La Luna Creciente

10 de septiembre del 2013

20:13

 Cuando salí del edificio y crucé la calle hacia mi carro, levanté la vista, y entre los altos edificios se asomaba la luna creciente. ¡Que belleza! Las fuertes luces que iluminan el estacionamiento, brillaban aclarando lo obscuro del cielo azul y aun así, se apreciaba mucho más la luz de la luna, solita en el firmamento. No se veía ni una sola estrella, solo la luna en todo su esplendor.

 La quedé viendo y sonreí. Se veía tan linda. Y al mismo tiempo que caminaba, miraba hacia el cielo notando esas manchas leves. ¡No se porqué hoy vi la luna mas linda!

 Y me acordé del mar, cuando de chavala caminábamos por la playa y la luna iluminaba esa ancha y bella playa. Es que aun, ahorita que escribo, me sonrío al recordar lo linda que se miraba la luna. Esa linda luna que nos inspira.

 Ese toro enamorado de la luna, va la canción, y así me sentí, enamorada de la luna.  Y aun cuando las fuertes luces de los faroles iluminan las calles, eso no amainaba el brillo de la luna y el poder que ejercía sobre mí. ¡Estaba embelesada! Y al llegar a mi carro, me detuve una vez más a verla y mientras conducía, a veces la lograba ver entre los árboles de las calles. 

Al llegar a la casa todavía la logré ver asomándose entre las frondosas hojas de los árboles.  ¡Que linda luna creciente!

El agua y como la desperdiciamos

                   30 de agosto del 2013            17:56

Hoy que regresé de trabajar y para sorpresa mía, no había agua en las llaves – me preocupé ya que no tenia ni un solo recipiente con agua; porque cuando entro a la casa, lo primero que hago es lavarme las manos; si, para evitar todos los micro. . y todos los bios . .  que encuentro en mi camino.

Abrí el refrigerador y vi una botella pequeñita de agua helada.  La saqué, tomé dos sorbos para calmar la sed, le di un poquito de agua a Lala nuestra Chihuahua y con otro poquito me enjuagué las manos y todavía me sobró un sorbo más.

Me maravillé de todo lo que pude hacer con ese poquito de agua y que todavía me sobrasen unos dos sorbos y me puse a pensar, en como desperdiciamos el agua.  Que triste, pensé.  !Fue hasta cuando me vi en la necesidad del vital líquido, que comencé a economizarlo!

Y eso que yo soy comedida en mis gastos de agua.  Lo he sido desde pequeña, ya que mi papi nos enseñó a no desperdiciarla.  Nos enseñó que cuando nos lavásemos los dientes, llenásemos un vaso de agua para enjuagarnos y así cerrar la llave para que el líquido no corriera inútilmente, desperdiciándose.  Algo tan sencillo como eso, y lo importante que es el practicarlo. Toda el agua que economizamos.

Y cuando veo en la televisión, esos niños y mujeres que caminan kilómetros para ir a sacar un balde de agua de un lejanísimo pozo, me repito lo irresponsables que somos con el vital líquido.  Millones de personas muertas de sed y aquí, nosotros, desperdiciándolo vilmente.

¡Que insensatez! pensé y me pregunté si es que no pensamos lo que hacemos a diario, que hacemos las cosas automáticamente y sin percatarnos de nuestros actos.  Que no utilizamos nuestros cinco sentidos, y nosotras, las mujeres, hasta el sexto, podríamos usar.

He estado leyendo que la cantidad de agua en el mundo para el número de personas que somos, pues, no va a dar a basto para nuestras diarias necesidades.  ¿Y que de las plantas?  Nuestras cosechas se vendrán al suelo sin agua. Y si nos ponemos a pensar, podemos aguantar hambre, pero,  . . . sed?  Entre las recomendaciones que debemos seguir es lavar el carro con un balde y no con la manguera; bañarnos en el menor tiempo posible, 5-10 minutos lo más; revisar que las tuberías estén en buen estado y por supuesto, la que he venido practicando desde que era una niña, lavarse los dientes con un vaso de agua.

