El Mal

El Mal

10 de febrero del 2015

21:41

Siempre me ha intrigado cuando la gente habla del mal.  El mal per se.  Crecí en un ambiente completamente distinto. En un ambiente bueno, lleno de amor e imagino que es debido a eso, que cuando escuchaba sobre ‘el mal’ me era difícil creer que existía.  Pero, me he convencido de que el mal . . .el mal si existe.

Hace varios años escuché de una mujer ya mayor que vivía atemorizada de que le estaban haciendo ‘mal’. Yo no comprendía eso. No lo comprendía en absoluto.  Hasta que un día llamó a un hombre a la casa, hombre que sacaba ‘entierros’, ‘hechizos’, de esos relacionados con el mal. Y ante mis ojos vi cuando el desenterraba un ‘hechizo’ que le estaban haciendo a esta mujer.  Y sin quererlo, fui participe de esta experiencia. El hombre me pidió que vigilase una botella de vidrio a la que le puso una moneda encima, en el brocal, mientras el con una vara, recorría despacio el jardín de la casa, rezando, al mismo tiempo que iba tocando la tierra por doquier.  Me pidió que cuando la moneda sobre la botella saltase, le avisara, porque allí donde tocase con la vara y saltase la moneda, estaba el ‘entierro del mal’.  Ya se imaginan mi escepticismo; nunca creí que la moneda se moviese. Yo, ¿vería saltar esa moneda?  Inconcebible, esos son cuentos, pensé para mis adentros, pero ante mi asombro e incredulidad, la moneda saltó.  Si, saltó la moneda que estaba sobre la boca de la botella.

Y siempre rezando, delante de mí escarbó el jardín sacando un entierro o hechizo. Yo, con mi curiosidad innata, quise verlo, abrir ese paquetito, pero el hombre no me lo permitió.  Insistió que no lo debería tocar y con cuidado desamarró alas de murciélago, poquitos de cabello de dicha mala mujer, en suma, una muñequita con alfileres enterrados en los ojos. Y quemó a la figura que encontró en el jardín.  Y mientras escribo sobre esto aún me parece increíble que lo haya presenciado.

Yo, horrorizada, le pedí a un sacerdote amigo que llegara a la casa y el regó agua bendita por cada esquina, puerta y rincón, al mismo tiempo que rezaba bendiciendo cada espacio  para que ya no hubiese tanto mal, y yo, caminaba a la par del sacerdote.  Tan impresionada estaba que a esa casa la llamé, ‘la casa maldita’.  Si, tanto mal era terrible.  Tanto mal había hecho a la que le hicieron el hechizo enterrado en el jardín, con la muñeca con alfileres en los ojos, que perdió la vista esa perversa mujer.

Y comencé a darme cuenta de su maldad. Convivía con el marido de la hermana.  Cuentos que yo había escuchado, pero nunca les puse atención, ya que la gente sin oficio ni vida propia se dedica a murmurar.  Y entonces, alguien muy cercano a mí me confirmó la maldad de dicha mujer; si, era cierto que convivía con el cuñado y que lo había hecho de por vida.  Que varias veces los había visto cuando se citaban en Masaya. Me invadió una tristeza grandísima por la hermana agraviada.  ‘Pobrecita’, me decía, ‘cuanto ha de haber sufrido; que horror, que maldad, que clase de persona le hace eso a una hermana’. Tiene que haber mucha maldad de por medio para ser ‘la otra’, y ser ‘la otra’ del marido de la hermana’. Y fue hasta entonces que comprendí el miedo de esta mujer a que le hicieran ‘mal’.  De pronto me percaté y vi con claridad todo lo que no había logrado comprender con anterioridad. Tenía razón de tener miedo.

Y cuando después continuó con sus andadas, no me asombré de ello.  Que se podía esperar de un ser así tan ruin.  Que se podía esperar de una traición de tal calaña. Cuando se ha  llegado tan, pero tan bajo, que se puede esperar. ¿Que? Y el mal, llama al mal.  Es esa misma ley de atracción de que el bien atrae al bien.  Y esa mala mujer se alió con sus sobrinas para continuar haciendo mal. Pobrecitas.  Dignas de lástima.

Y en una de mis visitas vespertinas, dos señoras desconocidas platicaban en esa casa donde fui de visita. No ponía atención a su plática.  De pronto me percaté que hablaban del mal.  Si, del mal. Demonios.  Que los demonios las insultaban, les decían frases obscenas, que les quitaban la paz.  Entonces, les pregunté, ¿demonios?  ‘Sí’, me contestaron, ‘nos gritan todo el tiempo y no nos dejan en paz, ni un segundo de calma’.  Todavía me costó trabajo creerles. 

Y el hombre este de los hechizos me confirmó que sí, los demonios que poseen a la gente, dan gritos horripilantes.  Y me preguntó, “¿viste la película ‘El Exorcista’?  Así de espeluznantes son los gritos de los poseídos”; y me recordó lo que dice la Biblia, que Jesús ‘sacó los demonios de la gente’.  “Y le conminó diciendo: ‘Cállate y sal de él’. Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él”. Y entonces, fue hasta entonces que comprendí.

