Me quedé dormida en la hamaca

7 de enero del 2014

16:32

Me quedé dormida en la hamaca bajo la enramada que forma la Calala que sembré hace más de un año -y que Carlos mi cuidador, la quería machetear porque solo era monte, me dijo, y no daba ninguna fruta, esa fruta llamada Pasionaria – y los Hibiscos que poblan mi jardín de lindas flores blancas y rosadas.  Cuando las veo, sonrío de felicidad!  Me recuerdan a la Verónica Gorlero, mi abuelita italiana. Esa alta y recia mujer, de facciones bellísimas, que todos los días por las tardes, limpiaba la grama de hojas y flores secas, sentada en un pequeño banco en su jardín.  Gozaba viendo sus hibiscos rosados y blancos y yo por supuesto los he sembrado también en mi jardín.

De repente sonó el teléfono y al abrir los ojos vi que el cielo estaba negro, presagiando una buena lluvia, que fue solo viento y llovizna.  Cuando trate de levantarme de la hamaca, medio adormilada, me dolió mi pie izquierdo, así que esperé un rato y noté que lo tenía con marcas como si lo hubiese tenido doblado.  Varias veces me ayudé con la hamaca para tratar de levantarme, pero varias veces di un grito de dolor – me había quedado dormida con el pie doblado.

Finalmente logré levantarme, recogí todos mis papeles, lentes, pluma y teléfono, quité la hamaca de la armazón metálica donde la cuelgo – allí bajo el cielo y entre las plantas y en las noches,  bajo las estrellas del firmamento- y me vine a la computadora.  Minutos después sopló un fresco  viento húmedo y comenzó a brisar.  Pequeñas gotas cayeron, pero se detuvo la llovizna. Las plantas se mecían con el aire húmedo y comenzó a llover de nuevo, pero llovió poco.

Uno de los colibríes que visita el jardín varias veces al día, el de color café, voló incesantemente entre las flores y como hay tantas, pasó su buen rato alimentándose de la miel. Hay tres colibríes que vienen a diario. A veces cuando estoy en la hamaca, vuelan sobre mi y se quedan detenidos en el espacio, como asegurándose que a su alrededor no hay ningún peligro.  He tratado de tomarles fotos, pero vuelan tan rápido y hay tantas flores que no logro captarlos en ninguna de mis fotos.

Hay un colibrí tornasol que su parte inferior es blanquizca, y otro café con la cabeza verdosa, y otro café claro rojizo.  Me alegran los colibríes que llegan al jardín de la casa. Los tres son distintos, y reconozco el chasquido que producen cuando llegan a alimentarse de la miel de las avispas que crecen en el patio de la casa. Levanto la vista y allí los veo volando entre las flores.

Y cuando me acuesto en la hamaca para hacer mi siesta, inmersa entre  las plantas de mi jardín,  veo los pájaros que cruzan el firmamento. Desde mi  hamaca un mundo completamente distinto se abre ante mí.  El mundo de los pájaros, su hábitat y sus cantos cuando se posan en la antena; cazan insectos o simplemente descansan de su interminable faena para obtener  su sustento.  No se detienen ni un momento. Son incansables trabajadores.  Y desde la tranquilidad de mi hamaca, donde duermo mis reconfortantes siestas, descanso y gozo los colibríes, que son tan libres como quieren ser.

El Halcón

El Halcón

29 diciembre 2012           14:12

Entre los arboles cubiertos de nieve, sin hojas, veo un halcón posado sobre una rama. Con los binoculares aprecio su ancho y blanco pecho. Se lo acicala y también debajo de sus alas.  Lo veo otear el horizonte. Allí está, feliz sobre la rama y la nieve cayéndole como llovizna.

Sus patas amarillentas están cubiertas de plumas, las que aprecio al posarse el halcón en la rama. Estira su ala y pata derecha, desperezándose y puedo ver sus plumas blancas debajo del ala. La parte superior de su pico, cabeza y ojos son negros, su pecho blanco tiene plumas café y sus alas, en el vuelo, se ven rojizas en la parte inferior.

Su tamaño es grandísimo, tanto que diría que es una lechuza.