Y no es tanto el tomar agua, es el tomar agua limpia. Esos documentales en televisión si que nos muestran otra perspectiva. Esos niños que se ven obligados a tomar agua de un charco.  Si, sacan el agua de la superficie de un mugroso charco, ya que es lo único disponible.  Así que de ahora en adelante, para no llegar a esos extremos, a economizar el agua se ha dicho. 

La Maria Engracia – Cuento

Cuento

 La Maria Engracia

9 de junio del 2013    

17:58

¡La Maria Engracia, así no mas se lo echó!  Eso es lo que ella creía. ‘Es que’ dijo después, ‘ya se le había rebalsado la pacencia’. Pero naiden se explicaba por que era.  Ya que los dos siempre caminaban juntitos y naiden se daba cuenta de sus pleitos, pues. 

La Maria Engracia y Juan tenían dos cipotes, Antonio y Miguel.  Ella los cuidaba.  Además de todos los quehaceres del rancho, pues, aunque no juera muy grande, pues, si le tomaba tiempo el limpiarlo; allí del monte recogía ramas y con un bejuco armaba la escoba, después con el huacal que le había regalado dona Tencha, tiraba agua para asentar el polvo y limpiaba bien el piso de tierra del rancho y todo el solar que el Juan había bordeado de jocotes; daba gusto ver ese piso del rancho de la Maria Engracia, que aunque probe, bien limpio; a los chigüines los mantenía allí a la orilla de ella, jugaban con el chancho, ese marrano chiquito que el Juan se sacó allí en la Fieria y con el aro ensartado con tapas de chibolas aplastadas que el Juan les hizo; así tempranito se ponía a limpiar los frejoles, traía la leña de ajuera, y atizaba el juego para que hirvieran rápido; y mientras herviyan y antes que arreciara el sol, se ponía a lavar los trapos de todos y allí los colgaba en las ramas de los jocotes.  Ese día comieron solo guineo y frejoles, pues, eso era normal – no habían pa’ mas.

Dice que se acostaron en el tapesco, pero el Juan había tomado guaro con sus amigos, y aunque no le pegaba a la Maria Engracia, pues la injuriaba todo el tiempo.  Y a la Maria Engracia le daba vergüenza, ya que el Juan le gritaba. Si, le gritaba bien feyo y pues, como el rancho era de paja, pues todo se oía allí ajuera. Y la Maria Engracia, aunque probe, ella era muy orgullosa y no le gustaba pa nada, esos escándalos que el Juan le armaba.

‘Veya, pues Juan’, le decía, ‘cállese ya que va despertar los chamacos y toda la gente lo oye allá ajuera’.  Pero el Juan, entre más le decían, más gritaba y requete feo.

Llegó un momento en que a la Maria Engracia se le chispoteó y allí mesmo dicidió deshacerse de el.  Es que la Maria Engracia ya no aguantaba los gritos. Así que esperó a que el guaro lo durmiera, y ya roncando el Juan, ella empacó sus cuatro trapos, unos guineos y frejoles, llenó de agua un jícaro y lo tapó con un olote.  Apenas comenzó a alumbrar la madrugada, la Maria Engracia agarró a sus chilpayates que estaban dormidos en la tijera y los sacó del rancho junto con su motete.  Allá los dejó después de los jocotes y se jue al rancho de regreso; despacito caminó hacia el tapesco, y con todas sus juerzas, le dió un leñazo al Juan.  Eso era en pago por todas las injurias que le había hecho pasar.

Salió la Maria Engracia, con la frente en alto. Agarró sus chilpayates, su motete y se adientró en la montaña.  Naiden la volvió a ver jamás.

Dicen que la Maria Engracia se jue de allí de Chontales, quien sabe y pa donde. Unos dicen que consiguió trabajo en una finca, cocinando pa los mozos.  La verdad es que la Maria Engracia nunca regresó. Hasta años después ella se dió cuenta que el Juan estaba vivo. A ella le importaba naiden.

 Ah, pero al Juan, . . .que susto le dió la Maria Engracia.