Y el domingo que el sacerdote hablaba del mal en el sermón de la misa, confirmaba que el mal existe. Y de que el Obispo de Roma asevera de la existencia del demonio y que debemos tener cuidado. Y rezar. “Debemos temer al maligno . . . recemos diciendo ‘protégenos del mal’ ”.

Los Columpios

Los Columpios 

25 de Agosto del 2015   

22:18

Hoy que caminaba por el bellísimo pueblo donde vivo, los adolescentes salían de clases vespertinas.  Caminé de regreso a mi casa y al pasar por el parque vi a estos muchachos columpiarse, otros caminaban, otros platicaban, así que crucé el arborizado parque y en un impulso busqué un columpio.  Al caminar hacia el columpio recordé la última vez que me mecí en uno.

Fue hace dos años que fuimos a un parque boscoso con un pequeño riachuelo y al caminar de regreso hacia el carro, le dije a mi Neco que me iba a mecer en el columpio.  Me senté en él y empecé a mecerme. Me empujaba con los pies y al estar en el aire, estiraba mis piernas hacia arriba para agarrar impulso y me columpiaba más y más alto.  Me sentía feliz, y me reía a carcajadas, cuando mi Neco se sonreía al verme la expresión de felicidad en mi rostro; yo feliz con ese sentimiento de libertad que me daba al columpiarme así tan alto.

Así que recordando esa columpiada, caminé hacia uno de ellos.  Los muchachos en los columpios se sonrieron al verme, me senté en el columpio, revisé que estuviese bien la cadena que lo sostenía y comencé a mecerme.

Agarré impulso, extendiendo las piernas hacia lo alto y cuando ya había agarrado altura, extendí mis brazos e hice mi cabeza hacia atrás.  Las copas de los frondosos árboles del parque no me permitían ver mucho el cielo.  Me maree un poco así que decidí no ver hacia lo alto.  Me columpié por un buen rato.  Volaba alto.  De pronto pensé que tal vez no era tan fuerte y seguro el columpio, así que me detuve poco a poco.  Tal vez los niños que lo usan, como son pequeños, no pesan tanto y que mejor me detuviese. Me bajé del columpio, crucé el parque y caminé feliz hacia mi casa. Tan feliz que iba sonriéndome.

Siempre me han gustado los columpios.  Desde niña.  En el enorme corredor del frente de nuestra casa, teníamos un columpio de madera en forma de avión.  Estaba pintado de rojo y azul, con espacio pequeño formando el asiento en el centro, su pequeña hélice al frente, sus alas extendidas y su cola. De esa época seguramente, proviene mi  amor por los columpios.  Tanto me han gustado que de pequeña, mi nana por las tardes nos llevaba a caminar en La Calzada hacia la oficina donde trabajaba mi papi.  En el frente de la oficina había en el centro una rueda de piedra gigantesca que se usó en un tiempo para triturar caña.  Era yo tan pequeña que recuerdo que quería meterme en el enorme hueco en el centro de la redonda y enorme piedra.

A esa hora ha de haber pasado don Max Cutillas camino a su casa y no sé ni cómo, ni cuándo, ni porqué, le pedí unos columpios.  Don Max era un señor mayor, vestía de color caqui, y siempre portaba un casco tipo safari del mismo color.  Un hombre afable que me mantuvo la ilusión por años de años.  Cuando a veces lo veía, le preguntaba yo por mis columpios y el me respondía, que sí, que ya los había ordenado, que venían por barco, que la travesía era larga ya que venían desde Europa y tenían que cruzar todo el océano, pero que ya estaban por llegar los columpios, que el barco estaba cerca del Puerto de Corinto, que ya habían llegado a Esparta, que estaban desembarcando los columpios.  Y así, durante mi niñez, soñé con los columpios que pronto llegarían.  Y él me los describía, y me mantenía al tanto de la travesía de los columpios, los esperados columpios y por años, me mantuvo la ilusión. 

Yo entré interna al colegio de La Asunción a la edad de ocho años y nunca comenté de los columpios tan deseados.  Los que con tanta ilusión, deseé en mi niñez. Y nunca más recordé los columpios.

Un día que platicaba con mi mami, yo, ya mayor como de cincuenta años, le conté de los columpios que le había pedido a Don Max y como él me mantuvo la ilusión durante mi niñez. Mi mami se sorprendió.  ‘Nunca me dijiste’, me dijo.  ‘Te los hubiesen hecho a tu gusto’.

Y cuando nacieron mis hijos, en su primera navidad, cuando tenían dos y un año, que ya podían columpiarse, ¿que les trajo el Nino Dios?  Un bellísimo juego de columpios en azul y rojo.

Y a mis nietos les he enseñado a mecerse en columpio, como impulsarse, como deben agarrarse de las cadenas que lo sostienen, que extiendan sus brazos y se dejen ir hacia atrás, que no se van a caer y que lindo es llegar hasta lo más alto.

