentro.

Es que, no sé, se le hacía tan fácil el matar.  Gente que se vuelve inoportuna, pues, nada mejor que quitarla del camino.  Y así lo hacía.  Sin remordimiento, sin preocupación, sin . . . .  nada.  Y quien iba a sospechar de ella.  Ella, tan cristiana, tan buena gente, tan amable y dispuesta a ayudar a cualquiera. 

Vestía sus pantalones vaqueros y esas botas que tanto le gustaban; se miraba como la verdadera hacendada que era. Y además le gustaba cocinar, platos sencillos y delicados, con que atendía al marido. Él se babeaba por ella, y más al verla lo buena que era. Y sobre todo cristiana.  Lo que decía o planeaba, estaba bien.  Paseos al mar, a la ciudad a almorzar, lo que fuese, él feliz si estaba con ella.

Así que a diario, viendo sus movimientos, calculando la oportunidad, ella planeaba y planeaba.  Se fue un día con él en el jeep, los caminos resbalosos, usted sabe,  y, pues yo no la vi, pero ha  de haber enfilado el jeep hacia el barranco con él adentro – ella saltó antes – porque ella  salió ilesa.  Igual a como yo le había contado de los viajes a la hacienda, así fue el accidente. 

Pero esta vez, sí que hubo entierro, en una caja sencilla, sin lujos, a como era el patrón.  Esta vez sí que habría que hacerle los honores.  Allí todo el campesinado vestido de negro señora.  Si, les regaló camisas negras a todos los empleados y todos ellos asistieron al entierro del patrón.  Le llevaron flores, muchas. Pero le cerraron la tapa al ataúd, para que no lo vieran.  Yo fui el único que lo vi. Estaba todo morado señora, de los golpes que recibió en el barranco. Esa caída era segurísima muerte sabe.  Fue difícil sacarlo de allí.  Yo lo metí en una bolsa y todos los mozos ayudaron,  esperando encontrarlo con vida, pero que va, de esa caída no se salva nadie.

Nadie la cuestionó.  Lo que ella dijo es lo que todo el mundo creyó, pero, no señora, yo sé la verdad’. ‘Si, señora´, me dijo,  ‘para que se lo voy a negar, pero eso era antes, no me importaba, pero ahora no señora, ahora soy cristiano’. ‘No la agarraron nunca, sabe.  Allí está en su hacienda’,  me repitió.  ‘Vive con su hija, tranquila.  Pero usted sabe señora, ella va a caer, como que se lo estoy diciendo, porque ¿sabe qué? entre cielo y tierra no hay nada oculto’, terminó de contarme. 

 Así lo aseveró. Como queriendo confirmar en voz alta, lo que por dentro le corroía el alma. Se quedó pensativo.  Acaso pensaba en el muerto . . .  y en los muertos de los muros ocultos.

 

El Cierto Güis

El Cierto Güis

29 de enero del 2014

22:01

En el diminuto patio que tiene la casa, sembré varias semillas de chile congo, ese chile redondo, pequeñito que le da tanto sabor a los encurtidos.  Solo una semilla germino – dicen que es difícil que retoñen.  Sin querer, limpiando el patio, lo arranqué y al percatarme de lo que había hecho, inmediatamente lo sembré en el mismo lugar, lo afirmé en la tierra, con piedras, para que no se torciera, lo regué con agua de lluvia constantemente y si miraba que se entristecían sus hojas, lo volvía a regar con agua de lluvia aunque estuviese haciendo un sol fortísimo – para que sus raíces estuviesen siempre húmedas y tuvieran suficiente agua de que alimentarse, hasta que ahora, seguro de su fortaleza, se yergue altivo en el patio, y da chiles verdes y verde oscuro que nunca llegan a madurar. Crece a la orilla de la enredadera de la Pasionaria, y de un hibiscus y de unas grandes hojas bellísimas, color rojo morado verdoso, que semejan a la hoja del quequisque.

Nunca llegan a madurar, porque tienen un cliente fijo, un pájaro oscuro, pecho amarillo que a ambos lados en la parte superior de su cabeza, tiene dos franjas blancas. Le llamamos Cierto Güis y su nombre científico es Pitangus Sulphuratus; habita en esta parte de nuestra América, la América que comienza desde el sur de Tejas hasta el centro de Argentina.

Desde que vivo acá, ha venido todos los días y varias veces, a posarse sobre la antena. Y a veces lo veo con una semilla en el pico que golpea contra la antena, tratando de quebrarla. Canta también y creemos escuchar que dice ‘Cierto Güis’, ‘Cierto Güis’.  Pasa largos ratos posado en la antena y de repente alza el vuelo vertiginosamente y con esa misma velocidad, regresa.  Está cazando insectos en el vuelo.

Desde mi hamaca en el patio, lo observo.  Me encanta el contraste de su cabeza y alas café oscuras con esas dos franjas blancas que se juntan al frente y atrás de su cabeza y ese pecho tan amarillo que tiene. Todo su cuerpo es amarillo y su cabeza es café oscura.

Y mientras escribo sentada en mi escritorio, lo veo que vuela al arco que forma el exceso del cable de la antena, salta en un giro de ciento ochenta grados, para ponerse del lado opuesto viendo hacia el patio y se posa allí por momentos.  Al ver con el rabo del ojo que ha llegado, yo me quedo inmóvil.  El, se asoma hacia la casa para confirmar que está seguro y no lo acecha ningún peligro.  Después vuela a la enredadera de la calala, pero siempre asegurándose que está a salvo y desde allí, entre las plantas de hibiscus se lanza sobre el chile congo, regresa a la seguridad de la calala o pasionaria y emprende el vuelo. Esto lo repite varias veces al día.

Cuando Toño el cuidador me escuchó decirle a Nequito de nuestro visitante, me comentó, ‘¡con razón nunca encuentro chiles para mi gallo pinto! ¡Es el Cierto Güis el que se los viene a comer!