Hoy es primero de mayo

Hoy es primero de mayo

Por la espina dorsal me recorre
un terrible escalofrío.
Hoy es primero de mayo.
¡Y cuantos desaparecidos!

Se me eriza la piel del horror,
y no puedo dejar de pensar en su dolor.
Solo pienso en esas madres,
buscando a sus hijos.

Razones para la desaparición hay muchas,
miles dirán,
pero no justifican esa acción.

A pesar de no compartir su ideología,
sigo pensando igual,
nada justifica una muerte.

No dejo de sentir
ese terrible escalofrío.
¿. . Y sus hijos, . . . donde están?
¡Amen por los desaparecidos!

1º. de mayo del 2008
Toronto, Canadá
8:18 am

Mi Azucena

Mi Azucena

1 de diciembre del 2013

16:27

Hace como dos años pasé la Semana Santa en el Balneario Las Peñitas, León, Nicaragua. En el jardín de la casa frente al mar, florecía una azucena. Era rosada, de pétalos finos y alargados y estaba cuajada de chotes. Que linda se veía.

Pedí que me regalasen una cebolla y la sembré en el jardín de la casa. La veía crecer y crecer y crecer – se volvió gigante – pero nunca floreció. Crece a la orilla de un muro pero uno de estos días, casi dos años después, al ver la planta del otro lado de la pared, noté que detrás de la planta estaba tronchado un capullo de la azucena. Me alegré de haber ido de ese lado, ya que logré ver el capullo de la flor – era enorme. Lo corté con su largo y grueso tallo y lo puse en un recipiente grande para que pudiese sostenerla y lo llené de agua de lluvia y lentamente comenzó a abrirse.

De ese capullo han brotado chotes de color fucsia que poco a poco se han convertido en más de veinte y tres flores y al abrirse cada chote, sus alargados y finos pétalos blancos, con el fondo fucsia, se ven rosados. Todos los días es un espectáculo distinto que alegra mi día. Ya han pasado más de diez días y mi azucena continúa floreciendo.

¡Que bellísima que es mi azucena! Huele a, . . . . huele a . . . . . Azucena por supuesto.

Los ojos de mi papi

Crecí en un mundo feliz.  Algunos dirían que irreal. Nunca me di cuenta de maldades, ni intrigas, ni odios, ni ninguna cosa negativa.  Sera que mis papas nos protegieron del mal y yo crecí hasta cierto punto ‘ingenua’.

Algo a lo que siempre le di importancia, fue a la belleza. Belleza, no importa qué tipo de belleza, si física, si espiritual. Belleza en todo el sentido de la palabra. Y esa belleza incluye un rasgo, una sonrisa, una expresión en el rostro, un sentimiento noble, una puesta de sol, las pisadas en la arena, el canto de un pájaro, así como el trote de un caballo o el ágil salto de un ocelote.

Y aunque le oigo decir a parientes y amigos de mis papis que yo de pequeña era linda, mis papis nunca me lo dijeron. Nunca. Y tuve unos papas fabulosos.  Tal vez no querían que me volviese engreída. Y crecí tímida, que no le dirigía la palabra a nadie. Nunca bailé, aunque me encanta el baile, sobre todo el merengue, el cual lo encuentro muy sensual. Me gusta cantar y canto a todo pulmón, aunque no tengo buena voz, y como me gustaría saber cantar. 

Y cuando por primera vez escuché mi voz en un programa de radio donde pedía ayuda para los damnificados al deslave del volcán, me percaté, al escucharme, que el tono de mi voz era bajo, y me sorprendí, yo quien siempre pensé que tenía voz aguda. Y me encanta la música, y aprendí solfeo en la universidad para poder leer las partituras de música y entonar cualquier melodía.

Y aunque crecí en un ambiente muy sano e ingenua, mi sexto sentido y ‘alguien ’ que me protege, está siempre allí por mí.  Y me digo que tengo una estrella, aunque bromeo también que nací ‘estrellada’ con todos los problemas de salud que he heredado. Y como me dice mi amiga Ilse, ‘pero Mimiya, si el día que vos naciste nació toda una constelación’ y me sonrío y le agradezco ese cariño incondicional de amiga.