Así que uno de mis placeres, es mecerme en un columpio.  No lo hago muy seguido, pero cuando los veo, y son fuertes, me siento en uno de ellos y comienzo a mecerme, agarrando impulso para mecerme lo más alto posible, y me encanta esa sensación de libertad que me proporciona lograr llegar hacia lo alto y sentir el aire y me impulso más y más.  Vuelvo a ser la niña feliz que fui toda mi vida.

Mancha y su Carretón

 

Mancha y su Carretón

18 de Agosto del 2015

20:15

 Mancha es el caballo que hala ell carretón de Manuel, quien me transporta pequeñas cantidades de material al sitio de la construcción.

Cuando llega al sitio, Manuel lo viene increpando, “Ah no Mancha, arrea, no te vayas a quedar alli parado, ya llegamos, anda Mancha, ideay, no te dejes’.  Mancha, su caballo, despues de halar 200 ladrillos cuarterones, viene cansado.

Bajaron los ladrillos de barro y los acomodaron en orden y Payo, el hijo analfabeta de Manuel, barre el polvo de barro del maltrecho carretón. Manuel lo gira hacia la salida, pero antes de salir del terreno, se detiene y le dice: “Mancha, despedite de la señora” y Mancha, increiblemente, baja y sube la cabeza en señal de despedida. ‘Es que Mancha es educado’, me dice Manuel.

Cuando regresa al siguiente día, le pregunto si lo puedo tocar y le acaricio su frente a Mancha y le hablo suavemente.  Le digo a Manuel que lo deje descansar un rato ya que se ve cansado y que lo deje comer, del monte que crece a la entrada.  Mancha con todo y carretón, se dirige hacia el camino y finalmente se decide a comer, pero no se come cualquier tipo de monte, no, lo escoge.

Manuel me cuenta que compró a Mancha hace unos cinco años, lo alimenta bien, le compra forraje y veo por el fornido cuerpo de Mancha, que ha de ser cierto.  ‘Y tambien come gallo pinto’, me dice Manuel.  ¿De verdad? le pregunto,  ‘Claro que si, preguntele al Chico me dice, yo le doy arroz, guineo, de todo lo que comemos nosotros’.

Es tan simpatico y chispeante Manuel, que da gusto platicar con el.  Bromea, hace chiste de todo.  Al verlo, su tremenda pobreza salta a la vista. Viste una maltrecha camiseta, sucia y rota, sin mangas. Ha de haber sido blanca en un tiempo, pero ahora tiene un tono crema.  La lleva puesta al reves.

Me dice que peleó con los del Frente, y le dieron un pedacito  de tierra donde tiene su casa, pero el techo es un colador, las tablas que hacen de puerta no cierran, asi que levanta y empuja las tablas para que pueda cerrar.  Que a esos bandidos, no los quiere, esos no tienen nuestros ideales, me dice.  Le comenté por que no pedía las láminas de zinc que tanto alardean que le dan al pueblo y me dijo que está aburrido de estar yendo a pedir el mentado zinc, y siempre le salen con un cuento distinto, que llegó tarde, que no tiene suficientes personas que lo apoyen, que esto, que lo otro, asi que decidió no regresar nunca más a pedir las tales láminas de zinc.

‘Y yo peleé’, me dice, ‘yo andaba armado con una metralleta, allá en el norte; pero, a mi no me gustan’.  ‘Mireme aqui la seña que tengo de los charneles, cuando me hirieron’, me dice, mostrandome arriba del hombro donde tiene varias cicatrices; ‘tengo uno en la base del cerebro, allí lo tengo todavia. Me dijeron que si me operaban o quedaría tieso, o si no me moriría, pues, que me lo dejen allí.  A mi no me molesta’.

Y continua en voz alta, el pensamiento que le preocupa, ‘pero en cuanto salga un grupo a pelear contra ellos, yo voy a la cabeza’, me dice. Analfabeta es Manuel, y nunca ha aprendido a leer, pero pelear, eso si hizo. Pelear.

Denle Circo al Pueblo

Denle Circo al Pueblo

19 de julio del 2015

18:37

Despues de estar trabajando en el diseño de la casa, revisando medidas, techo, encendí el televisor y se me erizo la piel al escuchar y ver a la juventud gritando consignas con su puño en alto. En cadena nacional. Y los simbolos del demonio, las gigantescas estructuras metalicas de los seis, el numero de la bestia, brillaban en el fondo en todos los colores del arcoiris, celeste, rojo, azul, amarillo, verde, lila, blanco, rosado.

Su sonrisa es de incredulidad y lo delata, ya que en su mirada leo, ‘increible como controlo estas masas’. Los juegos de polvora aturden y el pueblo canta repitiendo su nombre, el líder. Con el calor de Managua, viste una chaqueta café para proteger su debil organismo de los cambios de temperatura.

A las orillas de nuestro lago Xolotlán, se congrega el pueblo en una plaza. Son las diecinueve horas y continuan ondeando sus banderas y la juventud, quien ni siquiera había nacido con el cambio de gobierno, grita lanzando consignas y cantando al son de la música que apabulla los oidos con su fuerte sonido. Se me vinieron a la mente las imagines de la juventud nazi, imagines que he visto muchísimas veces en televisión, y que nos han repetido una y otra vez – que NO vuelva a suceder. Y lo estoy palpando y una sensación fea se apodera de mi.

