Mi Azucena

Mi Azucena

1 de diciembre del 2013

16:27

Hace como dos años pasé la Semana Santa en el Balneario Las Peñitas, León, Nicaragua. En el jardín de la casa frente al mar, florecía una azucena. Era rosada, de pétalos finos y alargados y estaba cuajada de chotes. Que linda se veía.

Pedí que me regalasen una cebolla y la sembré en el jardín de la casa. La veía crecer y crecer y crecer – se volvió gigante – pero nunca floreció. Crece a la orilla de un muro pero uno de estos días, casi dos años después, al ver la planta del otro lado de la pared, noté que detrás de la planta estaba tronchado un capullo de la azucena. Me alegré de haber ido de ese lado, ya que logré ver el capullo de la flor – era enorme. Lo corté con su largo y grueso tallo y lo puse en un recipiente grande para que pudiese sostenerla y lo llené de agua de lluvia y lentamente comenzó a abrirse.

De ese capullo han brotado chotes de color fucsia que poco a poco se han convertido en más de veinte y tres flores y al abrirse cada chote, sus alargados y finos pétalos blancos, con el fondo fucsia, se ven rosados. Todos los días es un espectáculo distinto que alegra mi día. Ya han pasado más de diez días y mi azucena continúa floreciendo.

¡Que bellísima que es mi azucena! Huele a, . . . . huele a . . . . . Azucena por supuesto.

Los ojos de mi papi

Crecí en un mundo feliz.  Algunos dirían que irreal. Nunca me di cuenta de maldades, ni intrigas, ni odios, ni ninguna cosa negativa.  Sera que mis papas nos protegieron del mal y yo crecí hasta cierto punto ‘ingenua’.

Algo a lo que siempre le di importancia, fue a la belleza. Belleza, no importa qué tipo de belleza, si física, si espiritual. Belleza en todo el sentido de la palabra. Y esa belleza incluye un rasgo, una sonrisa, una expresión en el rostro, un sentimiento noble, una puesta de sol, las pisadas en la arena, el canto de un pájaro, así como el trote de un caballo o el ágil salto de un ocelote.

Y aunque le oigo decir a parientes y amigos de mis papis que yo de pequeña era linda, mis papis nunca me lo dijeron. Nunca. Y tuve unos papas fabulosos.  Tal vez no querían que me volviese engreída. Y crecí tímida, que no le dirigía la palabra a nadie. Nunca bailé, aunque me encanta el baile, sobre todo el merengue, el cual lo encuentro muy sensual. Me gusta cantar y canto a todo pulmón, aunque no tengo buena voz, y como me gustaría saber cantar. 

Y cuando por primera vez escuché mi voz en un programa de radio donde pedía ayuda para los damnificados al deslave del volcán, me percaté, al escucharme, que el tono de mi voz era bajo, y me sorprendí, yo quien siempre pensé que tenía voz aguda. Y me encanta la música, y aprendí solfeo en la universidad para poder leer las partituras de música y entonar cualquier melodía.

Y aunque crecí en un ambiente muy sano e ingenua, mi sexto sentido y ‘alguien ’ que me protege, está siempre allí por mí.  Y me digo que tengo una estrella, aunque bromeo también que nací ‘estrellada’ con todos los problemas de salud que he heredado. Y como me dice mi amiga Ilse, ‘pero Mimiya, si el día que vos naciste nació toda una constelación’ y me sonrío y le agradezco ese cariño incondicional de amiga.