Y aunque me vea al espejo todos los días para ponerme crema o peinarme, nunca, casi nunca me ‘veo ’ a fondo.  Y es muy pocas veces, pero poquísimas que yo me detengo frente al espejo a observarme el rostro.  Y hoy que me pintaba una rayita en el párpado, vi en mis ojos a mi papi.  Si, al verme fijamente en el espejo, vi a mi papi que me regresaba su mirada.  Y me sorprendí al ver sus ojos, y me quedé viendo en el espejo y me dije, ‘si son los ojos de mi papi’.  Y aunque muchas veces la gente me lo ha dicho, y yo veo el tono de mis ojos, fue hasta hoy que me percaté que sí, tengo el mismo color de ojos que mi papi.  Y me sonreí de felicidad.  Y aunque con el tono de mi ropa, mis ojos cambien de color, que si son celestes, que si verdes, que si azules, que si lilas, que si grises, fue hasta hoy que vi a mi papi en mis ojos. Fue como si mi papi, desde el espejo, me regresase su mirada.

Salí muy contenta de mi habitación. Mi papi siempre está conmigo.

29 de marzo del 2014

20:34

Llueve de a poquito

Llueve de a poquito

20 de diciembre del 2013 

16:07

Adormilada en la madrugada,  escuche que llovía, pero no abrí mis ojos para no despertarme.  Llovió por poco tiempo ya que cuando me desperté como a las siete de la mañana, brillaba el sol. Pero todo el día ha estado lloviendo, lloviendo de a poquito, lo que es raro para esta época del año. Se nubla el cielo, los pajaritos vuelan para acá y para allá, llovizna levemente y luego vuelve a brillar el sol y el cielo se torna celeste, de ese celeste que tanto me gusta.  Celeste, color cielo de Nicaragua, digo yo.  ¡Así lo describo!

Y con ese gran sol, me salgo al patio a acostarme en mi sombreada hamaca y continuar escribiendo, pero casi inmediatamente tengo que regresar a mi mecedora, ya que comienza de nuevo a lloviznar.

Me gusta la penumbra cuando va a llover.  Poco a poco va desapareciendo la claridad del sol, el cielo se torna gris obscuro y nos envuelve la penumbra.  A mi mami no le gustaba la penumbra.  Le daba tristeza, me decía. Pero es que ahorita son las tres de la tarde, por lo que es raro que estemos en lo obscuro.

El clima ha cambiado mucho; ahora amanece más fresco por las mañanas, con el mismo frescor del campo. El Volcán  Mombacho se ve cubierto por nubes, lo que presagia lluvia decimos aquí en Granada y un fresco viento mece las plantas y de pronto comienza a llover de nuevo, refrescando el día.

Todos los días, llueve de a poquito, pero llueve.

Las Anécdotas de Toño

Las Anécdotas de Toño

12 de noviembre del 2013

19:27

Toño fue el hijo de casa de mi suegra, la Julita. Hoy Toño tiene cincuenta y siete años y me dice, ‘cada año, en el mes de mayo cumplo un año más’, y me asegura, pero dudoso, ‘como que es el primer día del mes de mayo, pero no estoy seguro.  Mi mama me decía, “vos cumplís años cada año del mes de mayo”, pero nunca le pregunte a mi mama el día’. 

Toño es analfabeta, de buen corazón, honrado y fiel a la familia.  Pero terco, como el solo. Ahora es el cuidador de la casa.

Toño nació en Chontales y fue criado aquí en Granada. Toda la familia se vino aquí a Granada cuando estaban pequeñitos. Su papa Ventura Gonzalo Castillo y su mama Luisa Dávila; ‘y estoy reconocido´, me asegura, ´pero me gusta más el apellido de mi mama así que yo soy Dávila Castillo´.

Tiene dos hijos, analfabetas también, que se ganan la vida vendiendo dulces en las calles y el otro, quien es menos inteligente, vende guineos en un carretón que empuja por las calles de la ciudad. Moncho, este hijo, pues no recuerda cuando nació.

Toño tiene un modo peculiar de hablar. Me gusta su idiosincrasia. Su sinceridad y su estilo de hablar. Pero es terco como el mismo. Le había dicho que si quería, regara cada bolsita de mi almacigo pero que el agua no sea muy fuerte y que no tirara la manguera al patio, que la dejara al borde donde está la hamaca ya que quiebra las estacas sembradas. Le quité el oficio de regar, algo que a mi me gusta hacer, porque . . .  bueno, no entendía.  Un día que regresé a la casa por la tarde me dijo que había regado las plantitas; le di las gracias como siempre pero al ver más tarde que había de nuevo tirado el pico de la manguera al patio, le dije que mejor no las regara, que a mí me gusta hacerlo y que no debe tirar la manguera al patio.  Me contestó enojado, que ‘el nunca quedaba bien’. ‘Yo por hacerle el favor’, me dijo.  Di media vuelta.