Justamente el domingo pasado, el sacerdote en la misa comentaba lo que el Cesar decia: ‘denle circo al pueblo y no se dará cuenta de sus problemas’.  Me le acerqué sonriendo y lo felicité por lo bien que había predicado en su sermón sobre asuntos que nos atañen hoy en día, especialmente sobre el chisme, el plato del día en Nicaragua, pero bromeando lo precaví, ‘no me lo vayan a echar preso por decirle la verdad al pueblo’.

Y nada mejor para dominar al vulgo, que mantenerlo ignorante.  Hoy en dia los niños constantemente tienen libre, no tienen clases.  Por una razón u otra, no hay clase. Si hay un leve temblor, leve, que no es motivo de preocupacion en un pais azotado perennemente por leves temblores, entonces pierden clases por la semana entera.  Que si hay fiesta nacional – algo normal en el pais, cada mes- el fin de semana se vuelve un largo fin de semana y por ende, no hay clases en ninguna escuela – asueto nacional otra vez.

Cuando camine a la Venta, le hablaba a unos niños de la importancia de estudiar y aprender, para que el día de mañana sepan defenderse, aprender matematicas, leer, escribir, pero parece, les dije, que no quieren que ustedes aprendan porque siempre estan de vacaciones’.  Vacaciones que no se reponen en el aprendizaje y sumando todas las semanas sin clases, llevan mas de un mes sin aprender.  !Como va a ‘aprender’ el pueblo si esta sumido en la ignorancia! Pero eso si, circo, . . . circo si tienen . . .

La pobreza es relativa

La pobreza es relativa

 1o. de agosto del 2012

17:49

Cuando en Canadá escucho hablar que van a donar algo a una familia pobre, algo como una tostadora, un cuchillo eléctrico, etc. me pongo a pensar en la pobreza en Nicaragua y que esa familia canadiense no es pobre.

Pero definitivamente la pobreza es relativa.  Entre más rico es el país, más pobre se siente el que no tiene los lujos de los ricos. ¿Pero ser pobres?  Definitivamente que no lo son. Pobreza es lo que existe en Nicaragua y los países con una mala economía, países con un mal gobierno, manejado por gente inescrupulosa que se llena las bolsas con las arcas del estado; países con condiciones de vida escalofriantes, sin sistema de salud, sin educación gratuita para la población, por lo que esta se mantiene analfabeta – la manera mas fácil de controlar un país.

Yo veo la pobreza desde otro punto de vista.  Yo veo pobreza en la gente que es pobre de espíritu.  Y no está relacionado con la situación económica o la educación – en absoluto. Es en su manera de ser, su condición mezquina, de malos sentimientos, sin respeto al ser humano, que utilizan la mentira y el chisme en sus actos, o se aprovechan de la ignorancia o necesidad de otros; no se percatan que esta vida es un circulo y todo lo que hacemos a nuestros semejantes, se nos cuadruplicará a nosotros.  Si hacemos el bien, imaginate que bendición, se nos cuadruplicará y a beneficio nuestro.  Pero, si hacemos el mal . .  – no, no estoy hablando de crímenes – hablo de algo tan sencillo como un simple comentario, el quitarles algo que no te pertenece o sea el robar, el no pagar lo justo, la envidia, calumnias, la humillación, la avaricia – no quiero ni pensar en la cuadruplicación de esos actos y que se nos regresarán.

Desde que estaba pequeña, me regí por ‘no hacerle a los demás, lo que no queres que los demás te hagan a vos’.  Simplemente así. Y es esa gente, los pobres de espíritu, quienes viven del chismorreo, los verdaderos pobres . .   Pobres de esa gente.

 Si, pobres de esa gente que van a la iglesia,

compungidamente se golpean el pecho,

rezan sus novenas, rezan el rosario

y después regresan a sus casas

o se reunen a hablar del vecino,

a mancillarles su honor y su honra.

Pobres de esa gente. . . .

Soy Guerrera

Soy Guerrera

16 junio 2014

20:49

Mis recuerdos de niñez, son intensos y llenos de tanto cariño.  Crecí rodeada de amor y amor al prójimo. Amor al campo y a su gente sencilla. Amor al indígena que ha defendido contra viento y marea su vida, su terruño y sus ancestrales costumbres. Amor, al indefenso, al débil, al pobre. Defiendo al  desvalido de todo aquel que lo quiere maltratar. Y aunque de niña era tímida y no expresaba mi opinión, en el fondo tenía mucha fuerza. ¡Y es el día y peleo como guerrera por todos esos que no tienen voz!