Y aunque me vea al espejo todos los días para ponerme crema o peinarme, nunca, casi nunca me ‘veo ’ a fondo.  Y es muy pocas veces, pero poquísimas que yo me detengo frente al espejo a observarme el rostro.  Y hoy que me pintaba una rayita en el párpado, vi en mis ojos a mi papi.  Si, al verme fijamente en el espejo, vi a mi papi que me regresaba su mirada.  Y me sorprendí al ver sus ojos, y me quedé viendo en el espejo y me dije, ‘si son los ojos de mi papi’.  Y aunque muchas veces la gente me lo ha dicho, y yo veo el tono de mis ojos, fue hasta hoy que me percaté que sí, tengo el mismo color de ojos que mi papi.  Y me sonreí de felicidad.  Y aunque con el tono de mi ropa, mis ojos cambien de color, que si son celestes, que si verdes, que si azules, que si lilas, que si grises, fue hasta hoy que vi a mi papi en mis ojos. Fue como si mi papi, desde el espejo, me regresase su mirada.

Salí muy contenta de mi habitación. Mi papi siempre está conmigo.

29 de marzo del 2014

20:34

Llueve de a poquito

Llueve de a poquito

20 de diciembre del 2013 

16:07

Adormilada en la madrugada,  escuche que llovía, pero no abrí mis ojos para no despertarme.  Llovió por poco tiempo ya que cuando me desperté como a las siete de la mañana, brillaba el sol. Pero todo el día ha estado lloviendo, lloviendo de a poquito, lo que es raro para esta época del año. Se nubla el cielo, los pajaritos vuelan para acá y para allá, llovizna levemente y luego vuelve a brillar el sol y el cielo se torna celeste, de ese celeste que tanto me gusta.  Celeste, color cielo de Nicaragua, digo yo.  ¡Así lo describo!

Y con ese gran sol, me salgo al patio a acostarme en mi sombreada hamaca y continuar escribiendo, pero casi inmediatamente tengo que regresar a mi mecedora, ya que comienza de nuevo a lloviznar.

Me gusta la penumbra cuando va a llover.  Poco a poco va desapareciendo la claridad del sol, el cielo se torna gris obscuro y nos envuelve la penumbra.  A mi mami no le gustaba la penumbra.  Le daba tristeza, me decía. Pero es que ahorita son las tres de la tarde, por lo que es raro que estemos en lo obscuro.

El clima ha cambiado mucho; ahora amanece más fresco por las mañanas, con el mismo frescor del campo. El Volcán  Mombacho se ve cubierto por nubes, lo que presagia lluvia decimos aquí en Granada y un fresco viento mece las plantas y de pronto comienza a llover de nuevo, refrescando el día.

Todos los días, llueve de a poquito, pero llueve.

Vacaciones en la Hacienda

Vacaciones en la Hacienda

31 de enero del 2014

13:04

De pequeña pasábamos nuestras vacaciones en la hacienda de mis abuelitos maternos, Carlos Arana Etienne y Verónica Gorlero Moncada, por lo que  viajábamos en el tren; un viaje para nosotros fabuloso en que el tren se detenía en cada estación y las vivanderas subían a vender sus productos:  empanadas, chicharrón con yuca, tajaditas con repollo, muñecas de trapo, juguetes de madera, ollitas de barro – hasta que se detenía allí en La Paz Centro, donde nos bajábamos a una hermosa y abandonada estación, con caballos amarrados a los postes de los corredores y sus campistos con sus compras amarradas de sus alforjas.

Allí esperábamos  las carretas que mi abuelita mandaba para llevarnos a la hacienda; bajábamos felices del tren – eran nuestras vacaciones grandes en una hacienda con ganado, caballos, quebrada,  arboles de guayaba y de mango, peroles de frijoles cocidos, cuajada y queso recién hecho, gallinas, chanchos – y allí en la estación y después de comernos nuestro riquísimo quesillo y tomarnos una deliciosa jícara de tiste, hecha expresamente por Anita, para cada uno de nosotros, quien nos  preguntaba si lo queríamos batido con el molinillo,  ‘con anillo’ o ‘sin anillo’; por supuesto que pedíamos nuestro tiste con anillo, porque al batir el tiste con el molinillo de madera entre sus dos manos y ella ensartarle el  anillo al molinillo, producía más espuma y eso nos gustaba.  Esperábamos a que cargaran todos los enseres  en las carretas y montados a caballo, salía la caravana rumbo a la hacienda.