Me encanta oírlo decir que ahora que ‘funigue´ los zancudos’.  Y no es solo el, es el pueblo entero quien dice ¡funigar! Y me cuenta que antes  ‘ganaba setenta pesos la semana y cuando ganaba cien trabajando el domingo, era más lo que ganaba’, me dice. Y como he estado resfriada me recomienda que ´tome de esos ´mecamentos´ que me van a asentar bien para la salud´. Me cuenta también que José ‘Grabiel’ el vecino, lo recomendó para un trabajo, y así, son interminables las expresiones de Toño. Y si ve al cielo por las noches me comenta, ‘ese lucero brillante “parparea y parparea” toda la noche’.

Me da tristeza que en mi tiempo aun haya gente analfabeta.

‘Es que esta novela’, me dice, ‘es como fea la música, es diferente, pero es como bonita’; ‘es algo como, quedadita’ y no sabe Toño como describirla. ‘Hermosa la muchacha’, comenta al ver la novela que está comenzando. Toño me recuenta la novela casi al mismo tiempo que está sucediendo; le repito que no me cuente la novela, porque yo también la estoy escuchando mientras escribo, pero como es terco, no pone atención a lo que le digo, y continua incansablemente, recontándome lo que sea que ve en televisión.

Dice que Don Marianito el vecino le decía, ‘Jovero Toño, como que comiste lora, de tanto que hablas’.  Y cuan cierto es.  Habla interminablemente. Si va a hacer algo, como barrer la acera o el patio, me lo repite varias veces, como pensando en voz alta justo antes de hacerlo, como para que no se le olvide.

Sale todos los días a trabajar y trabaja incansablemente los siete días de la semana. El repella paredes, arregla tejas, pinta, casas así como muebles, encaña los techos, lustra zapatos, etc.  Uds. pregunten un oficio y Toño lo hace. A veces lo escucho saludando a la gente en la calle, se detiene y les platica, en medio del mandado que le han encomendado, y como buen nica, habla en voz alta, por lo que me doy cuenta cuando se despide del que encontró en la calle a casi una cuadra de aquí.

Con Toño he aprendido a tener más paciencia, porque no puedo exigirle mucho.  Es honesto y sincero y te dice las cosas de frente, sin pensarlo dos veces. Le aseguro, de vez en cuando, que con nosotros siempre tendrá un techo donde dormir.

Mi Raspado de Fruta

Mi Raspado de Fruta

9 de marzo del 2014

20:26

El viernes que fui a Masaya, al andar por el Parque San Jerónimo, pasé la Iglesia del mismo nombre, caminé en la sombreada  acera y me detuve un poco más adelante, bajo la sombra de un enorme árbol, a esperar un taxi.  Había una caseta en esa acera, a la que no le  puse atención, pero al estar esperando el taxi que fuera en la dirección en que yo iba, de repente escuché un sonido que me es muy, pero muy familiar. Ras, ras, ras, se oía. El sonido del cepillo para hielo, ese cepillo metálico raspando el hielo para hacer ¡raspados!

Me acerqué inmediatamente a la caseta y pregunté ‘¿vende raspados?, me contestó afirmativamente, y mi siguiente pregunta fue, ‘¿que sabores tiene?’ ‘De piña, relleno, de leche, me contestó.  ‘Uno de piña’, le dije.  ¡Me moría de la sed, la tarde estaba bien caliente y que mejor que un buen raspado y de fruta!

¡Ese raspado me supo a cielo! Saboreé cada cucharada. Me sentí como en mi niñez, gocé cada pedacito de hielo y  mientras lo probaba, pasó un taxi y le hice señas que se detuviera mientras la señora rápidamente buscaba una servilleta para dármela; corrí a subirme al taxi y como siempre, entablé conversación con el chofer. Le hablé de lo rico que estaba mi raspado, que me han gustado desde niña, y cada vez que tengo oportunidad, como raspado.  Me comentó que a él le gustaba de leche. ‘A mí me gusta el raspado de frutas’, le dije, ‘y casi siempre tamarindo o piña.  Y esta señora se ve bien limpia’. 