Tan es así que estando en un hospital internada por casi dos meses, primero tres semanas, una semana de descanso y después tres semanas más, en mis momentos lucidos, entre tanta droga para amainar el dolor de una operación de ocho horas, caminé a la oficina de la  directora del hospital.  Al no encontrarla, le dejé una nota y unos minutos más tarde, estaba allí visitándome en mi habitación. Le pregunté por qué las enfermeras no escuchaban, ni anotaban mis quejas a la alergia que había comenzado a desarrollar. ‘¿Si cada tres horas me hacen un chequeo de sangre’, le dije, ‘por qué cada vez que viene una enfermera y yo me quejo de la reacción alérgica al esparadrapo, no lo anotan en mi expediente?’. ‘¿No debe cada enfermera escribir una nota de lo que ellas pueden ver en mi piel y de lo cual yo me estoy quejando?’. ‘¿Y cuando les pido que utilicen esparadrapo especial, ese que usan para bebes, ‘micropore’, me cuestionan si soy médico y por qué se yo del tal esparadrapo?’. ‘¿Por qué’, le dije, ‘las enfermeras no cumplen con su deber?’  Asustada me preguntó si había sido alérgica antes y le aclaré que no, pero me sacaban sangre tan de seguido y me cubrían la piel con un pedacito de esparadrapo que me volví alérgica a él.  

Viéndola fijamente a los ojos, le dije a la directora del hospital: ¿Sabe por qué caminé hoy hasta su oficina, drogada como estoy y débil? Yo, me puedo defender, tengo voz, pero lo hago por todos esos viejitos, que no la tienen.  Que si se quejan de cualquier cosa, les contestan de mala gana, amedrentándolos y ellos por miedo no vuelven a quejarse.  Por eso lo hice.  Por ellos.’ La vi que respiraba tranquila.  Por su mente ha de haber pasado la vaga idea de una demanda.

Y el ser guerrera se lo debo a una monja de La Asunción, a Madre Benigna, a  la Adelaida Villa, esa monja nicaragüense llena de bríos que nos enseñaba historia y dibujo. Además de enseñarnos a defender lo indefendible, a pelear por lo justo, a no dejarnos avasallar por nada ni por nadie, nos inculcó el defender lo nuestro, lo nicaragüense, de ese invasor que se aprovechó del indígena, dándole baratijas por el oro nuestro.

Con ese carácter fuerte que tenía, enardecida nos decía en voz alta que nos habían explotado, que  lo único que hicieron en este continente, en nuestra América, fue saquearlo; que asesinaron a todos nuestros indígenas, quienes atemorizados por las grandes bestias, corrían en bandadas despavoridos – nunca antes habían visto un caballo.

Y por todas sus enseñanzas es que comprendo que además de nacer guerrera, es, gracias a ella, a Madre Benigna, que soy guerrera. Guerrera por la justicia, por la honestidad, por el abuso – por todos esos males que aquejan a nuestra decadente sociedad.

Y cuando pienso en ella, en Madre Benigna, la veo en mi mente limpiándose con su pañuelo, el sudor de su cuello y frente cubiertos con velo blanco y con aquel pesado habito morado de lana pura, y la veo paseándose de un lado al otro del salón de clases, hablando enérgicamente y gestionando con sus brazos, para demostrarnos y hacernos entender más claramente, la ignominia que cometieron esos conquistadores; y la escucho levantando la voz y viéndonos a los ojos, para que no se nos olvide la canallada cometida contra nuestros indígenas. Para que no lo olvidemos jamás.  Para que los defendamos.  Aún, varios siglos después.

Y cuando habla de la conquista, levanta entre sus manos la regla de dibujo, la eleva como simbolizando una cruz y la veo como nuestra Rafaela Herrera defendiendo nuestro lago Cocibolca de los invasores.

Pero también la recuerdo impartiéndonos clase de dibujo.  Allá arriba en la terraza, contiguo a la capilla entre los dos edificios, nos tenía sentadas en pupitres enseñándonos a usar el lápiz como regla para medir la distancia, que el infinito está al fondo y hacia esa dirección van las líneas del dibujo, y que todas se tienen que encontrar. La perspectiva, tan vital para hacer un dibujo.  Y son esas bases de sus enseñanzas de dibujo las que me han servido para ahora concretizar esa semilla de artista que inculcó en mí ya que hoy, pinto al óleo.

Cuando recuerdo a Madre Benigna, sonrío con cariño hacia esa mujer fuerte que tuve la dicha de tener como profesora en mi niñez. Esa mujer. . . . que me hizo guerrera.

 

El cariño verdadero

  • El cariño verdadero

    25 de Julio del 2013    17:57

    Cuando Eric, un muy buen amigo de nuestra juventud, me llamó por teléfono dándome las gracias por haber cuidado a Marlene mi hermana, durante su enfermedad, pensé que era absurdo que me diese la gracias, porque, el cuidar a Marlene a quien quiero tanto – tanto porque el cariño verdadero no muere –  era algo innato en mi – nunca lo pensé dos veces.

    A Marlene la puse a cargo de mi nieta Emma Christine, como de seis-ocho meses, que la cuidase, se la ponia a su lado en el sofa para que se acurrucase con ella, que la mimase, que le cambiase el pañal, que Marlene se sintiese que era útil y que no estaba allí vegetando en mi sofá de cuero – el único lugar donde podía dormir bien ya que la cama la sentía muy dura – y la quería tanto a Emma Christine, que la llamaba ‘mi princesa’.