Viajábamos por un camino de tierra, sombreado y lindo – así lo miraba yo – entre cercos de alambre de púas y predios vacíos y secos, nos encontrábamos con jinetes  que nos saludaban al pasar y  ya casi al llegar a la hacienda y poco antes de doblar a la izquierda, saludábamos a la Lupe, quien vivía en su ranchito con sus hijos hacia el lado izquierdo del camino – una de nuestras salidas a caballo en la hacienda, era ir a visitar a la Lupe y comer jocotes tronadores que crecían en su pequeño predio – cruzábamos la quebrada que corría con poca agua cerca de la arboleda de riquísimos mangos, y al vernos llegar a la hacienda, salía un campisto corriendo del corral para abrirnos el portón.

Cruzábamos el corral, vacío a esa hora ya que el ganado andaba pastando y pasábamos al patio cercado donde estaba la casa hacienda.  Los campistos habían regado el limpio patio y se sentía el frescor del gigantesco árbol de tamarindo que daba sombra al patio de la casa  hacienda.

La alegría de nuestros abuelitos al vernos se combinaba con nuestra excitación al llegar a la hacienda. Revisábamos la casa, preguntábamos donde íbamos a dormir, nos asomábamos a la cocina, corríamos al patio y recogíamos tamarindo que le llevábamos a mi abuelita, quien nos decía que con esos tamarindos haría fresco para que tomáramos.  Que felicidad nuestra llegada a la hacienda.

Habían taburetes de asientos de cuero, hamacas colgadas, un árbol de una guayaba riquísima y fácil de escalar, y corríamos por doquier; a ver los huevos que habían puesto las gallinas, el ternerito recién nacido, los chanchos y que les daban de comer; queríamos verlo todo, con esa curiosidad innata del niño que todo quiere aprender y todo pregunta.

Jalaban agua del pozo con un caballo, agua que estaba allí no más, cerquita, que se podía ver al asomarse al brocal del pozo y siempre se mantenía llena la enorme pila de agua que abastecía al ganado en el corral.  Alrededor de la pila estaban los bebederos del ganado, que al entrar al corral, iba directo a saciar su sed. El agua para tomar se guardaba en una enorme olla de barro, lo que la mantenía fresquita, y cuando nos íbamos a bañar le avisábamos al peón quien jalaba agua y llenaba la pila del baño, con agua fresca y limpia.

Cuando caía la tarde, buscaban las lámparas para encenderlas, los campistos encendían sus candiles con el fuego de leña de la cocina, fuego que pasaba encendido todo el tiempo. Ya era hora de comer, frijolitos cocidos con cuajada, tortillas recién hechas y un delicioso vaso de pinolillo. Por las mañanas nos levantábamos a ver el ordeño y tomar leche recién ordeñada y calientita allí en el corral.  Benito el mandador, nos decía los nombres del ganado – todos y cada uno tenía nombre  y Benito, según como viera al ternero al nacer, decidía que  nombre le pondría.

Esa hacienda se llama San José de la Primavera.

Guillermo el Relojero

Guillermo el Relojero

25 de enero del 2014  

16:31

Cuando camino por la Calle del Comercio en Granada, casi no se puede caminar en las aceras, ya que la alcaldía ha rentado – sí, rentado – ese pedacito de acera al que la ocupa, ya sea vendiendo ropa, naranjas, discos de música, videos, queso, etc. etc.  Y además de pagar una mensualidad, pagan impuestos y unas cuántas cosas más así que después de sumar todos los gastos, son más de cuatro mil córdobas por rentar ese pedacito de acera.  ¡Me sorprendí!  Por supuesto, la alcaldía jamás quitará a esos vendedores que le producen ganancias extras mensuales, y allí camina uno, con un pie en la acera y otro en la cuneta de la calle, otras veces completamente en la calle, esquivando bicicletas, buses, taxis, peatones y todo lo que deambula por las calles del comercio.