Ayer perdí las fotos que le había tomado, pero hoy está aquí desde las ocho de la mañana; se fue por un rato pero regresó y ahora está posado en la rama frente a mi ventana. ¡Mi halcón regresó! Tiene como una hora de estar allí. Es bellísimo.

Demás está decirles que ha hecho mi día. ¡Me encantan los halcones! Tengo un amor especial por ellos. Creo que es desde que leí un libro sobre halcones, hace mucho tiempo.  Y si la televisión presenta un programa sobre halcones, allí estoy yo, viéndolo y aprendiendo lo más posible sobre ellos. Y si hay presentaciones de halcones de caza, que felicidad poderlos ver en su medio.

Siempre me han gustado los animales salvajes, pero hay algo sobre los halcones que me llama poderosamente la atención.  Esa mirada fija, que cuando tienen un blanco, lo alcanzan a toda costa.  Es su vuelo vertiginoso, y ahora su inteligencia para saberse acoplar al hábitat que les hemos robado.  Porque allí está en el árbol, tranquilo, como un gran señor feudal, observando sus dominios.

¡Sí que soy feliz! ¡Que más podría desear, en un día que comenzó gris, que gozar de la visita de un bellísimo halcón!

El Pinolillo

31 de agosto del 2013

11:40

Hoy por la mañana que fui al mercado – me gusta despertarme temprano e ir a hacer mis compras – sentí el rico olor a pinolillo recién hecho. Me detuve momentáneamente frente al molino de donde procedía el delicioso aroma y allí vi a la muchacha que esperaba por su pinolillo y al operante del molino que hacía el trabajo de moler, todo junto, el maíz tostado, el cacao tostado también, canela y clavo de olor. iEs debido a estas especies que el pinolillo huele tan rico, además del delicioso sabor del cacao, nuestro cacao!

El pinolillo es un gusto adquirido. Y hay que adquirirlo de pequeño, sinó, no le sentirán el rico sabor que le sentimos nosotros, los que crecimos tomándolo.

Hace unos cuantos años, invité a un chavalo estadounidense a tomar pinolillo. Y como tengo la habilidad de ver las cosas desde un tercer punto de vista, al tomar yo mi pinolillo, noté que el sabor no era nada especial, la textura era arenosa y era definitivamente un gusto adquirido. “No a cualquier persona’, le dije, ‘le gustará el pinolillo ya que tiene un sabor ‘distinto’”. ‘Es una bebida indígena’, le dije, ‘porque el maíz era la base de su alimentación’. Le expliqué todos los productos tostados que contiene, sus especies, como lo muelen y como se prepara mezclándolo con un poco de agua fría y azúcar y que es un gusto adquirido. Se lo tomó para no quedar mal con mi prima y conmigo, pero, . . . no le gustó.

A mí me encanta beber pinolillo – algo que a mi papi no le gustaba tomar. A mí me gusta tomarme mi vaso de pinolillo bien helado y beberme hasta el último chingaste que queda en el fondo del vaso. Y ese movimiento circular de la muñeca, que inconscientemente hacemos cuando ya nos queda muy poco pinolillo, y así, al moverla, mezclar todo el pinolillo con el agua y no dejar ningún residuo en el vaso. Y si se nos queda un pedacito de hielo, esperamos a que se disuelva para así podernos tomar hasta la última gota de nuestro delicioso pinolillo.

El pinolillo me remonta a mi niñez. A sabor a casa. A pláticas y risas. A paseos. A esa época tan feliz. Y me tomaba mi pinolillo, al mismo tiempo que me comía un bollo de pan recién sacado del horno. iUhm, que rico mi pinolillo!

La caída de las hojas

9 de noviembre del 2004 

15:33

 El árbol frondoso del vecino, el catalpa, desnudo está.

Sus hojas todas, desparramadas por el jardín veo

y a merced del viento se levantan revoloteando

contra los cipreses en una esquina del patio.

 

 Todas sus enormes hojas café-amarillentas

cayeron ayer, casi a la vez y hoy tostadas por el frío,

se resquebrajan en el suelo, así como las hojas del arce. 

Ya casi no tiene ninguna.