Y me acorde cuando salíamos del colegio e íbamos a enseñar Catecismo, al regreso pasábamos por los Raspados Lory.  Allí nos deteníamos siempre, a saborear nuestro rico raspado. Me recuerda al Padre Areas, a quien nos encontrábamos después de enseñar el Catecismo.  A ese Padre Areas a quien tanto cariño le teníamos.  Como lo bromeábamos y como nos soportaba.  Y cuando estábamos pequeños e íbamos al mar, mi mami llevaba su cepillo para el hielo y gozábamos comiéndonos un rico raspado, con el sirope hecho en casa.  Así que desde pequeña, me han gustado los raspados, y me siguen gustando.

¡Me deleito comiendo raspado!  Es un gusto que me doy cada vez que puedo y con sirope de frutas! Y en Granada, frente al Parque Colón, o sea, a un costado de la Catedral, venden Raspados Lory.  Y le cuento a la señora que atiende, que desde que estaba pequeña los como, que comenzaron vendiéndolos en León  y que me encantan.  ¡Me remonta a momentos felices de mi niñez! A alegría.  A risas. A bromas, y gozo, aun hoy, comiéndolo.  En una tarde calurosa, como en este verano, nada mejor que un rico raspado de frutas. 

Los muros ocultos – CUENTO

Cuento

Los muros ocultos

8 de febrero del 2014

20:12

El viejo chofer se sentó en el banco y como pensando en voz alta, como si continuase una conversación que había tenido con el mismo, dijo simplemente: ‘Lo llevé en su vehículo como todos los días. En las cuestas camino a la hacienda, el jeep resbalaba; varias veces estuvimos a punto de caer al barranco. Salimos temprano a ver el ordeño y la vaca recién parida.  ‘Que suerte patrón’, le dijo el mandador al llegar, ‘sus vacas solo hembras paren.  Que suerte tiene’, le repitió.  ‘A la señora le va a gustar que sea ternera la recién nacida. A ella le gusta el ganado, patrón.  Pregúntele que nombre le quiere poner’.  ‘Está bien’, le contestó. Él siempre amable, educado, sensato, agradable.

Y continuó. ‘Regresamos al medio día.  Ella, la esposa, le tenía preparado el almuerzo – es que ella prefería cocinarle especialmente a él.  Cuando el patrón subió a bañarse, yo le comenté a la señora, ‘Hubiera visto las veces que patinó el jeep, en esos caminos; están resbalosos con la lluvia, señora’, le dije.  ‘Me las vi de a palito’, le comenté.  Y allí fue cuando ella comenzó a planearlo más en serio; si, la idea del accidente.  Allí en esas cuestas lodosas  seria el lugar perfecto. Sí, eso era lo mejor – parecería un accidente.

La vieja casona de la hacienda, de anchas paredes y muros ocultos había sido el lugar perfecto.  Allí entre los muros,  esos anchos muros que ocultaban los muros ocultos, allí estaban los restos – esos restos que nunca se hallaron; como los iban a encontrar si estaban dentro de los muros ocultos.  Bañados de cal, sin nada por dentro.

Es que, no sé, se le hacía tan fácil el matar.  Gente que se vuelve inoportuna, pues, nada mejor que quitarla del camino.  Y así lo hacía.  Sin remordimiento, sin preocupación, sin . . . .  nada.  Y quien iba a sospechar de ella.  Ella, tan cristiana, tan buena gente, tan amable y dispuesta a ayudar a cualquiera. 

Vestía sus pantalones vaqueros y esas botas que tanto le gustaban; se miraba como la verdadera hacendada que era. Y además le gustaba cocinar, platos sencillos y delicados, con que atendía al marido. Él se babeaba por ella, y más al verla lo buena que era. Y sobre todo cristiana.  Lo que decía o planeaba, estaba bien.  Paseos al mar, a la ciudad a almorzar, lo que fuese, él feliz si estaba con ella.

Así que a diario, viendo sus movimientos, calculando la oportunidad, ella planeaba y planeaba.  Se fue un día con él en el jeep, los caminos resbalosos, usted sabe,  y, pues yo no la vi, pero ha  de haber enfilado el jeep hacia el barranco con él adentro – ella saltó antes – porque ella  salió ilesa.  Igual a como yo le había contado de los viajes a la hacienda, así fue el accidente. 