Entre las personas que venden en la acera, está Guillermo, el relojero,  a quien conozco desde hace varios años.  Es un hombre encantador, ya mayor, bajo, delgado, quien repara mi reloj de diez córdobas – comprado hace unas cuantas lunas – de cuarzo, contra agua y todo de plástico y es el que uso a diario, ya que como soy jardinera, casi de profesión,  toco tierra para sembrar mis semillas, hago almácigos y siempre me estoy lavando las manos.  Pero Guillermo, cuidadosamente lo limpia, le cambia batería, y mi relojito de diez córdobas camina tan bien como el de mil o mi Guess de oro, fajita de cuero.    Y si mi reloj  Guess se atrasa, se lo llevo a Guillermo y me lo deja como nuevo por unos pocos córdobas, algo que allá me costaría unos cuantos dólares. Su hijo también le ayuda en el negocio, y su esposa y su hija tienen un negocio de venta de CD, casi contiguo al de él.

A Guillermo le consulto cosas varias del diario vivir, como, donde puedo comprar baterías, donde venden creolina, donde podría comprar tal cosa u otra y Guillermo con toda amabilidad me orienta, ya que como he estado fuera del país por tanto tiempo, se pocas cosas del mercado así como direcciones, o asuntos nicaragüenses de los que no estoy al corriente. 

Hace días le cambiaba batería al reloj que le regalé a mi cuidador y era el hijo de Guillermo quien hacía el trabajo.  Mientras trabajaba, volví mi vista hacia la calle, ¿y a quien creen Uds. que vi? A Guillermo quien se cruzaba la calle bailando al son de un merengue que se escuchaba en uno de los tantos puestos de música que hay en la acera.  Tranquilamente, al ritmo del merengue y con toda la alegría del mundo, Guillermo bailaba y con buen ritmo, en media calle, cruzándosela de una acera a otra, diagonalmente.

Llegó hasta donde yo estaba y  le comenté que lo había visto bailando alegremente  –  se sonrió, como agarrado ‘in fraganti’ – y me contestó que aunque ya fuera mayor, eso no importaba, que a él siempre le ha gustado bailar.  Y yo, amante del merengue lo felicité, ‘bailas bien y con buen ritmo’ le dije.  ‘Es que uno el espíritu nunca lo pierde’, me contestó.  Y estoy de acuerdo con él.

Cuando camino por la calle, casi siempre me detengo a platicar con mi amigo Guillermo, el relojero. 

Me quedé dormida en la hamaca

7 de enero del 2014

16:32

Me quedé dormida en la hamaca bajo la enramada que forma la Calala que sembré hace más de un año -y que Carlos mi cuidador, la quería machetear porque solo era monte, me dijo, y no daba ninguna fruta, esa fruta llamada Pasionaria – y los Hibiscos que poblan mi jardín de lindas flores blancas y rosadas.  Cuando las veo, sonrío de felicidad!  Me recuerdan a la Verónica Gorlero, mi abuelita italiana. Esa alta y recia mujer, de facciones bellísimas, que todos los días por las tardes, limpiaba la grama de hojas y flores secas, sentada en un pequeño banco en su jardín.  Gozaba viendo sus hibiscos rosados y blancos y yo por supuesto los he sembrado también en mi jardín.

De repente sonó el teléfono y al abrir los ojos vi que el cielo estaba negro, presagiando una buena lluvia, que fue solo viento y llovizna.  Cuando trate de levantarme de la hamaca, medio adormilada, me dolió mi pie izquierdo, así que esperé un rato y noté que lo tenía con marcas como si lo hubiese tenido doblado.  Varias veces me ayudé con la hamaca para tratar de levantarme, pero varias veces di un grito de dolor – me había quedado dormida con el pie doblado.