El atardecer en la hacienda

El atardecer en la hacienda

20 de agosto del 2013     11:27

La curvatura del cuello y su perfil

Un arco forman junto con el brazo

Que levemente apoya sobre su cabeza;

Allí esta Benito, en el taburete, recostado

Plácidamente contra el cerco de piedras.

 

Y entre el hueco formado por los arboles de marañón

Y el cuello y el perfil y el brazo de Benito,

Vislumbro las pinceladas granadas

Que en el atardecer tiñen el cielo

Haciéndolo tan nostálgico.

 

Poco a poco la luna asomándose veo

Los pájaros buscando los árboles para resguardarse volaron,

El ganado muge después de saciar su sed en el bebedero,

Los caballos duermen en el corral pequeño.

Y la tarde va muriendo lentamente.

 

Me encanta la penumbra de los atardeceres

Me dan paz, tranquilidad – sobre todo en el campo

Y en la oscuridad trato de distinguir las figuras que veo en el corral

Discernir que animal es, o que árbol, o que canto escucho

Y el candil enciendo cuando ya está más entrada la noche.

 

Una figura se acerca desde el gigantesco árbol de tamarindo

‘Uy’, le digo, ‘quien anda allí, ‘Soy yo, Benito’ me contesta.

Benito el viejo capataz de la hacienda,

Noble y fiel, forma parte de nuestra familia

Y se acerca a conversar de su trabajo del día.

 

Pero es la forma en que nos relata sus historias

Lo que hace de Benito el centro de nuestra conversación.

Me encanta su vocabulario de campesino,

Y su manera tan honesta de ver la vida

Ya que al pan lo llama pan, y al vino, vino y no se anda con rodeos.

 

Como cuando habla de su patrona Doña Verónica

‘Es que es enojada la señora’, nos dice,

‘Y aunque uno le explique, y le explique, ella cerrada,

Ya que tiene que ser a su manera y pues, aunque me regañe. .

Pero ella al final entiende. Y se sonríe. Y nos continúa diciendo. . .

 

¿Y que no sabe lo que me hizo la vaca? Si, la vaca, esa,

La arisca, que la hijueputa’, dice Benito,

‘Se me voltió, ha de crer! Ah no, pero yo me busqué una vara y la arrié.

A mi esa jodida no me va a joder’, me dije’.

Y nos reímos a carcajadas, junto con Benito.  ¡Inolvidables noches!

 

El hombre que me ama

11 de agosto del 2013

14:07

 El hombre que me ama

También me desea.

Lo veo en su mirada

Y sonrisa, maliciosamente.

 

Suavemente me besa

Al mismo tiempo que sus brazos

Contra su cuerpo me aprisionan.

 

Me susurra al oído

Mordiéndome  de la oreja el lóbulo

Que lo vuelvo loco,

Que me desea.

 

Sus caricias me hablan de su amor ardiente

Me besa con pasión

Y amorosamente.

 

Su boca me busca

Cariñosamente el cuello

Y luego hacia mi boca deslizase con fuego

Enredando sus manos en mi largo cabello.

 

Sus manos, lenta, lentamente,

Me acarician el cuerpo,

Y me besa toda sensualmente.

 

Me invade el placer

Estallo en suspiros de amor

Por ese hombre que me ama y también me desea.

Y así yo a él.

And she hugged me back

July 14, 2013 11:14

As I walked along the meagre creek in the summer, I felt the humidity in the air and that calming sensation that produces the sound of the foliage in the forest.  But when I walked under the sun, it felt very hot, so, after a while, I laid on a huge shaded rock, staring at the bright blue sky.  I rested – calm and relaxed. The sound of silence could be heard. 

The lake was almost still with sail boats looming in the horizon.  Huge rocks and pebbles and stones border it.  And as I walked I picked up the ones that please me, with rounded edges and different colours – I enjoy their shape – and continued looking for more rocks. And, I imagine them on my shelf, with my vase, and my lava rock; yes, real lava rock from Santiago Volcano in Masaya, Nicaragua.

I continued my walk and I could hear a bird chirping continuously looking for a mate. There were wild roses on the sides of the trail, and blackberries that I ate – wild and small – no pesticide on site, and the trees were huge, some rotting on the border of the creek; and, at times the trail, bathed in sunshine, bloomed with weeds growing freely and butterflies and bees pollinating them.  But there were few butterflies, I noticed, as well as fewer bees.

