Mantengamos nuestra distancia, como los camiones

22 de Enero del 2005 

15:22

Aprendamos de Canadá donde millones conviven teniendo diferentes credos, razas, costumbres.  Todos conviven y se ufanan de su diversidad.  Nadie quiere asimilar a nadie, ni obligarlo a pensar, a vestir, o a comer lo mismo que el otro.  Todos juntos, cada cual en su espacio, sin hacerle daño a nadie.

Platicando con Charlie un amigo Yugoslavo, le comentaba del odio extremista que veía en la televisión cuando entrevistaban a sus compatriotas, durante la guerra de Yugoslavia.  ¡Que odio mas atroz!, le decía yo. ¿Como pueden odiar tanto? Y me contestó algo que me dejó pensativa: ‘Es que nadie tiene derecho a quitarle la vida a nadie.  Desde el momento que le quitas la vida a alguien, firmas tu sentencia de muerte’, me dijo.  ‘El antiguo testamento’, continuo, ‘habla de ojo por ojo y diente por diente, la manera como viven los yugoslavos.  El nuevo testamento habla de poner la otra mejilla, del perdón’.

‘Pero para nosotros los yugoslavos’, continuó, ‘si vos matas a alguien de mi familia, vos sabes que alguien de mi familia te va a matar, a vos, o a alguien de tu familia. Desde el momento en que matas, firmas tu sentencia de muerte. La Biblia dice “no matarás”, me reiteró, ‘por lo tanto debes de respetar la vida ajena’. 

Yo, de una generación más joven, criada en la religión católica, y con la convicción de que hay que  poner la otra mejilla, me quedé callada sin aceptar su respuesta. La rumié en silencio, le di vuelta, la objeté, la digerí y llegué a la conclusión de que es ese indoctrinamiento en el que crecimos, el que nos ha hecho a nosotras las mujeres bajar la cabeza, a no defendernos; en suma, a poner la otra mejilla.  Me indigné conmigo misma. Y le di la razón a Charlie. 

Y solo me acordé de mi papi, que cuando se le acercaban mucho -y se había tomado sus tragos- decía: ‘mantenga su distancia, como los camiones’.  O sea, no entre en mi espacio, respételo.  No se acerque más de lo debido.  Ese espacio que todos nosotros tenemos, ‘nuestro espacio’. Y al matar, violamos ese espacio. ¡No mantenemos nuestra distancia, como los camiones!

 

Un manto blanco

 1o. de febrero del 2008   18:13 horas

Ha caído una buena nevada.  Comenzó desde la media noche y ha nevado fuertemente todo el día – dicen que dejara de nevar hasta las diez de la noche de hoy. Se ve tan, pero tan lindo!  Pero si hay que manejar en el carro, pues no lo es tanto.  Los carros patinan sobre la nieve.

Un gran manto blanco cubre las calles, los carros, las casas, los árboles;  ni un solo carro ha pasado por las calles y pareciese que estamos en el campo.  Las ramas del pino están cargadas de nieve y se doblegan bajo su peso; al limpiar la entrada de los carros me di cuenta que la nieve media como un pie de altura.  Tan fuerte nevaba que era como un buen aguacero en Nicaragua, pero en vez de agua, era nieve lo que caía ininterrumpidamente.

Emma Christine y yo asomadas a la ventana mirábamos como el vecino con su poderosa maquina limpiaba la nieve de la entrada de su casa y tiraba la nieve a borbollones sobre nuestro jardín – le he pedido que tire la nieve debajo de nuestro enorme pino, para que tenga suficiente agua en la primavera y no se le sequen las ramas.  Cuando llueve en la primavera, sus tupidas ramas no dejan que se moje la tierra bajo el y tengo que regarlo a diario.

La maquina ha pasado dos veces limpiando la calle a ambos lados y siempre nos deja el montón de nieve en la entrada de la casa, y hay que ir de nuevo a limpiarla para que puedan entrar los carros.  Hoy hay tanta nieve en la ciudad que la maquina que limpia las entradas de los carros no ha pasado.

Cuando veo por la ventana el patio trasero, sonrío de felicidad.  Los cipreses están cubiertos de nieve y su verdor, resalta la blancura de la nieve.  Tan, pero tan lindos, así como mis cerezos con la nieve acumulada sobre sus ramas y los arbustos, pareciera que son hechos de hielo, teniendo tanta nieve cubriéndolos.

Si, se ve lindo y lo gozo, aunque no me guste el clima frío; pero es que la nieve fresca ahorita se ve bellísima y en la noche la luz se refleja sobre ella iluminándolo todo.