Finalmente logré levantarme, recogí todos mis papeles, lentes, pluma y teléfono, quité la hamaca de la armazón metálica donde la cuelgo – allí bajo el cielo y entre las plantas y en las noches,  bajo las estrellas del firmamento- y me vine a la computadora.  Minutos después sopló un fresco  viento húmedo y comenzó a brisar.  Pequeñas gotas cayeron, pero se detuvo la llovizna. Las plantas se mecían con el aire húmedo y comenzó a llover de nuevo, pero llovió poco.

Uno de los colibríes que visita el jardín varias veces al día, el de color café, voló incesantemente entre las flores y como hay tantas, pasó su buen rato alimentándose de la miel. Hay tres colibríes que vienen a diario. A veces cuando estoy en la hamaca, vuelan sobre mi y se quedan detenidos en el espacio, como asegurándose que a su alrededor no hay ningún peligro.  He tratado de tomarles fotos, pero vuelan tan rápido y hay tantas flores que no logro captarlos en ninguna de mis fotos.

Hay un colibrí tornasol que su parte inferior es blanquizca, y otro café con la cabeza verdosa, y otro café claro rojizo.  Me alegran los colibríes que llegan al jardín de la casa. Los tres son distintos, y reconozco el chasquido que producen cuando llegan a alimentarse de la miel de las avispas que crecen en el patio de la casa. Levanto la vista y allí los veo volando entre las flores.

Y cuando me acuesto en la hamaca para hacer mi siesta, inmersa entre  las plantas de mi jardín,  veo los pájaros que cruzan el firmamento. Desde mi  hamaca un mundo completamente distinto se abre ante mí.  El mundo de los pájaros, su hábitat y sus cantos cuando se posan en la antena; cazan insectos o simplemente descansan de su interminable faena para obtener  su sustento.  No se detienen ni un momento. Son incansables trabajadores.  Y desde la tranquilidad de mi hamaca, donde duermo mis reconfortantes siestas, descanso y gozo los colibríes, que son tan libres como quieren ser.

El Halcón

El Halcón

29 diciembre 2012           14:12

Entre los arboles cubiertos de nieve, sin hojas, veo un halcón posado sobre una rama. Con los binoculares aprecio su ancho y blanco pecho. Se lo acicala y también debajo de sus alas.  Lo veo otear el horizonte. Allí está, feliz sobre la rama y la nieve cayéndole como llovizna.

Sus patas amarillentas están cubiertas de plumas, las que aprecio al posarse el halcón en la rama. Estira su ala y pata derecha, desperezándose y puedo ver sus plumas blancas debajo del ala. La parte superior de su pico, cabeza y ojos son negros, su pecho blanco tiene plumas café y sus alas, en el vuelo, se ven rojizas en la parte inferior.

Su tamaño es grandísimo, tanto que diría que es una lechuza.

Ayer perdí las fotos que le había tomado, pero hoy está aquí desde las ocho de la mañana; se fue por un rato pero regresó y ahora está posado en la rama frente a mi ventana. ¡Mi halcón regresó! Tiene como una hora de estar allí. Es bellísimo.

Demás está decirles que ha hecho mi día. ¡Me encantan los halcones! Tengo un amor especial por ellos. Creo que es desde que leí un libro sobre halcones, hace mucho tiempo.  Y si la televisión presenta un programa sobre halcones, allí estoy yo, viéndolo y aprendiendo lo más posible sobre ellos. Y si hay presentaciones de halcones de caza, que felicidad poderlos ver en su medio.

Siempre me han gustado los animales salvajes, pero hay algo sobre los halcones que me llama poderosamente la atención.  Esa mirada fija, que cuando tienen un blanco, lo alcanzan a toda costa.  Es su vuelo vertiginoso, y ahora su inteligencia para saberse acoplar al hábitat que les hemos robado.  Porque allí está en el árbol, tranquilo, como un gran señor feudal, observando sus dominios.