I reached a street, with manicured lawn houses bordering onto the ravine, and one caught my attention. The garden flowed onto the side of the street like a cascade of yellow, orange, and red wild flowers and, among them, a splash of big white daisies with its yellow centres. I stopped to admire them and take photos. Two trees provided shade to the entrance of the cars, where a small path of handmade stepping stones serpentined on the garden towards the house.  There, sitting on a chair, a lady in her late eighties sat amid her garage sale items.  I walked towards her and cheerfully asked if she was the artist who had created such a beautiful garden.  She smiled back and answered ‘yes’, and as she stood up, she said, ‘I also made those stepping stones with encrusted glass, and the post where the number of the house hangs. I work with cement, too’, she added. And I looked closely at the post, I had not noticed before. You are an artist, I said, ‘I am an artist too – I paint’.  And as she smiled back with open arms, I asked her, ‘Because you are an artist too, may I give you a hug?’, she was a bit startled, smiled back and answered ‘yes’, and I embraced her with a warm, caring hug, and she hugged me back. 

She sat back on her chair and said to me ‘last December I had to take my son to a home.  He has Alzheimer, you know, so, I am selling all his items, because he is not coming back.  And pretty soon, I will be starting to sell mine.  I will be here at the most, five years’, she continued, ‘but in the meantime, I enjoy my house and am working with glass and on my garden.’  I told her that I had enjoyed her garden so much that I had taken photos also to preserve them in my memory. And she added, ‘I had planted poppies also but the wild flowers overtook them and now there are none’. ‘If you want’, she continued, ‘I can save seeds from the flowers, for you to take’.  I thanked her saying I would be back for the seeds and waved farewell; and as I walked away, I turned my head and looked back at those beautiful wild flowers and I smiled remembering my mom, who used to tell me that I have a six sense, I am a perceiver.

I am so glad I hugged her, as she is completely alone. And even though it was the hug from a complete stranger, it was a warm, caring hug, because she hugged me back.

Y su mirada . . inquisitiva

Junio 2, 2013        10:29

En la casa bromeamos que Lala, nuestra  Chihuahua, es muy inteligente y reconoce todo lo que oye.  Cuando hablamos de ella ya no decimos su nombre, porque al escucharlo, inmediatamente para sus orejas atentamente.  Así que decidimos que cuando fuésemos a hablar de Lala íbamos a decir ‘la perra’, sin mencionar su nombre.

 Pero Lala, que de tonta no tiene ni un ápice, al escuchar ‘la perra’, levanta sus orejas en señal de atención.  Ya no sabemos que decir para que ella no se percate que es el tema de nuestra conversación. 

 Cuando fui a Paris, el famosísimo arquitecto Gerard Grandval, me invitó a cenar a su casa.  La conversación giró hacia la inteligencia de los animales que conviven con nosotros y como nos conocen.  Tanto, me decía Grandval, a quien siempre lo he llamado así, por su apellido, que el gato que ellos tienen sabe cuando están hablando de él, así que para que no se dé por aludido, hablan en inglés.  ¡Nos reíamos a carcajadas!  Y cuando tenemos un viaje planeado, me decía, platicamos solamente en inglés para que  no nos entienda.

 Entonces les platiqué de nuestra Lala y que nosotros hacemos lo mismo, hablar de ella sin mencionar su nombre ya que siempre  está pendiente de todo lo que platicamos.  Se reían a carcajadas. Eran estallidos. Aquella carcajada espontánea, limpia, fresca, sonora.  Nos salían lágrimas de tanto reírnos.

 La risa de Grandval es contagiosa.  Y su mirada inquisitiva.  Un hombre galán, alto, delgado. Sus ojos claros te ven con la inocencia y curiosidad de un niño que todo quiere aprender. Una faz agradable, y tan, pero tan – como decirles –  tan simpático, tan encantador.  Siempre la sonrisa a flor de labio.  Sin preocupaciones, ni  enojos.  Cuando lo conocí hace casi cuarenta años, me contaba que había sufrido tanto en su niñez que decidió, allí mismo, no sufrir más. Entonces los problemas pasaron a segundo plano.  Y esa paz y tranquilidad es evidente a simple vista; tanto, que un extraño que iba en el metro le dijo: ‘Usted es la única persona normal aquí’. Y cuanta razón tenía al decir eso. 