 

 Pero las hojas de los cerezos, alargadas y finas,

se han tornado rojizas, y erguidas continúan en los árboles,

aún cuando el viento las arremete con fuerza en las frías noches,

y las soleadas mañanas con escarchas tintineantes que luego,

antes de llegar al suelo, se evaporan.

 

 El crujiente sonido de las hojas al caminar,

es música otoñal, melodía de esta época transeúnte; vibrante,

de tonos rojos, naranjas, café, amarillos.  ¡Que maravilla!

Y entre esos árboles rojizos, los verdes entremezclados

de los pinos canadienses, contra un contrastante cielo azul.

Los cardenales que llegan al patio de la casa

 01 de octubre del 2005

 Los cardenales que llegan al patio de la casa ahora en octubre, son de un rojo fortísimo; rojo naranja es su pecho, así como sus alas y su pico es amarillo.  El plumaje de sus alas y lomo ya comenzó a cambiar y se ha tornado café.  Los lados de su cuerpo todavía están rojizos y su copete brilla al verlo de frente, de cara al sol.  Que color mas lindo tiene y que llamativo es.  La hembra, en tanto, es café.

 Ayer había ocho cardenales en el patio.  Saltaban del cerezo a la grama donde se alimentaban de la comida que se ha caído del comedero y así, entre los otros pájaros y una ardilla, todos comían amigablemente.  Volaban continuamente del suelo al cerezo y después al comedero que se balancea en el medio del patio.  Se paran sobre la casita que es el comedero y de allí saltan al borde a comer.  El comedero tiene un borde pequeño para que se paren solo los pájaros pequeños y sean ellos los que puedan comer. Por supuesto que botan la mitad y es allí cuando las ardillas aprovechan y se dan una gran comilona en el suelo.

 Ya en la tarde, al fondo del patio veo a tres urracas azules (Cyanocitta cristata) o Blue Jay, el pájaro de Canadá.  Es  mucho más grande que el cardenal, pero tiene el mismo tipo de copete.  Se parece a nuestra Urraca con su mismo plumaje azul celeste bellísimo; y allí entre los otros pájaros, come tranquilamente del suelo.  No se puede parar en la casita que es el comedero, ya que el es muy grande, pero eso no le importa.  Come las semillas que han caído sobre la grama.

 Antes gozábamos de los cardenales y Blue Jays por las tardes.  Ahora que les hemos puesto comida especial solo para ellos, están en el patio cantando desde muy temprano y pasan allí casi todo el día.  Ya le conozco el canto al cardenal.  Tiene un sonido agudo y corto.  Desde temprano, aun en mi cama, oigo su canto y me sonrío sola de felicidad. Pereceo un poco y después, me asomo a la ventana.  Allí los veo comiendo en el patio.  Casi todos los pájaros se bañan en la pilita.  No el Cardenal.  Nunca se baña en la pilita, sino que espera a que ponga el aspersor para regar mis cipreses y entonces salta a una rama y espera a que le caiga el agua.  Así se pasa las horas saltando de una ramita a otra, bañándose alegremente.

Mi Caminar Precipitado

21 de febrero del 2011

8:00 am

 Desde hace varios años que no he vivido aqui. Así que a las siete de la mañana ya estaba en la calle. En un bolso de manta guardé mi billetera, lentes, libreta; con este bolso, pensé, no pareceré extranjera y tendré menos probabilidades de que me asalten.  Y mientras caminaba, me detenía a preguntar por la dirección adonde iba.

 Tomé la calle del mercado y continué en esa pequeña cuesta, pasé el puente del sucio arroyo, la gasolinera, y cuando iba caminando, noté que una señora frente a mi, a cierta distancia de donde yo iba; pero su andar era tranquilo, con toda la calma del mundo, a pasos lentos, sin una sola preocupación, y cuando yo me  acercaba a ella, me dije, ‘pero si cualquiera que me vea notará que yo no soy de aquí; si yo voy casi corriendo, sin ver a nadie, esquivando gente, perros, bicicletas y carretones en mi precipitado paso; simplemente voy caminando a un paso inusual de los nicaragüenses.

 A la legua se nota que soy una extraña aquí, que no soy de estos parajes, y aunque cuando hablo tengo el dejo nica, al caminar apresuradamente, como si no tuviese suficiente tiempo, clamo a gritos que soy una extranjera en mi propia tierra. 