¡Sí que soy feliz! ¡Que más podría desear, en un día que comenzó gris, que gozar de la visita de un bellísimo halcón!

El Pinolillo

31 de agosto del 2013

11:40

Hoy por la mañana que fui al mercado – me gusta despertarme temprano e ir a hacer mis compras – sentí el rico olor a pinolillo recién hecho. Me detuve momentáneamente frente al molino de donde procedía el delicioso aroma y allí vi a la muchacha que esperaba por su pinolillo y al operante del molino que hacía el trabajo de moler, todo junto, el maíz tostado, el cacao tostado también, canela y clavo de olor. iEs debido a estas especies que el pinolillo huele tan rico, además del delicioso sabor del cacao, nuestro cacao!

El pinolillo es un gusto adquirido. Y hay que adquirirlo de pequeño, sinó, no le sentirán el rico sabor que le sentimos nosotros, los que crecimos tomándolo.

Hace unos cuantos años, invité a un chavalo estadounidense a tomar pinolillo. Y como tengo la habilidad de ver las cosas desde un tercer punto de vista, al tomar yo mi pinolillo, noté que el sabor no era nada especial, la textura era arenosa y era definitivamente un gusto adquirido. “No a cualquier persona’, le dije, ‘le gustará el pinolillo ya que tiene un sabor ‘distinto’”. ‘Es una bebida indígena’, le dije, ‘porque el maíz era la base de su alimentación’. Le expliqué todos los productos tostados que contiene, sus especies, como lo muelen y como se prepara mezclándolo con un poco de agua fría y azúcar y que es un gusto adquirido. Se lo tomó para no quedar mal con mi prima y conmigo, pero, . . . no le gustó.

A mí me encanta beber pinolillo – algo que a mi papi no le gustaba tomar. A mí me gusta tomarme mi vaso de pinolillo bien helado y beberme hasta el último chingaste que queda en el fondo del vaso. Y ese movimiento circular de la muñeca, que inconscientemente hacemos cuando ya nos queda muy poco pinolillo, y así, al moverla, mezclar todo el pinolillo con el agua y no dejar ningún residuo en el vaso. Y si se nos queda un pedacito de hielo, esperamos a que se disuelva para así podernos tomar hasta la última gota de nuestro delicioso pinolillo.

El pinolillo me remonta a mi niñez. A sabor a casa. A pláticas y risas. A paseos. A esa época tan feliz. Y me tomaba mi pinolillo, al mismo tiempo que me comía un bollo de pan recién sacado del horno. iUhm, que rico mi pinolillo!

Mi Caminar Precipitado

21 de febrero del 2011

8:00 am

 Desde hace varios años que no he vivido aqui. Así que a las siete de la mañana ya estaba en la calle. En un bolso de manta guardé mi billetera, lentes, libreta; con este bolso, pensé, no pareceré extranjera y tendré menos probabilidades de que me asalten.  Y mientras caminaba, me detenía a preguntar por la dirección adonde iba.

 Tomé la calle del mercado y continué en esa pequeña cuesta, pasé el puente del sucio arroyo, la gasolinera, y cuando iba caminando, noté que una señora frente a mi, a cierta distancia de donde yo iba; pero su andar era tranquilo, con toda la calma del mundo, a pasos lentos, sin una sola preocupación, y cuando yo me  acercaba a ella, me dije, ‘pero si cualquiera que me vea notará que yo no soy de aquí; si yo voy casi corriendo, sin ver a nadie, esquivando gente, perros, bicicletas y carretones en mi precipitado paso; simplemente voy caminando a un paso inusual de los nicaragüenses.

 A la legua se nota que soy una extraña aquí, que no soy de estos parajes, y aunque cuando hablo tengo el dejo nica, al caminar apresuradamente, como si no tuviese suficiente tiempo, clamo a gritos que soy una extranjera en mi propia tierra. 