Pepenando Moras

8 de julio del 2005

09:28

En esta época del año están en su apogeo las moras salvajes que crecen en el patio trasero de la casa.  A diario ‘pepenamos’ moras; como el cortarlas se parece tanto a la pepena del café, Nequito me dijo que esto era una pepena, por lo que así he decidido titular mi escrito de hoy, la Pepena de las Moras.

Antes pensaba que había cienes de moras, pero no, estaba equivocada, hay miles de miles.  Si uds. vieran la cantidad de moras que hay. 

Tengo mis manos un poco señaladas de tantas espinas transparentes y finas que se me introducen en los dedos – y es Edoardo, nuestro tierno de 18 años quien con su vista excelente, a diario tiene el oficio de extraer todas y cada una de ellas. 

Crece en la punta de cada rama un ramillete como de ocho moras y después dispersas en la rama de a una o de a dos.  La rama al caer a tierra forma otra planta y otra más, se enredan en la malla y crecen todas tan enmarañadas una con la otra, que ya no se ve la malla, las plantas, solo las moras y espinas y ramas  y escondidas detrás entre las hojas y ramas y espinas, más y más y más moras.

Como hay tantas y están tan maduras, solo tomo la punta de la rama, halo las moras y estas caen en un recipiente plástico que sostengo con la otra mano; bueno, la mayoría de las moras, ya que estas también caen al suelo.  Hago peripecias, por supuesto, para no caerme, me sostengo contra la malla – pero es un poco difícil ya que está llena de ramas con espinas – y así unas veces me caigo, otras no, tratando de no ponerle el pie a mis flores, ya que las moras crecen en la parte trasera de mi pequeño jardín lleno de plantas perennes, o sea que retoñarán el próximo año, después del crudo invierno.

Este año tenemos muchísimas más moras de lo usual; pienso que es debido a que ya tienen unos cinco años de estar creciendo, después que un pajarito botó una semilla –  solitas comenzaron a crecer.  Al principio no sabía que eran, pero al ver que los  pájaros se comían su fruto, decidí probarlas.  ¡Si eran moras, moras salvajes!

 

Las botas indígenas de piel de oso blanco

17 de Enero del 2005

Nadine, es una indígena con sangre francesa en sus venas, que camina como en su elemento; sin preocuparse por el tiempo ni la gran tormenta de nieve que esta cayendo y que nos tiene casi enterrados en Toronto.

Cuando la vi caminaba con su enorme perro; su largo cabello azabache le llegaba a mitad de la espalda, llevaba unos aretes grandes como filigrana con piedritas de turquesa colgándole de las orejas, haciéndole juego con el collar que lograba avistar alrededor de su cuello.

Es una mujer alta, delgada, de finas facciones y piel morena; su familia es del área de Quebec – una ‘metis’ como dirian los Quebecois, si, una mestiza –  se le nota que es indígena y si vistiese el atuendo de su tribu, parecería una princesa de los cuentos de niños.  En mi mente la veo en su traje de piel de venado, plumas en el cabello y sus joyas de turquesa adornándole el cuello y orejas.

Y en semejante tormenta ha llegado caminando tan tranquila con su enorme perro; va vestida toda de blanco y lleva puestas unas botas indígenas en las que la planta de las mismas es de cuero blanco y completamente lisa, como los mocasines y la parte superior de sus botas, toda la pierna, tiene un pelaje exhuberante, el pelaje de la piel de un oso blanco. 

Al comentarle como puede caminar con ellas, ya que son completamente lisas, mientras nosotros usamos botas con suela como de ‘llanta de tractor’ para no resbalarnos entre tanto hielo y nieve, me dice que es lo mejor y lo mas seguro para caminar en la nieve – y ha de tener razón- quien mejor que un indígena canadiense para saber como caminar en un campo nevado y como protegerse del tiempo inclemente con unas botas de piel de oso blanco.

Y así, tan tranquila como cuando llegó y sin preocuparse por el tiempo ni la gran tormenta de nieve, se alejó con su enorme perro.

El horror de la guerra

17 de febrero del 2012

8:37am

 Hace varios días bajé a la sección de la lavandería y esperaba, ya que las dos maquinas estaban por terminar de lavar, cuando una señora me habló al acercarse.   Hizo gestos referente a la lavadora, así que me fui a su maquina y le pregunté que necesitaba.  Me quedó viendo y me dijo ‘no work’; me fijé en la maquina, decía $0.25, y le expliqué que necesitaba ponerle $0.25 mas a la maquina, a las dos maquinas.  Entonces me dijo ‘No know ‘.  Le hice señas que trajera mas dinero cuando puso sus monedas sobre la maquina, ya que no tenia las necesarias para las lavadoras, al mismo tiempo que le decía, ‘more money’ y comprendió y se tocó la cabeza, como diciendo que no había entendido anteriormente.