 Porque yo creo que la vida es corta y debo correr para tener más tiempo.  No me detengo a apreciar lo que me rodea, ni a respirar el aire fresco de la mañana.  Voy tan ensimismada en todo lo que tengo que hacer, y aún no se ha hecho, que al andar apresuradamente, quiero aprisionar el tiempo perdido, sacarle el mayor provecho posible.

 Pero se me olvida que aquí en Nicaragua todo camina a la misma velocidad con que andaba esa señora que vi en la calle.  Y me tranquilizo, diciéndome que no puedo ir contra la corriente, que lleve las cosas con calma, que no me acelere, que la vida es una y es corta.  Y respiro profundo y mientras camino, rezo un misterio del Rosario y encomiendo mi día a Dios, que cuide mis palabras, que proteja a mi familia y a mi y que me ayude a resolver este marasmo. Y entonces, cambio mi caminar precipitado, por ese caminar tranquilo, de pasos lentos y sin una sola preocupación, de la señora que hoy vi en la calle.

Las hojas del otoño

4 de octubre del 2013

21:16

Subiendo la pequeña colina de la calle donde vivo, logro ver al fondo, la copa amarillenta del árbol de acacia cuyas inmensas ramas inclinadas sobre la calle, brillan en todo su esplendor con el oro de sus hojas; del lado de la acera, más hacia la derecha, lo han cortado para dar paso al tendido eléctrico y es hasta que avanzo más en mi carro, que en la distancia logro distinguir todo el árbol. 

 La calle, casi toda, está sembrada a ambos lados de estos árboles de hojas pequeñitas de un color verde obscuro, de acacias. Cuando comienza la primavera, los árboles se tornan de un verde tierno bellísimo con todos los nuevos brotes cubriendo sus ramas. Y son cuadras de cuadras verdeando al sol y mecidas por el viento.

  Y al comenzar el otoño, poco a poco se van tornando amarillas; pero no todos a la vez, ni todo el árbol, ya que hay ramas con todas sus hojas verde obscuras y otros árboles completamente amarillas, y no se que es lo que las hace cambiar de color, ya que las ramas que dan hacia la calle, unas están amarillas mientras que otras continúan aun verdes y otras, tienen aún hojas verdes y amarillas también. Y son ramas a las que les da el sol a la misma vez. Hay cuadras de cuadras sembradas del mismo árbol.

  El parque tiene también varios árboles de acacia sembrados juntos, pero lo lindo de ello, es que bajo sus ramas y sobre la grama, se forma una alfombra con las hojas que ya comenzaron a caer. Y ese manto de oro que cubre la grama, brilla aun más desde la calle con el reflejo del sol.

  Y mientras continúo en mi camino, esas hojas regadas por doquier saltan tintineantes entre los carros, levantadas por el viento, al mismo tiempo que flotan brillando con el sol, y caen frente y alrededor mío en una lluvia de oro.  Y este lindo espectáculo lo gozo durante todo el trayecto de la extensa calle donde están sembrados los árboles de acacia.

  Sonrío de felicidad cuando veo todo ese oro flotando en el aire. Pareciese que esas hojas de acacia me saludan al pasar.

Ramón

Mayo 12, 2010

Cuando pienso en Ramón, lo primero que se me viene a la mente es aquel pedacito de gente de unos pocos días de nacido.

 Los Enríquez eran nuestros vecinos y el día que Maruca llegó a casa del hospital, mi mami me llevó a conocer a Ramón, ya que siempre me han gustado los niños. Yo he de haber estado pequeña.  Entramos a la casa y pasamos a la amplia habitación, esas habitaciones enormes como las de las casas de Granada. Recuerdo que estaba un poco obscura y Maruca, sentada en una mecedora sostenía en sus brazos a Ramón, para darle de mamar.

