10 de septiembre del 2013
20:13
Cuando salí del edificio y crucé la calle hacia mi carro, levanté la vista, y entre los altos edificios se asomaba la luna creciente. ¡Que belleza! Las fuertes luces que iluminan el estacionamiento, brillaban aclarando lo obscuro del cielo azul y aun así, se apreciaba mucho más la luz de la luna, solita en el firmamento. No se veía ni una sola estrella, solo la luna en todo su esplendor.
La quedé viendo y sonreí. Se veía tan linda. Y al mismo tiempo que caminaba, miraba hacia el cielo notando esas manchas leves. ¡No se porqué hoy vi la luna mas linda!
Y me acordé del mar, cuando de chavala caminábamos por la playa y la luna iluminaba esa ancha y bella playa. Es que aun, ahorita que escribo, me sonrío al recordar lo linda que se miraba la luna. Esa linda luna que nos inspira.
Ese toro enamorado de la luna, va la canción, y así me sentí, enamorada de la luna. Y aun cuando las fuertes luces de los faroles iluminan las calles, eso no amainaba el brillo de la luna y el poder que ejercía sobre mí. ¡Estaba embelesada! Y al llegar a mi carro, me detuve una vez más a verla y mientras conducía, a veces la lograba ver entre los árboles de las calles.
Al llegar a la casa todavía la logré ver asomándose entre las frondosas hojas de los árboles. ¡Que linda luna creciente!