Al rato llegó con su dinero y le expliqué con señas al mismo tiempo que se lo decía en inglés, pero hablándole lo mas sencillo posible, sin conjugaciones complicadas, solo en el presente.  Así que le puse el dinero faltante y cerré las tapas de las lavadoras.

Es una señora alta, delgada, morena, de uno 70 anos.  Entonces le pregunté, ‘Your country, Afganistán?, ya que por sus facciones pude deducir que era de allí, y me contesto ‘yes’.

Entonces me habló, ‘no English, alone. Four sons’, al mismo tiempo que me mostraba los cuatro dedos de su mano, para asegurarse que le entendía, e hizo como que empuñaba una metralleta e imitando el sonido de la misma, de pronto dijo, ’ra ta ta ta, four sons, husband, ra, ta, ta, ta’.

Me quedé muda, horrorizada, no sabia que decirle. Y continuo, ‘four daughters, husbands’, y nuevamente empuñó sus manos como agarrando una metralleta y dijo ‘ra ta ta ta, four daughters, husbands, all, sons, husband, ra ta ta ta’.  Hablaba sin detenerse, como queriendo desahogar tanto dolor.

Sentí un frío en mi cuerpo; la quedaba viendo sin saber que decir,  y señalándome en su pierna izquierda, la parte interna del muslo superior, al mismo tiempo que la levantaba un poco, volvió a decirme, ‘ra ta ta ta y sus brazos como empuñando una metralleta, me mostró donde le había herido la metralleta. ‘Alone’, me dijo, ‘no english’, e hizo un gesto, como diciendo, que voy a hacer.

Dije, ‘oh my God!’  Le quise preguntar donde vivía, pero no habla inglés y no comprendía lo que le trataba de preguntar, así que desistí para no confundirla.

Se fué y regresó al rato con jabón en un recipiente y vi que le ponía jabón a la maquina;  yo escuchaba que la maquina giraba terminando de lavar, y le dije, ‘no, soap no, finish’. ‘Oh’, me dijo, ‘finish?’ y al abrir la tapa, ya la maquina no tenia agua.  Entonces con gestos y palabras sencillas le expliqué que pusiera otra maquina, primero el jabón, después el agua, y cuando estuviese llena, que pusiera toda la ropa.  Así que eso hizo, siguiendo ella mis instrucciones.  E hizo un gesto, como diciendo, como voy a saber yo esto. Y me sonreí.

Me abrazó agradecida. ‘Thank you. Thank you. Thank you’, me repetía.

Regresé al apartamento con el estómago revuelto; lo que acababa de escuchar, no lo podía olvidar; pobre mujer, que dolor. En sus pocas palabras me contó el horror que ha vivido en la guerra de su país.

Y no he dejado de pensar en ella.

 

Canto de felicidad

Jueves, 23 de diciembre del 2004; 1:10:17


 Soy feliz . . . y canto de felicidad,

a todo pulmón;

bailo y giro en candentes movimientos, 

esa felicidad innata que me viene de dentro.

 No importa lo que me rodee,

eso. . .  es irrelevante, 

sea lo que sea . . . no importa,

en mi mundo con música soy feliz.

 Casi siempre canto;

en mi mente, en silencio,

en voz alta, a todo pulmón.

 ¡Que haría yo sin la música!

  Pinto escuchando música,

con el sonido bien fuerte,

que me invada y abrume. 

Que haga vibrar cada poro de mi ser.

  Y si oigo tambores…  

Son el ritmo de mi alma,

salvaje, esquiva,

tranquila, apasionada,

impetuosa, fiel y cariñosa.

 A todo volumen escucho música

y canto. . . y bailo.

 Cierro los ojos y me dejo guiar

por el cadencioso vaivén . . .

 Mis pies se mueven al compás del ritmo,

en mi mundo placentero,

 de la musica del rio,

del trote del caballo

de la música del viento.

 

En mi  mundo con música . . . soy feliz.

Absorta en sus pensamientos

5 de diciembre del 2006

7:29am

 Y así, inconscientemente y sin detenerse, una y otra vez se toca el rostro; lo escudriña con sus dedos buscando alguna imperfección, la más mínima que su tacto detecte, y una y otra vez recorre levemente su piel.