 Ramón lloraba de hambre, ya que no podía agarrar bien el pezón.  Lo acostaron en su cuna y entonces vi algo que nunca he olvidado.  Maruca se puso como una copa plástica en el busto y con una bombilla conectada a algo, la apretaba continuamente y la leche corría por el tubo hacia una pacha.  Maruca arrugaba su cara como que esto le doliese mucho y le explicaba a mi mami que se tenía que sacar la leche porque a Ramón le costaba mamar.  Es algo que se me quedó grabado en la memoria y es como si lo estuviese viendo ahorita.  Me ha de haber impresionado muchísimo ya que era la primera vez que yo veía algo así. 

 Después recuerdo a Ramón, pequeñito, tambaleándose al caminar.  Era un pedacito de gente, con su pelo rubio, colochón.  La siguiente vez que vi a Ramón, era todo un abogado, profesor de la universidad, judoka cinta negra y con una linda niña, así rubia como había sido el.

 Sentía que nosotros éramos su familia; si, su familia, la de él.  Así era la confianza con la que llegaba a la casa.  Y me alegraba muchísimo, porque, si, éramos su familia, la que también lo vio crecer y lo conoció desde recién nacido.  Y cuando iba a jugar baseball, pasaba dejando a Miriam Eugenia por mi casa, para que la cuidara y jugara con mis hijos.  Al terminar el juego varias horas después, llegaba a la casa, caminaba directo al refrigerador y se tomaba todo un pichel de fresco que yo ya le tenia listo.  Como me acuerdo la sed espantosa que traía.  Llegaba todo sudado, bromeando, contento.  Y siempre chispeante. Esa era una de sus características. Nos sentábamos a platicar, allí en el porche de la casa, y nos comentaba entre otras cosas, con la honestidad que lo caracterizaba, que no querían que se trajera a la niña a mi casa, ‘pero yo quiero traértela aquí’, me decía.  Y yo le confirmaba que esa era su casa, que podía llegar cuando quisiera y a la hora que fuera. ‘Si’, me contestaba, ‘yo lo se’.

 Cuando recuerdo a Ramón, me sonrío.  Lo recuerdo con tanto cariño. Es como si lo estuviese viendo ahorita.

Las ardillas

12 de septiembre del 2013

6:23

 Cuando hoy por la mañana me senté a escribir en mi computador frente a la enorme ventana por donde veo el árbol, que orgulloso se levanta erguido, robusto, lleno de follaje que se está tornando amarillento y ramas frondosas y secas también, con el rabo del ojo noté un leve movimiento, pero como estaba enfrascada en mi escrito lo pasaba desapercibido.

 Y como el movimiento continuase, levanté la vista y entre las hojas logré distinguir dos ardillas bebés que correteaban juguetonas una tras la otra saltando de rama en rama. Están jugando al escondite, dije yo, y al mismo tiempo que caminaban sobre las ramas, movían su cola alegremente;

 Las ardillas nacen alrededor de junio en estas latitudes, así que ellas han de tener lo más tres meses de vida.  Están pequeñas todavía, son de color café claro y sus tupidas colas de color gris se yerguen como abanicos.  Las dos son iguales en tono y en tamaño y a veces son las hojas las que las esconden un poco, pero su correteo es alegre, vibrante, lleno de vida. Después comenzaron a bajar agarrándose al grueso tronco del árbol y volvieron a subir saltando a la rama de otro árbol.

 Me fijé en el cielo aun sombrío. Pero ya comienza a clarear y logro ver por la esquina de la ventana, el cielo celeste y las blancas nubes -si, de ese color celeste bellísimo de mi Nicaragua- que empujan a los pequeños nubarrones que habían antes.  Y me sonrío al ver ese cielo tan lindo y doy gracias de que puedo gozarlo. ¡Que felicidad! ¡Es que me encanta el cielo celeste! Y las nubes blancas son brillantes, tan, pero tan brillante su blancura que tienen un toque amarillento, por el sol que comienza a asomarse entre ellas.

 El contraste de las ramas oscuras y las verdes hojas contra el cielo azul, es más fuerte. Bandadas de pájaros vuelan rítmicamente y todos a la vez. Desaparecen para regresar de nuevo.  Pienso, que no hay halcón a la vista, porque siguen volando.  Ya comienzan los ruidos de la ciudad, pero a pesar de eso, sigo gozando el árbol frente a mi ventana y a las ardillas que lo visitan en el marco de un cielo celeste que brilla con todo su esplendor. ¡Que lindo día!