    Fue con Marlene y conmigo que Emma Christine aprendió a gatear.  Marlene le ponía sus manos detrás de sus piecitos para que se pudiese empujar, Marlene le colocaba un juguete al frente para que la bebe lo viese y tratase de alcanzarlo, Marlene la instaba a gatear, le hablaba suavemente, le sonreía llamándola.

    La muerte de Marlene fue algo terrible; fue como si me arrancasen un pedazo del corazón.  Me tomó muchos años el tratar de recuperarme y aun hoy en día que pienso en ella, se me salen las lágrimas. E incluso ahora que escribo, las lágrimas corren por mis mejillas.  Ya no tengo con quien recordar mi niñez – tenía una mente prodigiosa y recordaba hasta el más mínimo detalle. Y para Bayardo que estuvo pendiente de ella, cuando ya no podía caminar, quien la soportaba entre sus brazos y le aseguraba que estaría bien y para mis hijos, fue también un golpe muy fuerte.  Su tía  con la que compartíamos navidades, cenas de año nuevo, cenas de acción de gracias; la tía con el sentido financiero bien agudo, la que planeaba todo, la que razonaba con mucha lógica, la tía cariñosa, bromista, aunque los chistes no los entendiese muy bien, no los captase y se riese mucho tiempo después de contado el chiste, la tía que le encantaba bailar, pero bailar como le había enseñado el profesor, casi profesionalmente, la que dependía tanto de mi opinión, aunque fue hasta muchos años después que me percate de ello, la que  era tan independiente, pero que en realidad dependía mucho de mí. Mi hermana inseparable. Marlene.

    Y fue ese cariño profundo a mis hijos, a los que veía como sus hijos, que paseaba con ellos y les regalaba viajes y se los llevaba de vacaciones, a los que aconsejaba, los que la bromeaban, que hicieron que mis hijos sintieran ese gran cariño por su tía Marlene. Esa familia que estaba lejos, la suplió mi familia, que era su familia.  Los paseos en nuestra lancha en el Lago Ontario, a la casa de campo, a tomarnos una copa de vino, a caminar por las calles, a nuestros viajes a subastas, a las ventas de jardín; como gozábamos comprando.  Era nuestro pan de los sábados.  Hacíamos nuestra lista y ella al volante, daba vuelta en redondo a media calle, si se nos había escapado una. Y los pasteles hechos en casa que comprábamos y nuestras vasos de limonada que vendían los niños en los jardines, y nuestras platicas y carcajadas negociando la mercancía y  donde la colocaríamos y la intriga de la gente al vernos como nos reíamos y que éramos hermanas y tan distintas físicamente, pero tan unidas. Unidas por ese cariño verdadero.  Nuestros viajes sabatinos eran toda una inolvidable experiencia.  ¡Y como los añoro!

    Y ya enferma, cuando dudaba, allí estaba yo asegurándole que todo estaría bien.  Y me tragaba mis lágrimas y sacaba fuerzas de no sé dónde y le hablaba con una seguridad increíble y le confirmaba calmamente que viviríamos día a día. Y eso fue lo que hicimos.

    A Emma Christine la continué cuidando yo y cuando andaba gateando por el suelo, yo le extendía mis brazos, y le decía, ‘Emma, veni’ , ‘Upa’, y ¿saben lo que hacía Emma Christine?  Se sentaba, alzaba sus dos bracitos para que la cargase y volvía a ver – sobre mi cabeza – hacia arriba de mí.  Nunca me vio a mí. Veía a su tía abuela Marlene.  De eso estoy segura. Ese cariño verdadero de Marlene, traspasó el tiempo y la distancia y aun después de su desaparición física, Emma Christine continuaba viendo a su tía abuela Marlene.

Las Hojas de Higo

Cuando llego al lavandero, huele a higo, a hojas de higo y cierro mis ojos y me sonrío extasiada cuando me percato que el olor proviene de la hoja que le arranqué a la estaca de higo que he sembrado.  La que me regaló Silvia Elena se secó – Carlos mi cuidador de seguro no la regaba a diario – y he estado tratando de pegar varias estacas.  Algo difícil me he dado cuenta, ya que de las tres veces que he sembrado estacas y cortadas según la luna, hasta ahora hay una estaca que finalmente está retoñando. Una, solamente una, de las veinte y tantas estacas que he sembrado.

Como soy jardinera casi profesional, siembro estacas de arbustos que me gustan y si saboreo una fruta que tiene excelente comida, buen sabor y pocas semillas, las guardo y preparo mis bolsitas con tierra del campo y las siembro con amor y riego con agua de lluvia.  Y todos los días que me acuesto en mi hamaca que cuelgo en el patio, reviso el almácigo de mi vivero para ver si las semillas germinaron.  Es mi tarea diaria. Y me he dado cuenta que mi jardín, mi vivero, me produce tanto placer que el tiempo se me pasa sin percatarme. Y Carlos mi cuidador, al ver el enorme vivero que tengo, dice que tengo excelente mano, ya que todo lo que siembro germina o retoña.