Absorta en sus pensamientos, continua tocándose el rostro. Una y otra vez, incansablemente, tanto que su esposo le dice que pare; y aunque se detiene por un momento, inconscientemente sus dedos vuelven a escudriñarle el rostro, en un movimiento automático, sin pensarlo.

Su preocupación es tal que no puede estarse tranquila un momento. Su mente, viaja a velocidad increíble, ocupada, ensimismada en sus pensamientos y el tocarse el rostro, es un movimiento inconsciente.  Esta preocupada, se le nota en su rostro, y aunque luce tranquilo, tiene a veces un leve tic en su boca, le tiembla leve, pero muy levemente. Es casi imperceptible.

Entonces deja de tocarse el rostro, se levanta y hace algo en la casa para luego, al sentarse, continuar tocándose inconscientemente, el rostro.

Y así, absorta en sus pensamientos, su mente vaga en el vacio, y aunque este físicamente sentada, allí y platicando con todos, ella, . . . ella no esta allí.  La consume el dolor, la preocupación;  su mirada perdida en un mar infinito de tristeza, lo delata.

Esa, . . .esa . . soy yo.

Los cerezos en flor

Viernes, 08 de octubre de 2004; 09:45:59

 Como me gustan los cerezos en flor, – son bellísimos – pero, más que todo, es comer esa deliciosa fruta, la cereza.

 Hace anos fui a la casa de una señora quien tenia un cerezo lleno de frutas, tantas que el suelo parecía una alfombra de cerezas y decidí comprarme un árbol yo también.  Así que me fui a un vivero y pregunte por un árbol de cerezo, el que diera la fruta más dulce, más obscura, y sobre todo, que diera frutos pronto.

 Así que con la ayuda del experto, creí yo, vine a la casa con mi bello árbol.  Con cariño y amor lo regué; lo sembramos detrás del garaje, mis hijos abrieron un hoyo en la tierra, mucho más grande que las raíces del árbol, le puse tierra negra, lo aboné, regué y esperé por mis cerezas.  Pasaron dos años y yo siempre esperando, ya que al tercero iba a dar frutos.

 Un día estaba en la casa de una amiga bañándome en su piscina y nos sentamos a tomar un jugo y al admirar su jardín bellísimo, note un árbol florecido todito con bellísimas flores rosadas; le pregunte que era y me dijo que era un cerezo, ‘ah’, le dije, ‘así que tendrás cerezas muy pronto’, ‘no’, me dijo, ‘solo florece, no da fruto’.

Al regresar a casa, lo primero que hice fue ver el nombre del tipo de cerezo que había comprado, nombre que todavía estaba alrededor del tronco de mi árbol, y horror, que leo, ¡cerezo floreciente! El mismo nombre que Julia me había dicho.  Tres años esperando por mis cerezas.  Fui enojada al vivero y les conté toda la historia..  Nada, no había nada que hacer.  ¡Esos expertos que tienen!  Expertos en nada, pensé para mis adentros.  Me compre otro cerezo, pero esta vez me afirmaron que si daría fruto.  ¡Que iba a saber yo que hay variedad de cerezos!  ¡Y que los que florecen bellísimos y se cubren todos de rosado, no dan fruto!

Lo sembré cerca del otro cerezo; el primer año no dio flores, el segundo año dio cuatro, ya el tercer año dio tres cerezas, que se comieron los pájaros antes de que yo las saboreara.  Este año dio flores pero no fruto. Lo podo, abono, pero no veo que mejore.

 Ambos cerezos tienen el mismo tipo de hojas y su flor rosada, bellísima, es delicada.  Este año se llenaron de flores ambos árboles, y mis frutas, ¡solo dos cerezas!  Tampoco las probé.

 La calidad de la tierra es pésima, por lo que he decidido regalarle mi cerezo, el que da frutos, a Gabry y Susy, para su nueva casa.  La próxima primavera cavaremos alrededor del tronco, para sacarlo con mucha tierra y no tocarle sus raíces, y lo sembraremos en su patio.  ¡Allá si que dará cerezas!

La memoria

Jueves, 05 de Enero de 2006; 17:44

Hoy que fui a mi terapia diaria para recobrar la movilidad de mi brazo quebrado, y para colmo, el derecho, le decía a la terapeuta que el brazo aun me duele – desde anteayer cuando me hizo tracción.  Y al tratar ella de girarme un poco la mano, di un grito de dolor; ‘si’, me dijo, ‘su resistencia al dolor es casi nula’.  ‘Si’, le contesté, ‘ya llené mi cuota de dolor, y ahora no aguanto nada’.