Grandval tiene ahora más de ochenta años.

 

Los Nubarrones

29 de septiembre del 2012  

1:17am

Al salir de la casa noté unos  enormes nubarrones negros que cubrían el cielo. Venían del lado este – del lago Cocibolca – y se dirigían hacia el imponente Mombacho. Pícaramente, entre ellos, se asomaban unas brillantes y pequeñas nubes blancas que aclaraban el celeste cielo, haciendo resaltar  lo obscuro de los nubarrones, y produciendo un contraste maravilloso.

En el ambiente se sentía la humedad y el frescor del viento y los pajaritos volaban en bandadas buscando refugio. Unas cuantas gotas de lluvia cayeron al suelo dejando ese olor característico a tierra mojada. A tierra fértil.

Pero son solo eso, nubarrones.  

Y aunque momentáneamente obscurecen el firmamento, el viento sopla llevándoselos y vuelve el cielo a brillar.

La música del chagüite

21 de noviembre del 2012  

22:20

Ya me ha pasado varias veces.  Escucho como si estuviese lloviendo. 

Y es tan similar ese sonido a la música que produce la caída de la lluvia, que vuelvo a ver hacia el patio y busco las gotas de lluvia en la tierra y al no verlas, levanto la vista hacia el techo y allá, por arriba, detrás del alto tejado de barro que cubre las gruesas paredes de adobe, avisto las raídas hojas del chagüite del vecino, mecidas por el viento; y es entonces que me percato que el sonido que escucho, ese sonido como si estuviese lloviendo, es la música del viento al pasar a través de las raídas hojas del chagüite.

La música que semeja la caída de la lluvia.

¡MIS 65 PRIMAVERAS!

‘Que linda que sos’, le escribí a una vieja amiga; ‘¡te acordaste!’, le dije, al felicitarme ella por mi cumpleaños venidero.  No tanto vieja, por la edad, aunque ya tiene más de ochenta y cinco años, sino por el tiempo que tengo de conocerla.  Y le digo, ‘te acordaste de La Gata’, ya que me llama ‘Gata’ todo el tiempo y cuando me escribe, así se refiere a mí y yo, por supuesto, al escribirle, me firmo, ‘La Gata’.

Aunque me parezca mentira, ¡cumpliré 65 años!  Como es posible que tenga esta edad, yo, quien me siento tan joven todavía; es hasta que me veo en el espejo que enfrento la realidad; pero esto no es todos los días, ya que aunque me ponga frente al espejo todos los días, en realidad, en realidad, no me veo.  Me lavo los dientes y me pongo crema en la cara, casi automáticamente.  Y es, solamente, a veces, que le pongo atención a mi cara y veo las arrugas que la marcan.

Las llamo el recorrido de mi vida, la historia que cuenta mi piel y estoy muy orgullosa de ellas; aunque hace unos pocos años no me veía tantas arrugas como ahora; hoy si las noto.

Pero ahora, tranquila en mi piel, nada me preocupa. Ahora pinto al óleo, escribo, declamo mis poesías, canto, bailo, siembro mis plantas, monto a caballo, aprecio hasta el más mínimo detalle en la naturaleza, amo el campo y siempre contenta con lo que hago. Ya no me preocupa ‘el que dirán’, ahora me visto como quiero – bueno, siempre lo he hecho – siempre he sido yo; ahora lo que hago, esta bien.  También me he vuelto reservada.  Ya no exploto en enojos – eso, ya paso.  Ahora pienso bien lo que digo y tranquila escucho la opinión de otras personas.  Pero, . . . lo que importa . . . es lo que yo pienso. Yo, soy yo.  ¡Contenta con mis 65 primaveras!

6 de mayo del 2013

15:33 hrs.