Ese olor a higo, a miel hecha con hojas de higo, es exquisito.  Me remonta a mi niñez. Y cada vez que llego al lavandero, mis sentidos se extasían con el olor a la hoja de higo seco – tan fuerte su olor que aun después de diez días, todavía lo siento.  Y respiro profundo, tanto, que invada mis sentidos. Y cierro mis ojos e imagínome comiendo buñuelos de yuca con miel hecha con hojas de higo. Y no boto la hoja de higo.  Esta allí aún.

Increíble lo que son nuestros sentidos. Algo tan sencillo como ese olor, aviva en mi memoria sentimientos de felicidad. Es el placer que me proporciona pensar que como de esos ricos buñuelos con miel hecha con hojas de higos.

Y un día que caminaba por la calle, un viejito anunciaba sus buñuelos a la venta.  Me detuve preguntándole si eran de yuca; ‘por supuesto que sí’, me contestó, como diciéndome, de que otra cosa podrían ser los buñuelos que vendo.  Así que le compré buñuelos de yuca.

El viejito camina con su pana de buñuelos sobre una vieja silla de ruedas que empuja. Y como entablo conversación con el pueblo, sé que su esposa está inválida, pero es ella quien prepara la masa de yuca y queso para los buñuelos, que el sale a vender. Me produjo una enorme tristeza, verlo en su vejez, continuar trabajando, caminando por toda la ciudad, empujando su pana de buñuelos.

¿Qué les puedo decir de esos buñuelos? ¡Que saben a gloria! Cada vez que veo al viejito, le compro veinte córdobas de buñuelos, que guardo en mi refrigerador, porque no puedo ni debo comérmelos todos.  Y todas las noches, me doy el gusto de saborear dos exquisitos buñuelos de yuca con miel hecha con hojas de higo.  ¡Qué olor y sabor más exquisito!

15 de febrero del 2014  

15:47

La Denuncia

La Denuncia

22 mayo 2014

23:35

Hace muchos años en que el país estaba en medio de tribulaciones, sucedió algo que no he podido olvidar, dejando en mi ser una marca indeleble. Cuando me lo dijeron me enojé y sentí repugnancia. Y no hablo sobre asuntos negativos, los relego en mi mente aunque estén allí, latentes.

Crecí creyendo que la gente es básicamente buena, aunque como toda regla, tiene su excepción, y siempre hay y habrá una mala semilla.  Y cuando pienso en ese tipo de personas, me molesta su actitud.

Fue durante la guerra. Vivíamos en un vecindario tranquilo, conocía a mis vecinos, nos saludábamos los más cercanos, y con varios de ellos aún mantengo la amistad. Nos unía, el perro que criábamos, o las flores que habíamos sembrado en nuestra casa recién comprada, o la verja que estábamos instalando y así . . . acontecía nuestra vida diaria de recién casados casi todos. 

Los vecinos de la esquina, ya retirados, esperaban a mis dos pequeños hijos todas las tardes que Rosa, su nana los sacaba a pasear por la acera. Les regalaban un caramelito a cada uno de ellos, así que mis niños era visita casi obligatoria donde estos vecinos y ellos les decían cariñosamente a mis niños, ‘los caramelitos’.

De repente estalló la guerra, el dolor y la necesidad.  Decenas de personas pasaban por nuestro vecindario huyendo del horror de la guerra, porque en su zona, los estaban atacando por aire – no a ellos, a los guerrilleros – y enormes barriles con gasolina eran lanzados de helicópteros estallando al caer por tierra. Y en sus casas eran aterrorizados por los guerrilleros armados que se escondían en sus viviendas, y se llevaban lo que necesitaban y que de un momento a otro podrían ser atacados. 

Las historias de horror de estos refugiados, me conmovían; compartía con ellos nuestra comida, que cocinaban en sus improvisados fogones, formados por tres piedras. Dormían en las casas vacías, aun no vendidas y en cuanto había un poco de calma, continuaban su viaje a un destino tal vez incierto, desconocido.  Y así desfilaron muchas familias por mi vecindario. 

Y un día sucedió lo inconcebible.  Lo que nunca hubiese imaginado que un ser humano podría hacer contra otro ser humano. Una mujer, de principios, decía ella, quien había sido monja en un convento, estudiado en Francia, una persona a quien todo mundo catalogaba de buena, católica, honesta, delató a la familia de un militar. No recuerdo donde era su casa exactamente, creo que era la casa esquinera más cercana, pero eran nuestros vecinos; allí vivía con su esposa y sus pequeños hijos, y esta mujer, sin miramientos, ni tocándose el alma, vendió su conciencia al mal.  Porque eso es ser malo.  No encuentro otra palabra para describir esta acción. ¿Cómo puede un ser humano ser tan infame?

¡Sé que cuando estamos en grupo nos volvemos feroces lobos salvajes – al grito de uno solo atacamos sin piedad – pero rumiar esta denuncia y llevarla a cabo! Como pueden estas personas dormir tranquilas después de haber hecho tanto mal.  Sus conciencias no las han de dejar en paz,  porque un ser humano no puede, ni debe, ser tan ruin, ya que lógicamente, ‘no se le hace a alguien, lo que no quieres que alguien te lo haga a vos’.  Esa es la ley de la vida. Y como decía Benito Juárez, ‘el respeto al derecho ajeno es la paz.” Y uno debe aprender a convivir y no ese fanatismo extremo que nos lleva a hacer actos de esa categoría.