Pero esta vez, sí que hubo entierro, en una caja sencilla, sin lujos, a como era el patrón.  Esta vez sí que habría que hacerle los honores.  Allí todo el campesinado vestido de negro señora.  Si, les regaló camisas negras a todos los empleados y todos ellos asistieron al entierro del patrón.  Le llevaron flores, muchas. Pero le cerraron la tapa al ataúd, para que no lo vieran.  Yo fui el único que lo vi. Estaba todo morado señora, de los golpes que recibió en el barranco. Esa caída era segurísima muerte sabe.  Fue difícil sacarlo de allí.  Yo lo metí en una bolsa y todos los mozos ayudaron,  esperando encontrarlo con vida, pero que va, de esa caída no se salva nadie.

Nadie la cuestionó.  Lo que ella dijo es lo que todo el mundo creyó, pero, no señora, yo sé la verdad’. ‘Si, señora´, me dijo,  ‘para que se lo voy a negar, pero eso era antes, no me importaba, pero ahora no señora, ahora soy cristiano’. ‘No la agarraron nunca, sabe.  Allí está en su hacienda’,  me repitió.  ‘Vive con su hija, tranquila.  Pero usted sabe señora, ella va a caer, como que se lo estoy diciendo, porque ¿sabe qué? entre cielo y tierra no hay nada oculto’, terminó de contarme. 

 Así lo aseveró. Como queriendo confirmar en voz alta, lo que por dentro le corroía el alma. Se quedó pensativo.  Acaso pensaba en el muerto . . .  y en los muertos de los muros ocultos.

 

Vacaciones en la Hacienda

Vacaciones en la Hacienda

31 de enero del 2014

13:04

De pequeña pasábamos nuestras vacaciones en la hacienda de mis abuelitos maternos, Carlos Arana Etienne y Verónica Gorlero Moncada, por lo que  viajábamos en el tren; un viaje para nosotros fabuloso en que el tren se detenía en cada estación y las vivanderas subían a vender sus productos:  empanadas, chicharrón con yuca, tajaditas con repollo, muñecas de trapo, juguetes de madera, ollitas de barro – hasta que se detenía allí en La Paz Centro, donde nos bajábamos a una hermosa y abandonada estación, con caballos amarrados a los postes de los corredores y sus campistos con sus compras amarradas de sus alforjas.

Allí esperábamos  las carretas que mi abuelita mandaba para llevarnos a la hacienda; bajábamos felices del tren – eran nuestras vacaciones grandes en una hacienda con ganado, caballos, quebrada,  arboles de guayaba y de mango, peroles de frijoles cocidos, cuajada y queso recién hecho, gallinas, chanchos – y allí en la estación y después de comernos nuestro riquísimo quesillo y tomarnos una deliciosa jícara de tiste, hecha expresamente por Anita, para cada uno de nosotros, quien nos  preguntaba si lo queríamos batido con el molinillo,  ‘con anillo’ o ‘sin anillo’; por supuesto que pedíamos nuestro tiste con anillo, porque al batir el tiste con el molinillo de madera entre sus dos manos y ella ensartarle el  anillo al molinillo, producía más espuma y eso nos gustaba.  Esperábamos a que cargaran todos los enseres  en las carretas y montados a caballo, salía la caravana rumbo a la hacienda.

Viajábamos por un camino de tierra, sombreado y lindo – así lo miraba yo – entre cercos de alambre de púas y predios vacíos y secos, nos encontrábamos con jinetes  que nos saludaban al pasar y  ya casi al llegar a la hacienda y poco antes de doblar a la izquierda, saludábamos a la Lupe, quien vivía en su ranchito con sus hijos hacia el lado izquierdo del camino – una de nuestras salidas a caballo en la hacienda, era ir a visitar a la Lupe y comer jocotes tronadores que crecían en su pequeño predio – cruzábamos la quebrada que corría con poca agua cerca de la arboleda de riquísimos mangos, y al vernos llegar a la hacienda, salía un campisto corriendo del corral para abrirnos el portón.

