Mis Moras Salvajes

14 de julio del 2004

 Por las mañanas camino por mi jardín en el patio trasero de la casa.  Mi extenso jardín lleno de flores salvajes hacia el lado izquierdo y al fondo una pared de cipreses altísimos, dando la impresión que estoy fuera de la ciudad, aun cuando vivo dentro de ella.  Los pájaros cantan, se bañan en la pilita que siempre lleno de agua, y comen en el comedero que esta por las flores.  Camino detrás del garaje donde están las rosas salvajes; se cubre toda la malla con cascadas de rosas blancas, pequeñas y olorosas; puños y puños de ella, tanto, que casi llegan al suelo.

Huelo mi hierbabuena –ha perdido el olor tan conocido – me pregunto si será la sombra de los rosales – veo mis flores, cuales han floreado y entre los rosales, escondidas entre sus espinas, crecen mis moras salvajes.  Aunque esté ocupada haciendo algo más, siempre me detengo a comer las moras.  Han crecido solas – algún pájaro que boto la semilla digo yo – y la rama al tocar tierra, se enraíza y forma otra planta.  Toda la malla está cubierta de moras y rosales salvajes, así que me detengo y arranco una, dos, cinco, diez, no me puedo detener; continúo cortándolas y al agacharme un poco veo que escondidas debajo de las hojas, hay más moras – negras de tan maduras, deliciosas; al comerlas las saboreo y continúo cortando y cortando más, a bocanadas me las como, de diez en diez y así introduciendo mi brazo entre las espinas de las moras – espinas finas y delicadas protectoras de su fruto – encuentro otra mora más y otra y otra, y continúo encontrando más.  Me empino sobre la malla y veo que hay montones del otro lado, así que introduzco mi brazo entre la malla, espinas, ramas, rosales y flores y alcanzo la mora furtiva que se quiere escapar de mis dedos; algunas se caen al suelo – que pesar me da – una menos pienso, una menos para saborear. Hay unas tan maduras que se desbaratan al tomarlas en mis dedos y se hacen jugo en mi boca. Me las como de a montón.  Cada racimo tiene 5–6 moras, casi todas maduras, y se han tornado negras de lo madura que están, ya que el rojo vivo de su color ha desaparecido,

Comparto mis moras con Edoardo mi hijo, y le digo, ‘comételas de a montón, de diez en diez’,  – ‘no’, me dice, ‘no las desperdicies, comételas de una en una’.

 

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