Mi tío Hans, el tío de un amigo suizo, quien era como nuestra familia cuando vivíamos en Paris, nos contaba como los habían denunciado por una taza de azúcar que consiguieron a escondidas durante la Segunda Guerra Mundial. Enardecido nos relataba esta vil canallada, y aun podía ver en su rostro la ira que esto, aun después de tantos años, le causaba.  Es que la traición es uno de los peores delitos que un ser humano puede cometer.  

Tanta Hambre

Tanta Hambre

11 de noviembre del 2013

22:26  

Hoy, ya Juan Carlos tiene como 73 años. Su vida, la de él,  comenzó a los catorce años y con dos córdobas en la bolsa.  A sus hijos les había proveído todas sus necesidades, habían ido a la universidad también y su vida, la de él, es como para no quedarse callada.

Vino una tarde a visitarme y me comentaba que eran varios hermanos y su mamá no ganaba lo suficiente para mantenerlos y a veces se pasaba el día sin comer. Pero su mamá lo crio  pobre, pero decente. ‘Nunca pidas comida’, le decía.  ‘Allá me iba yo al arroyo’, me dijo, ‘y cortaba ramas de jocotes, me las restregaba contra la ropa para quitarles el polvo y masticaba la hoja y escupía el bagazo’.  ‘No tenía jocotes el palo, sabes’, me decía, ‘pero la hoja sabe a jocote también, y así engañaba el estómago’.

La vecina, doña María, a veces me llamaba, ´Juan Carlitos, vení, ¿ya comiste?’ me preguntaba, y yo le contestaba que sí; ‘no es cierto’ me decía ella, ‘tu mamá no ha regresado de trabajar, vení, sentate aquí a la mesa’ y me servía mi plato de comida.  Cuantas veces ella me mató el hambre’, me dijo.

‘Y cuando llegaba donde Mama Verónica y Papa Carlos, así les decía yo’, me dice, los saludaba con mis manos juntas, dándole los buenos días o buenas tardes; así me habían enseñado’ y si estaban comiendo, me sentaban a la mesa. ‘Yo todo remendado’-se sonrió- ‘mis pantalones con parches, descalzo, allí sentado a la mesa con todos ellos’.  Me regalaban pantalones de los muchachos y cuando Mama Verónica me preguntaba por ellos, al verme todo parcheado, yo le contestaba que allí estaban; ya en la casa le preguntaba a mi mamá por los pantalones y me decía, ‘Juan Carlitos, los tuve que vender, porque no teníamos para comer’. Y cuando le daban su comida, ella no se la comía, sino que nos la llevaba a nosotros para que comiéramos.

Lo escuchaba yo a Juan Carlos y se me partía el alma; tanta hambre que pasó de niño, tanta penuria. Me sentí culpable de mi ignorancia hacia su sufrimiento de niño. Hablaba sin resentimiento, de esos  recuerdos que nunca se olvidan. Pero que bien que lo crió su mamá -creció para ser un hombre de bien. 

La recuerdo a ella, su mamá, levemente – la lavandera de mi abuelita- cuando yo era pequeñita.  Recuerdo que cuando estaban contando la ropa, para saber cuántas docenas eran y cuanto pagarle, nosotros nos tirábamos sobre la ropa en el piso.

Tanta hambre que hay y nosotros no nos percatamos de las tribulaciones de los demás y sobre todo los niños.

Y hoy que caminaba apresuradamente para el Ministerio Publico, sentado tristemente en una grada, estaba un niño.  Y aun con mi paso apresurado, lo noté e inmediatamente me regresé.  Estaba con su uniforme de colegio, su camisa blanca toda sucia -con cara de varias puestas- y acercándome a él, le pregunté, ‘¿qué te pasa?’ y me contestó, ‘tengo hambre’.  Y agarrándolo de su manita, ‘veni’, le dije, ‘vamos a comer’. Se llama Ángel (en inglés), tiene siete años y está en segundo grado.  Me dijo que vivía con su mamá, quien vendía frutas en el mercado, pero que no tenían que comer.   Lo llevé a una panadería, le compré un pan grande con pasas y un jugo de manzana, y mientras se lo comía todito y mi interrogatorio, me comentó que como venía corriendo, se había caído y estaba todo sucio. Que sucio no iría al colegio, que se iría a cambiar, me contestó, cuando le insistí que conozco a la directora de su colegio – lo cual no es cierto – y que hablaría con ella. Me repitió que sucio, no.  Le pedí a la empleada que me diera unas servilletas húmedas y comencé a limpiarle la cara, los brazos y sus sucias manitas. ¡Sí que estaba sucio! Se fue donde su mamá y me dijo que no iría al colegio así sucio como estaba. 

Que terrible la situación que continua imperando en el país.  Nuestros niños siguen sufriendo hambre.