Cruzábamos el corral, vacío a esa hora ya que el ganado andaba pastando y pasábamos al patio cercado donde estaba la casa hacienda.  Los campistos habían regado el limpio patio y se sentía el frescor del gigantesco árbol de tamarindo que daba sombra al patio de la casa  hacienda.

La alegría de nuestros abuelitos al vernos se combinaba con nuestra excitación al llegar a la hacienda. Revisábamos la casa, preguntábamos donde íbamos a dormir, nos asomábamos a la cocina, corríamos al patio y recogíamos tamarindo que le llevábamos a mi abuelita, quien nos decía que con esos tamarindos haría fresco para que tomáramos.  Que felicidad nuestra llegada a la hacienda.

Habían taburetes de asientos de cuero, hamacas colgadas, un árbol de una guayaba riquísima y fácil de escalar, y corríamos por doquier; a ver los huevos que habían puesto las gallinas, el ternerito recién nacido, los chanchos y que les daban de comer; queríamos verlo todo, con esa curiosidad innata del niño que todo quiere aprender y todo pregunta.

Jalaban agua del pozo con un caballo, agua que estaba allí no más, cerquita, que se podía ver al asomarse al brocal del pozo y siempre se mantenía llena la enorme pila de agua que abastecía al ganado en el corral.  Alrededor de la pila estaban los bebederos del ganado, que al entrar al corral, iba directo a saciar su sed. El agua para tomar se guardaba en una enorme olla de barro, lo que la mantenía fresquita, y cuando nos íbamos a bañar le avisábamos al peón quien jalaba agua y llenaba la pila del baño, con agua fresca y limpia.

Cuando caía la tarde, buscaban las lámparas para encenderlas, los campistos encendían sus candiles con el fuego de leña de la cocina, fuego que pasaba encendido todo el tiempo. Ya era hora de comer, frijolitos cocidos con cuajada, tortillas recién hechas y un delicioso vaso de pinolillo. Por las mañanas nos levantábamos a ver el ordeño y tomar leche recién ordeñada y calientita allí en el corral.  Benito el mandador, nos decía los nombres del ganado – todos y cada uno tenía nombre  y Benito, según como viera al ternero al nacer, decidía que  nombre le pondría.

Esa hacienda se llama San José de la Primavera.

El Cierto Güis

El Cierto Güis

29 de enero del 2014

22:01

En el diminuto patio que tiene la casa, sembré varias semillas de chile congo, ese chile redondo, pequeñito que le da tanto sabor a los encurtidos.  Solo una semilla germino – dicen que es difícil que retoñen.  Sin querer, limpiando el patio, lo arranqué y al percatarme de lo que había hecho, inmediatamente lo sembré en el mismo lugar, lo afirmé en la tierra, con piedras, para que no se torciera, lo regué con agua de lluvia constantemente y si miraba que se entristecían sus hojas, lo volvía a regar con agua de lluvia aunque estuviese haciendo un sol fortísimo – para que sus raíces estuviesen siempre húmedas y tuvieran suficiente agua de que alimentarse, hasta que ahora, seguro de su fortaleza, se yergue altivo en el patio, y da chiles verdes y verde oscuro que nunca llegan a madurar. Crece a la orilla de la enredadera de la Pasionaria, y de un hibiscus y de unas grandes hojas bellísimas, color rojo morado verdoso, que semejan a la hoja del quequisque.

Nunca llegan a madurar, porque tienen un cliente fijo, un pájaro oscuro, pecho amarillo que a ambos lados en la parte superior de su cabeza, tiene dos franjas blancas. Le llamamos Cierto Güis y su nombre científico es Pitangus Sulphuratus; habita en esta parte de nuestra América, la América que comienza desde el sur de Tejas hasta el centro de Argentina.

Desde que vivo acá, ha venido todos los días y varias veces, a posarse sobre la antena. Y a veces lo veo con una semilla en el pico que golpea contra la antena, tratando de quebrarla. Canta también y creemos escuchar que dice ‘Cierto Güis’, ‘Cierto Güis’.  Pasa largos ratos posado en la antena y de repente alza el vuelo vertiginosamente y con esa misma velocidad, regresa.  Está cazando insectos en el vuelo.

Desde mi hamaca en el patio, lo observo.  Me encanta el contraste de su cabeza y alas café oscuras con esas dos franjas blancas que se juntan al frente y atrás de su cabeza y ese pecho tan amarillo que tiene. Todo su cuerpo es amarillo y su cabeza es café oscura.