‘Hace unos 13 anos’, le dije, ‘estuve muy enferma y me hicieron unos exámenes, donde después de inflarme el estomago, me insertaban unas agujas larguísimas, y todo esto sin poder moverme o respirar, cuando me  hacían el CT Scan.  Era dolorosísimo’.

De pronto me detuve en mi relato – no podía continuar – un nudo en la garganta me lo impedía y mis ojos comenzaron a llenarse de lagrimas y se desbordaron, sin control, por mis mejillas. Varias veces respiré profundamente hasta sentirme un poco mas tranquila.  Respiraba a fondo, lentamente, al mismo tiempo que me limpiaba las lágrimas.

Me percaté del silencio en la habitación.  Solo mis sollozos callados lo interrumpían.  ‘El doctor’, logré continuar, ‘me había dicho que le dijera cuando ya no aguantara más dolor y aun cuando se lo dije repetidas veces,  no me hizo caso.

Cuando finalmente me sacaron de la capsula del CT Scan, entré en shock.  Temblaba  incontrolablemente y cuando pude hablar, viéndolo a los ojos le susurré entre dientes: ‘Le dije que ya no aguantaba el dolor.  Usted, tiene que escuchar a sus pacientes’. Me miro asustado.  Pude ver el miedo y angustia en sus ojos – yo no dejaba de temblar.  Oí que le decía algo a las enfermeras del hospital, inyectarme algo, pero me negué.  Les dije que pronto estaría bien.  Que había sobrepasado mi límite al dolor y mi cuerpo no lo aguantaba mas, que pronto estaría bien’.

Me quedé callada al terminar mi relato, limpiándome siempre las lágrimas.  ‘Y como se llamaba el doctor’, me preguntó la terapeuta. ‘No sé, no recuerdo’, le contesté.  ‘Ah’, me dijo, ‘lo borró de su memoria’.

Mi memoria me transportó e hizo revivir esos momentos tan dolorosos, pero borró la imagen de ese doctor que no me escuchó como paciente.

Mis Moras Salvajes

14 de julio del 2004

 Por las mañanas camino por mi jardín en el patio trasero de la casa.  Mi extenso jardín lleno de flores salvajes hacia el lado izquierdo y al fondo una pared de cipreses altísimos, dando la impresión que estoy fuera de la ciudad, aun cuando vivo dentro de ella.  Los pájaros cantan, se bañan en la pilita que siempre lleno de agua, y comen en el comedero que esta por las flores.  Camino detrás del garaje donde están las rosas salvajes; se cubre toda la malla con cascadas de rosas blancas, pequeñas y olorosas; puños y puños de ella, tanto, que casi llegan al suelo.

Huelo mi hierbabuena –ha perdido el olor tan conocido – me pregunto si será la sombra de los rosales – veo mis flores, cuales han floreado y entre los rosales, escondidas entre sus espinas, crecen mis moras salvajes.  Aunque esté ocupada haciendo algo más, siempre me detengo a comer las moras.  Han crecido solas – algún pájaro que boto la semilla digo yo – y la rama al tocar tierra, se enraíza y forma otra planta.  Toda la malla está cubierta de moras y rosales salvajes, así que me detengo y arranco una, dos, cinco, diez, no me puedo detener; continúo cortándolas y al agacharme un poco veo que escondidas debajo de las hojas, hay más moras – negras de tan maduras, deliciosas; al comerlas las saboreo y continúo cortando y cortando más, a bocanadas me las como, de diez en diez y así introduciendo mi brazo entre las espinas de las moras – espinas finas y delicadas protectoras de su fruto – encuentro otra mora más y otra y otra, y continúo encontrando más.  Me empino sobre la malla y veo que hay montones del otro lado, así que introduzco mi brazo entre la malla, espinas, ramas, rosales y flores y alcanzo la mora furtiva que se quiere escapar de mis dedos; algunas se caen al suelo – que pesar me da – una menos pienso, una menos para saborear. Hay unas tan maduras que se desbaratan al tomarlas en mis dedos y se hacen jugo en mi boca. Me las como de a montón.  Cada racimo tiene 5–6 moras, casi todas maduras, y se han tornado negras de lo madura que están, ya que el rojo vivo de su color ha desaparecido,

Comparto mis moras con Edoardo mi hijo, y le digo, ‘comételas de a montón, de diez en diez’,  – ‘no’, me dice, ‘no las desperdicies, comételas de una en una’.