 Porque yo creo que la vida es corta y debo correr para tener más tiempo.  No me detengo a apreciar lo que me rodea, ni a respirar el aire fresco de la mañana.  Voy tan ensimismada en todo lo que tengo que hacer, y aún no se ha hecho, que al andar apresuradamente, quiero aprisionar el tiempo perdido, sacarle el mayor provecho posible.

 Pero se me olvida que aquí en Nicaragua todo camina a la misma velocidad con que andaba esa señora que vi en la calle.  Y me tranquilizo, diciéndome que no puedo ir contra la corriente, que lleve las cosas con calma, que no me acelere, que la vida es una y es corta.  Y respiro profundo y mientras camino, rezo un misterio del Rosario y encomiendo mi día a Dios, que cuide mis palabras, que proteja a mi familia y a mi y que me ayude a resolver este marasmo. Y entonces, cambio mi caminar precipitado, por ese caminar tranquilo, de pasos lentos y sin una sola preocupación, de la señora que hoy vi en la calle.

Ramón

Mayo 12, 2010

Cuando pienso en Ramón, lo primero que se me viene a la mente es aquel pedacito de gente de unos pocos días de nacido.

 Los Enríquez eran nuestros vecinos y el día que Maruca llegó a casa del hospital, mi mami me llevó a conocer a Ramón, ya que siempre me han gustado los niños. Yo he de haber estado pequeña.  Entramos a la casa y pasamos a la amplia habitación, esas habitaciones enormes como las de las casas de Granada. Recuerdo que estaba un poco obscura y Maruca, sentada en una mecedora sostenía en sus brazos a Ramón, para darle de mamar.

 Ramón lloraba de hambre, ya que no podía agarrar bien el pezón.  Lo acostaron en su cuna y entonces vi algo que nunca he olvidado.  Maruca se puso como una copa plástica en el busto y con una bombilla conectada a algo, la apretaba continuamente y la leche corría por el tubo hacia una pacha.  Maruca arrugaba su cara como que esto le doliese mucho y le explicaba a mi mami que se tenía que sacar la leche porque a Ramón le costaba mamar.  Es algo que se me quedó grabado en la memoria y es como si lo estuviese viendo ahorita.  Me ha de haber impresionado muchísimo ya que era la primera vez que yo veía algo así. 

 Después recuerdo a Ramón, pequeñito, tambaleándose al caminar.  Era un pedacito de gente, con su pelo rubio, colochón.  La siguiente vez que vi a Ramón, era todo un abogado, profesor de la universidad, judoka cinta negra y con una linda niña, así rubia como había sido el.

 Sentía que nosotros éramos su familia; si, su familia, la de él.  Así era la confianza con la que llegaba a la casa.  Y me alegraba muchísimo, porque, si, éramos su familia, la que también lo vio crecer y lo conoció desde recién nacido.  Y cuando iba a jugar baseball, pasaba dejando a Miriam Eugenia por mi casa, para que la cuidara y jugara con mis hijos.  Al terminar el juego varias horas después, llegaba a la casa, caminaba directo al refrigerador y se tomaba todo un pichel de fresco que yo ya le tenia listo.  Como me acuerdo la sed espantosa que traía.  Llegaba todo sudado, bromeando, contento.  Y siempre chispeante. Esa era una de sus características. Nos sentábamos a platicar, allí en el porche de la casa, y nos comentaba entre otras cosas, con la honestidad que lo caracterizaba, que no querían que se trajera a la niña a mi casa, ‘pero yo quiero traértela aquí’, me decía.  Y yo le confirmaba que esa era su casa, que podía llegar cuando quisiera y a la hora que fuera. ‘Si’, me contestaba, ‘yo lo se’.

 Cuando recuerdo a Ramón, me sonrío.  Lo recuerdo con tanto cariño. Es como si lo estuviese viendo ahorita.