Y mientras escribo sentada en mi escritorio, lo veo que vuela al arco que forma el exceso del cable de la antena, salta en un giro de ciento ochenta grados, para ponerse del lado opuesto viendo hacia el patio y se posa allí por momentos.  Al ver con el rabo del ojo que ha llegado, yo me quedo inmóvil.  El, se asoma hacia la casa para confirmar que está seguro y no lo acecha ningún peligro.  Después vuela a la enredadera de la calala, pero siempre asegurándose que está a salvo y desde allí, entre las plantas de hibiscus se lanza sobre el chile congo, regresa a la seguridad de la calala o pasionaria y emprende el vuelo. Esto lo repite varias veces al día.

Cuando Toño el cuidador me escuchó decirle a Nequito de nuestro visitante, me comentó, ‘¡con razón nunca encuentro chiles para mi gallo pinto! ¡Es el Cierto Güis el que se los viene a comer!

 

Guillermo el Relojero

Guillermo el Relojero

25 de enero del 2014  

16:31

Cuando camino por la Calle del Comercio en Granada, casi no se puede caminar en las aceras, ya que la alcaldía ha rentado – sí, rentado – ese pedacito de acera al que la ocupa, ya sea vendiendo ropa, naranjas, discos de música, videos, queso, etc. etc.  Y además de pagar una mensualidad, pagan impuestos y unas cuántas cosas más así que después de sumar todos los gastos, son más de cuatro mil córdobas por rentar ese pedacito de acera.  ¡Me sorprendí!  Por supuesto, la alcaldía jamás quitará a esos vendedores que le producen ganancias extras mensuales, y allí camina uno, con un pie en la acera y otro en la cuneta de la calle, otras veces completamente en la calle, esquivando bicicletas, buses, taxis, peatones y todo lo que deambula por las calles del comercio.

Entre las personas que venden en la acera, está Guillermo, el relojero,  a quien conozco desde hace varios años.  Es un hombre encantador, ya mayor, bajo, delgado, quien repara mi reloj de diez córdobas – comprado hace unas cuantas lunas – de cuarzo, contra agua y todo de plástico y es el que uso a diario, ya que como soy jardinera, casi de profesión,  toco tierra para sembrar mis semillas, hago almácigos y siempre me estoy lavando las manos.  Pero Guillermo, cuidadosamente lo limpia, le cambia batería, y mi relojito de diez córdobas camina tan bien como el de mil o mi Guess de oro, fajita de cuero.    Y si mi reloj  Guess se atrasa, se lo llevo a Guillermo y me lo deja como nuevo por unos pocos córdobas, algo que allá me costaría unos cuantos dólares. Su hijo también le ayuda en el negocio, y su esposa y su hija tienen un negocio de venta de CD, casi contiguo al de él.

A Guillermo le consulto cosas varias del diario vivir, como, donde puedo comprar baterías, donde venden creolina, donde podría comprar tal cosa u otra y Guillermo con toda amabilidad me orienta, ya que como he estado fuera del país por tanto tiempo, se pocas cosas del mercado así como direcciones, o asuntos nicaragüenses de los que no estoy al corriente. 

Hace días le cambiaba batería al reloj que le regalé a mi cuidador y era el hijo de Guillermo quien hacía el trabajo.  Mientras trabajaba, volví mi vista hacia la calle, ¿y a quien creen Uds. que vi? A Guillermo quien se cruzaba la calle bailando al son de un merengue que se escuchaba en uno de los tantos puestos de música que hay en la acera.  Tranquilamente, al ritmo del merengue y con toda la alegría del mundo, Guillermo bailaba y con buen ritmo, en media calle, cruzándosela de una acera a otra, diagonalmente.

Llegó hasta donde yo estaba y  le comenté que lo había visto bailando alegremente  –  se sonrió, como agarrado ‘in fraganti’ – y me contestó que aunque ya fuera mayor, eso no importaba, que a él siempre le ha gustado bailar.  Y yo, amante del merengue lo felicité, ‘bailas bien y con buen ritmo’ le dije.  ‘Es que uno el espíritu nunca lo pierde’, me contestó.  Y estoy de acuerdo con él.

Cuando camino por la calle, casi siempre me detengo a platicar con mi amigo Guillermo, el relojero.